
Queridos hermanos y hermanas, que el Señor les conceda su paz.
Nuestro corazón y nuestra mirada vuelven aquí, a la Tierra Santa. A la tierra en la que el Hijo de Dios dio la vida hasta el final y de la cual nació la Iglesia.
También hoy, desde estos lugares santos, seguimos bebiendo de la fuente de la Pascua el sentido y la esperanza de nuestro servicio. Sin embargo, no podemos ocultar que el tiempo que estamos viviendo es difícil. La guerra, la violencia y la inseguridad han golpeado duramente Gaza, Palestina, Israel, Líbano y Siria.
A todo esto se ha añadido la larga ausencia de peregrinos, que ha agravado una situación económica ya profundamente en crisis. Muchas familias cristianas que vivían gracias a las peregrinaciones hoy tienen dificultades para sostenerse. Los jóvenes cada vez tienen más dificultad para imaginar un futuro aquí, en su propia tierra.
La misma esperanza parece herida en Belén, en Jerusalén, en el norte de Israel, así como en Líbano y en Siria. En este contexto resuenan con fuerza las palabras del Santo Padre, que nos ha llamado a la urgencia de la oración y el ayuno por la paz, pidiendo con firmeza que se ponga fin al conflicto en la Tierra Santa. El Viernes Santo asume así para nosotros un significado aún más profundo.
La Colecta Pontificia por la Tierra Santa no es solo un gesto de solidaridad, es un signo concreto de comunión con la Iglesia de Jerusalén. Gracias a esta colecta, queridos hermanos y hermanas, podemos sostener escuelas, parroquias, obras caritativas, proyectos sociales e intervenciones de emergencia, manteniendo viva la presencia cristiana en los lugares de la redención. Hoy más que nunca estamos llamados a reconstruir no solo edificios, sino relaciones, confianza, esperanza.
Y esto pasa sobre todo por la educación, por los jóvenes, por las familias, por los lugares donde puede nacer una cultura del encuentro y de la paz. En el Viernes Santo, mientras contemplamos al crucificado, les pedimos que no olviden la Tierra Santa. Recuérdennos en la oración y sosténgannos con su generosidad.
Su cercanía es para nosotros un signo precioso de fraternidad y de esperanza. Desde los lugares santos les aseguramos nuestro recuerdo en la oración y les deseamos vivir la Pascua del Señor como fuente de vida nueva. Muchas gracias de corazón.
La Tierra Santa y los Franciscanos de la Provincia Seráfica de Umbría y Cerdeña, a la luz de los 800 años del tránsito de nuestro Padre Seráfico San Francisco, envían sus deseos de una Pascua de paz.
