
31 de marzo de 2026
Martes de Semana Santa
Fray Adriano Bertero
El Señor os dé la paz. Soy el fray Adriano Bertero y vivo en Asís, en el Santuario de la Porciúncula, sirvo en la Penitenciaría, en la Biblioteca y en la Oficina de Comunicaciones. Hoy, Martes Santo, se nos ofrece un pasaje muy denso e intenso tomado del capítulo 13 del Evangelio de Jesús según San Juan.
Según la liturgia, ya hemos entrado decididamente en la Semana Santa y estamos cerca del Triduo Pascual más radiante. La escena tiene lugar en el Cenáculo de Jerusalén, durante la llamada Última Cena. El ambiente es de fiesta, de familiaridad, de alegría. Pero, mientras estaban sentados a la mesa, en un momento dado Jesús pronuncia desde dentro una profunda turbación, eh, cómo esta turbación hace a Jesús cercano, compañero de camino, muy humano, y dice aquella frase pesada como una piedra: "En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me traicionará". ¿Desde cuándo tenía Jesús esta conciencia? ¿Esperó a estar seguro de lo que iba a afirmar? ¿Esperó el momento oportuno? Buscó las palabras más adecuadas, en fin, fuera como fuese, en aquella escena alegre, serena, cordial, decide lanzar una bomba, e inevitablemente, como sucede cada vez que una bomba cae al suelo, desata el pánico. Una ráfaga de hipótesis, de miradas, de bocas calladas y abiertas de par en par, atónitas, de ¿qué está pasando? ¿qué ha dicho el Maestro? ¿de quién habla? ¿soy yo? ¿es él? ¿quién es? La consternación se apodera de los corazones y las bocas de los presentes y sus palabras los sumen en la confusión. ¿Traidor? Ha dicho traidor, ¿qué quiere decir?
En este caso no se trata de adulterio y ni siquiera de difamación, no es una noticia falsa ni la difusión de información confidencial. Se trata más bien de una venta. Judas, aprenderemos más tarde, de hecho vendió información por treinta monedas de plata, equivalentes a 2500, 3000 euros de hoy. Vendió la información de que los soldados le encontrarían en el huerto de Getsemaní y para que le reconocieran el Iscariote daría un beso al Maestro. En resumen, de verdad, entonces como ahora, ¡pecunia non olet! El dinero, venga de donde venga, ¡no apesta!
Dicen que la curiosidad es femenina pero, en aquel ambiente parece que no había mujeres, y el hambre por saber quién podría ser ese "infame" entre los Doce corre rápido, como una descarga eléctrica. Pedro, que después de Jesús es el de mayor rango, sugiere a Juan, que estaba cerca de Jesús, que apoye su cabeza en el pecho de Jesús para pedirle algún detalle más, he aquí otra escena muy dulce que cualquiera, al menos una vez, ha deseado vivir y que, si Dios quiere, puede ocurrirnos a nosotros algún día. Y llega el detalle, ominoso y sonoro, como un disparo en la noche: "Es aquel para quien mojaré el bocado y se lo daré".
A nosotros, que conocemos los acontecimientos posteriores, nos parece incluso irreverente que ninguno de los comensales entienda lo que Jesús revela y, sin embargo, el texto lo dice precisamente así. En realidad, también nosotros comprendemos poco el modo en que el Señor se revela. Poco, y a menudo condicionado por lo que son nuestras expectativas, nuestras heridas y nuestras estructuras interiores. A nosotros, sin embargo, nos es dado conocer todo el curso de la vida de Jesús y, conociéndolo, somos beneficiarios de su misericordia que, como consecuencia, nos da la fuerza para compartir esa misma misericordia.
Francisco de Asís también experimentó una especie de traición. Estamos en los últimos años de su vida, hacia 1225, 1226. La Orden Franciscana, habiendo crecido rápida e inesperadamente, toma una dirección que parece alejarse de sus orígenes. Para apoyar y sostener la Regla confirmada en 1223 Francisco en los últimos meses de su vida, era finales de la primavera de 1226, escribe el Gran Testamento del que, acompañadas de cierta amargura, surgen algunas expresiones reveladoras de su voluntad. Una para todos: "Todos, Ministro general, ministros y Custodios, están obligados, por obediencia, a no añadir nada a estas palabras y a no quitarles nada". Los frailes, ahora numerosos y muchos de ellos doctos y poderosos, intentan ajustar la Regla solicitando y aceptando dispensas, privilegios y atajos, pero Francisco aborrece todo esto e intenta, a decir verdad no con gran resultado, reafirmar su voluntad.
El episodio evangélico termina con el conocido diálogo en el que Pedro pregunta al Señor ¿Quo vadis? ¿Adónde vas? a lo que sigue la conversación franca, abrasiva y dramática entre ambos. Pobre Pedro, entusiasta, impulsivo, generoso e igualmente, podríamos decir, principiante, ingenuo. Peter nos conmueve, nos desarma y, al mismo tiempo, nos inquieta. Nosotros también, quién sabe cuántas veces, nos hemos puesto en marcha con decisión para encallar en alguna resaca, vacilantes, inseguros y tal vez incluso llorosos.
El gallo, un animal muy fino, incluso en su no gran estatura, es una criatura imponente, orgullosa, un despertador, nos haría bien tener uno o, alternativamente, incluso sólo su representación en algunos de los entornos en los que vivimos. Un gallo que mantenga vivo el recuerdo de la negación, de la mirada de Jesús y del amargo llanto de Pedro que, sabemos, se abre al perdón, a la misericordia, a un nuevo comienzo.
Saludos a todos desde la tierra de San Francisco, una bendecida Semana Santa y una Feliz Pascua de Resurrección.
