El Señor te conceda la Paz. Soy Fray Francesco Ielpo, Custodio de Tierra Santa y os hablo desde Jerusalén.
El Evangelio de hoy nos introduce en el clima dramático de la Pasión a través de la traición. Todavía no estamos en el Calvario, todavía no estamos bajo la Cruz. Estamos dentro de una casa, alrededor de una mesa. Y es precisamente allí donde se consuma el drama.
Judas va a los sumos sacerdotes, "¿Cuánto queréis darme para que yo os lo entregue?". Treinta monedas de plata. El precio de un esclavo. La vida del Hijo de Dios tratada como mercancía. Mateo es sobrio, no comenta, no juzga, simplemente narra.
Y sin embargo, mientras Judas trama en la sombra, Jesús prepara la Pascua. Jesús no sufre la Pasión como un accidente de la historia. La vive como cumplimiento de la Pascua. La Eucaristía primero, la Pasión después, son un único movimiento, el don de sí.
Durante la cena Jesús anuncia, "Uno de vosotros me traicionará". No dice, "Hay un traidor entre vosotros", sino "uno de vosotros". La traición no viene de fuera, viene del círculo de quienes viven la intimidad con Él. Esto es lo que hace la escena aún más dolorosa. Y cada uno pregunta, "¿Soy yo, Señor?".
Esta pregunta es importante. La comunidad cristiana, desde el principio, siempre ha celebrado la Eucaristía recordando "la noche en que fue entregado". No para escandalizarse, sino para no hacerse ilusiones. El pecado es siempre posible. La infidelidad puede nacer incluso dentro de la familiaridad con Jesús.
Pero precisamente aquí emerge la grandeza del amor de Cristo.
Jesús sabe. Sabe quién lo traiciona. Sabe cuánto costará ese gesto. Y sin embargo, no interrumpe la cena. No desenmascara públicamente a Judas. No lo aparta. Le ofrece el bocado. Comparte el pan con él. Es un gesto de amistad, de comunión.
Y aquí se revela toda la obstinación del amor de Dios.
La traición no apaga el don. Al contrario, lo hace aún más luminoso. Jesús toma el pan, da gracias, lo parte, lo da. Toma el cáliz, lo ofrece. Su cuerpo es dado, su sangre es derramada "por muchos".
Es un amor que no se retira ante el rechazo. Es un amor que continúa dándose aun sabiendo que será rechazado. Es un amor que no espera ser correspondido para ofrecerse.
La Cruz no es el fracaso del don, sino su cumplimiento.
Hoy el Evangelio nos pone ante dos posibilidades.
La primera es la de Judas, reducir a Jesús a un medio, usarlo para los propios cálculos, ceder a la lógica del interés propio, cerrar el corazón cuando las expectativas no se cumplen.
La segunda es la de Cristo, continuar amando incluso cuando se es herido, no dejarse determinar por el mal recibido, permanecer don incluso cuando se es traicionado.
El Miércoles Santo nos sitúa en una zona de silencio y de verdad. Nos recuerda que la comunidad no está hecha de perfectos, sino de pecadores llamados a la vigilancia. Nos recuerda que nadie puede presumir de sí mismo. Pero sobre todo nos recuerda que el fundamento de la Iglesia no es nuestra fidelidad, sino la obstinación del amor de Jesús.
En estos días santos pidamos la gracia de no escandalizarnos del pecado que atraviesa también nuestras comunidades, sino de no dejar de creer en la fuerza del amor que se dona.
Porque solo este amor, un amor que se deja partir y continúa dándose, vence la traición, el pecado e incluso la muerte.
Paz y bien desde Tierra Santa.