
Queridos hermanos y hermanas:
Que el Señor resucitado os conceda su paz.
En esta Pascua, celebrada aquí en Tierra Santa en un tiempo marcado por tanto dolor y sufrimiento, estamos llamados a experimentar la resurrección de Cristo no solo como un acontecimiento del pasado, sino como un acontecimiento que nos alcanza hoy, en esta situación concreta, y que trae consigo un juicio sobre nuestra historia y nuestras vidas.
San Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, al anunciar a Jesús a la familia del centurión Cornelio, afirma: «Lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día» (Hch 10:39-40).
Existe un profundo contraste entre el juicio de los hombres y el de Dios: los hombres rechazaron, condenaron y eliminaron a Jesús, mientras que Dios lo reconoció, lo aprobó y lo resucitó. La resurrección trastoca nuestros criterios. El juicio del mundo afirma que lo que importa es ser fuerte, poderoso y victorioso. El juicio de Dios revela que la verdadera fortaleza reside en la entrega, en la capacidad de amar hasta el final, en el sacrificio por un bien mayor.
El juicio del mundo ve la cruz como una derrota, una pérdida, una humillación, una insensatez; el juicio de Dios, con la resurrección, proclama que es precisamente allí donde se revela la verdadera sabiduría, donde se manifiesta la verdadera victoria: la victoria del amor que se entrega sin reservas.
Queridos hermanos y hermanas, en Pascua, la vida triunfa sobre la muerte, la luz sobre la oscuridad, el amor sobre el odio. En esta tierra, donde aún hoy experimentamos el peso de la guerra, la violencia, el miedo y la incertidumbre, la resurrección de Cristo no es una palabra lejana, sino un hecho concreto que nos llama a cambiar nuestra perspectiva: a no dejarnos determinar por el juicio del mundo, sino a aprender a leer la historia con los ojos de Dios.
La Pascua nos invita a creer que renunciar a la violencia no es debilidad, que perdonar no es una derrota, que la muerte no es el final. A todos vosotros, a vuestras comunidades y a vuestras familias, os ofrezco mis mejores deseos para una Pascua de auténtica esperanza, capaz de renovar nuestros corazones y sostenernos en nuestro camino diario.
Cristo ha resucitado: esta es nuestra certeza, esta es nuestra paz. ¡Felices y santas Pascuas!
