Fray Francesco Ielpo, OFM: primeras palabras del nuevo Custodio de Tierra Santa

Nos reunimos con fray Francesco Ielpo, nombrado Custodio de Tierra Santa el martes 24 de junio por Su Santidad el papa León XIV.

Hablamos por teléfono, todavía inmerso en sus compromisos como Visitador general de las provincias franciscanas de Campania, Basilicata y Calabria, antes de empezar su servicio a tiempo completo como Custodio de Tierra Santa, en los próximos días.

Fray Francesco, ¿qué significa ser franciscano hoy?

Respondo como San Francisco: cuando le hacían esta pregunta indicaba las características de diez frailes distintos. Es como si dijera que el verdadero fraile menor hoy es una fraternidad y que solo una fraternidad puede encarnar plenamente el carisma franciscano. “Fraternidad” es una palabra muy importante para mí. Ser franciscano hoy en Tierra Santa es, ante todo, ser una fraternidad en la Custodia: este es el primer anuncio, tal como nos trasmite San Francisco en la Regla no bulada, en el capítulo XVI.

En estos primeros días me estoy dando cuenta de la gran atención que despierta el nombramiento del nuevo Custodio de Tierra Santa. Sin embargo, soy un ser humano, una persona que tiene sus límites, sus fragilidades y sus miserias, y que intenta responder a su vocación.

Además, nuestra misión como franciscanos no se encarna en la figura del Custodio, sino que la llevan a cabo más de 200 frailes que diariamente se sacrifican, dan su vida y realizan nuestra misión con dedicación, en silencio, a veces incluso a escondidas.

Por tanto... es una “fraternidad” la que da vida a la Custodia de Tierra Santa.

¿Qué significa hoy “custodiar” para un franciscano?

Es un verbo que me ha planteado muchas preguntas en estos años de servicio como comisario y después como delegado del Custodio.

Custodiar es un verbo importante, también desde el punto de vista bíblico, y la primera comparación que me viene a la mente es la protección de San José hacia la Sagrada Familia.

Creo que el modelo en que debemos inspirarnos es precisamente el de San José, que está llamado a cuidar de algo que no es suyo, algo que él no ha generado. Y aún así, está llamado a dar vida, a cuidar, a proteger, a hacer crecer, a amar lo más preciado que es el Niño Jesús y su Madre que, sin embargo, no son suyos.

Es una entrega total de la vida por algo que no es tuyo, que no te pertenece, pero que se ha puesto en tus manos.

Luego, hay un segundo aspecto vinculado al verbo custodiar: me siento fuertemente llamado a proteger mi vocación, la vocación de los frailes. Además de la custodia de los santos lugares y de las piedras vivas que habitan allí, sin el cuidado de nuestra vocación, nuestro servicio también perdería sentido y significado.

¿Cuáles son los retos más importantes que debe afrontar la presencia franciscana en Tierra Santa?

Llevo pocos días en esta función y, si tengo que contestar en caliente, sin haberlo pensado mucho, diría que me gustaría abordar y analizar los retos más urgentes junto con los frailes que llevan viviendo más años en esa tierra y que han experimentado en primera persona estos tiempos difíciles y dramáticos.

El primer desafío es entrar con mucha humildad y discernir juntos, leer juntos los signos de los tiempos para comprender lo que el Señor nos pide como prioridad en este momento. Por tanto, hay un reto hacia la sinodalidad entre nosotros, que también se convierte primero en testimonio, y luego en solidaridad hacia los fieles y los pueblos.

Después está, sin duda, el desafío de la paz, de ser una presencia pacífica y pacificadora, humilde y silenciosa, que sin embargo habla de otra forma de vivir y estar en conflicto.

Existe también la emergencia caritativa, de las necesidades materiales de la gente. 

Existe un gran reto educativo al que la Custodia siempre ha estado llamada.

Será fundamental partir de una lectura conjunta, en lugar de saber de antemano cuáles son las prioridades.

¿Qué bagaje trae de su vida y experiencias anteriores como fraile menor, para el servicio que está a punto de iniciar como Custodio?

Al repasar cronológicamente mi vocación y recordar lo que la obediencia me ha exigido, sin duda le debo mucho a mi historia.

Cuento con un importante bagaje de mis años de docencia, el contacto con el mundo juvenil y el mundo escolar.

Ahí aprendí que cualquier cosa que se proponga, tanto desde el punto de vista pastoral como desde el punto de vista social, debe tener siempre un objetivo pedagógico, una intención educativa.

En mi experiencia como párroco aprendí a amar la Iglesia. En cuanto me convertí en párroco me dije a mí mismo que, aunque hubiera estudiado teología y estado en el mundo escolar, no tenía una visión eclesial clara.

Aprendí que nunca se puede dejar de preguntarse sobre qué idea de Iglesia se tiene, qué idea del pueblo de Dios, de la comunidad y sobre cómo encajamos en ella.

El servicio en la Custodia fue inesperado. Hasta dos veces solicité la posibilidad de ir como misionero a África. En 2013 podría haberme ido, pero en ese mismo momento me propusieron ser comisario de Tierra Santa para Lombardía.

Nunca pensé y nunca tuve el deseo de trabajar para Tierra Santa… acepté la propuesta de la Comisaría porque partía de la idea de que lo que me proponen siempre es mejor que lo que yo tengo en mente.

Y así descubrí el mundo de la Tierra Santa, de la Custodia, de los frailes. 

¿Y qué me enseñó? La enseñanza más grande de mi vida personal y como fraile fue reenamorarme de Jesús, volver a enamorarme del Evangelio y sobre todo de la humanidad de Cristo.

La Tierra Santa me ha enseñado que el Verbo se hizo carne, que es una presencia real, concreta, que en aquella cuna lloró, se ensució, que María le cambió los pañales, como se canta en un himno de la procesión de mediodía en Belén.

Fue una experiencia que amplió mis horizontes, me abrió a la comunidad internacional, intercultural. De manera especial en los años que viví en Roma.

En la mesa soy el único italiano, miro los rostros de estos hermanos de nacionalidades diversas: China, Estados Unidos, Polonia, Perú, Vietnam y otros… los miro y descubro que lo que nos une es haber sido llamados por el mismo Señor y que todos profesamos la misma regla franciscana: ¡esto es la esencia de nuestra vida!

En este mundo desgarrado por las guerras, ¿qué mensaje pueden traer San Francisco de Asís y sus seguidores?

Soy consciente de que una cosa es lo que dicen las palabras y otra cosa es la realidad. Cuando te encuentras en dificultades, cuando vives bajo las bombas, cuando ves injusticias, cuando se te rompe el corazón al ver a los niños que mueren de hambre, cuando ves las atrocidades que comenten los terroristas. Y a pesar de ello, estamos llamados a custodiar (¡de nuevo vuelve este término!) un corazón capaz de mirar la realidad como Cristo la mira y, por tanto, sin enemigos.

¡Y no es fácil!

Sin bandos, pero con un corazón que no se rinde a la idea de no poder ser tu hermano, de no poder dialogar contigo.

¡Debe haber una oportunidad para todos!

Y mientras digo esto, me doy cuenta de que pueden parecer bellas palabras teóricas, pero después la vida cotidiana es otra cosa.

Debemos ayudarnos a cultivar esta mirada, la de San Francisco cuando se presentó ante el sultán o ante el cardenal delegado al que pidió permiso para salir del campamento.

Una mirada desconcertante porque le interesaba el bien del otro, le interesaba la salvación del otro, incluso de aquel que en ese momento parecía el enemigo.

¿Hay algunas palabras clave que querría hacer suyas para dirigirse a los frailes y a quienes aman la Tierra Santa?

Hago mías las palabras de la tradición franciscana y de la presencia de los frailes en Tierra Santa: hermanos y menores para ser testimonios de diálogo y de paz.

Y para concluir, quiero invitar a todos a que no se olviden nunca de rezar y de rogar por la paz, no solo para la Tierra Santa, sino para los más de 50 conflictos que hay en el mundo.

Alessandro Caspoli

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