Fray Eduardo Masseo: de México a Tierra Santa

“No era el mejor de mis primos” dice fray Eduardo Masseo Gutiérrez Jiménez hablando de su experiencia vocacional, “pero soy el único que perseveró en el camino de la consagración y, después, de la ordenación presbiteral”.  Así lo cuenta fray Eduardo Masseo, de 27 años, mejicano, dos meses después de su ordenación presbiteral y del traslado a Salónica (Grecia) para graduarse en Teología Bizantina en la especialidad histórico-arqueológica.

 

¿Cómo llegaste a la Orden de los Frailes Menores?

En primer lugar, tengo que destacar que procedo de una familia religiosa: tenemos seis sacerdotes en la familia y precisamente seré ordenado sacerdote por uno de ellos, mi tío, en agosto en México.

Mi primera experiencia fue en el seminario a los 11 años. Lo llamábamos “SemFa: Seminario en Familia” y consistía en vivir la experiencia del seminario los fines de semana, pero viviendo en casa durante el resto de la semana.  Cuando cumplí 14 años empecé a pensar en el convento y, a través de un programa de televisión, conocí a los franciscanos: curiosamente, la persona que hablaba era fray Eduardo Sánchez Vélez, que ahora presta su servicio en Getsemaní y que también es originario de mi país.  Entonces, a esa edad, pedí entrar en la Custodia.

La Custodia respondió rechazando mi solicitud porque era demasiado pequeño. Por este motivo, decidí dirigirme al seminario agustiniano al que habían asistido mi padre, mis tíos y varios de mis primos. De 1955 a 2009 siempre había habido alguien de mi familia, aunque algunos – al continuar su discernimiento – no siguieron el camino hacia el sacerdocio. Yo no era el mejor de mis primos, sin duda ellos eran más religiosos y adecuados, pero fui el único que perseveró en este camino.

En el seminario sentía que no estaba exactamente en el camino adecuado para mí y lo confirmé gracias al contacto constante con los franciscanos.  Los dos seminarios estaban cerca y compartían un enorme campo de futbol, donde jugábamos juntos a menudo. Además, a lo largo de los años, hicimos varios retiros juntos y todo ello fue volviendo a despertar lentamente mi deseo inicial de acercarme al mundo franciscano.

Tras el tercer año, me expulsaron del seminario porque no estaba hecho para aquella vida y reconozco claramente en este episodio un signo de la Providencia: incluso sabiendo que aquella no era mi vida, sé que nunca habría dejado voluntariamente el seminario y, de hecho, no fue fácil afrontar la etapa siguiente, recuerdo que sufrí mucho.  Inmediatamente después me puse en contacto con los frailes de la Custodia y, tras el periodo de discernimiento necesario, me fui a Italia para empezar mi itinerario formativo.

Lo que más me atraía de los frailes era el hecho de que llevaran hábito. En México, de hecho, estuvo prohibido llevarlo en público hasta 1992, año en que el país comenzó a tener relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Ahora, aunque ya no es una ley obligatoria, sigue siendo una costumbre arraigada, y por eso muchas veces no se usa ningún tipo de vestimenta religiosa.

 

¿Por qué en la Custodia?

Cuando salí del seminario comprendí que mi vocación era franciscana. Pero desde el principio sentí que no era en México.  No porque no ame a mi país, estoy orgulloso de ser mejicano, sino porque desde pequeño me atraía todo lo que era diferente a mí, también a nivel cultural. Quería conocer cualquier cosa que estuviese fuera de mi vida cotidiana.

Siempre tuve el deseo de “algo más”, nunca me sentí satisfecho por las cosas de mi vida. Aquí en la Custodia encontré la respuesta a lo que estaba buscando. No sé qué será de mí en el futuro, pero hasta ahora, no soy capaz de enumerar todos los dones que he recibido aquí y me siento más que realizado en esta realidad, aunque el deseo de conocer cosas nuevas continúa.

Siempre tengo nuevos proyectos en los que me involucro, y creo que son necesarios para poder disfrutar la vida.  Estoy contento con la realidad en que vivo y trato de dejar actuar a la Providencia en cada proyecto que emprendo.

 

Hablemos de tu relación con Dios a lo largo del camino...

Creo que Dios se manifiesta de maneras que a menudo no te esperas: el 2009, por ejemplo, marcó mi vida y no hay día que no lo recuerde con afecto y dolor. Dios encuentra los medios más extraños para hacerte entender cuál es tu camino.  El año de aspirante a la Custodia fue para mí una pesadilla, pensé muchas veces volver a casa. Sin embargo, seguía diciéndome que debía haber un motivo para que yo estuviera allí y que no podía despreciar la oportunidad que Dios me estaba ofreciendo. Mi historia siempre estuvo marcada por una lucha que, al final, se resuelve con una luz que me ayuda y me hace seguir adelante, y lo hace en la fraternidad, mi gran y eterna ayuda. Sin un espejo en el que poder reflejarme y que me ayudara a avanzar y a entender mis defectos y mis virtudes, habría sido imposible para mí seguir adelante. Ahí es donde yo veo el rostro de Dios revelado, no solo en la Eucaristía, que es el vértice, sino a través del trato y la relación con los hermanos.

 

¿Hay algún pasaje de la Escritura o algún personaje bíblico con el que te sientas más identificado?

La figura de Pedro siempre me ha atraído por sus contradicciones: su grandeza es la conciencia de ser pecador y miserable. Pero, sobre todo, me atraen mucho los padres orientales del desierto.  Me siento especialmente vinculado a las Iglesias Orientales y muy cercano a la Iglesia griega. En 2014 viví en Atenas, donde aprendí el idioma y los veranos siguientes los pasé en Rodas y Chipre donde en nuestras fraternidades seguí estudiando la lengua griega y conociendo las iglesias locales. Soy amante de la tradición ortodoxa y creo que es importante para la Iglesia Católica descubrir la riqueza y la belleza de la tradición bizantina.  En algunos momentos históricos lo hemos olvidado o lo hemos dejado de lado, resaltando otros principios.

 

En este sentido, hablemos de la beca de estudios que has ganado y que te llevará a Salónica.

La beca consiste en la ayuda para realizar una licenciatura en Teología Bizantina con una especialización. Hay tres itinerarios: bíblico-patrístico, teología aplicada y el que yo he escogido, el histórico-arqueológico.  Todo se refiere a esa franja de territorio que antiguamente se llamaba Asia menor y la zona de Constantinopla, Esmirna y Grecia.

El año pasado elegí Atenas como sede de mis estudios, pero me arrepentí en cuanto llegué.  Por eso, he decidido hacer esta experiencia en el segundo lugar posible, que es la Universidad Aristóteles en Salónica.

 

¿Cómo fue la selección?

El Ministerio de Asuntos Exteriores griego ofrece cada año a todas las Iglesias una beca para que un estudiante de cada confesión vaya a estudiar a una universidad griega.  En la Iglesia católica es la Secretaría de Estado del Vaticano la que recibe los requisitos y los difunde a todos los dicasterios para que cada uno proponga un candidato.  Los dicasterios, a su vez, envían los curricula de los candidatos a la Secretaría, que escoge el candidato al que se le concederá la beca y es él quien va a Grecia.

Yo fui candidato de la Congregación para las Iglesias Orientales el año pasado. Ya entonces había ganado esta beca pero, debido a problemas burocráticos, nada más llegar a Atenas me di cuenta de que no iba a poder disfrutarla.  El cardenal Sandri, prefecto de la Congregación de las Iglesias Orientales, escribió a la Secretaría de Estado explicando los motivos por los que había tenido que regresar y pidiendo su aprobación para que pudiera disfrutarla el año siguiente.  Cuando el gobierno de Grecia volvió a ofrecerla, se confirmó mi nombre.

 

¿Qué significa para ti esta oportunidad?

Personalmente creo que será una experiencia interesante.  Aunque nací en un país de tradición latina, ahora pertenezco a la Custodia, que está presente en un territorio muy extenso y variado.  Considero muy importante esta oportunidad que me ha dado la Santa Sede, pero creo que se le ha concedido a la Custodia, y no a mí.  Lo esencial, para mí, es poder servir a la Custodia de la mejor forma posible.  Para nosotros, los frailes de la Custodia, que tenemos relaciones tan directas con el mundo oriental, creo que es un signo de la Providencia por parte de la Iglesia para el mundo católico franciscano. Para mí es un regalo que nos ofrece la Iglesia y que debe ser apreciado como un tesoro.

 

Como fraile franciscano, ¿cómo piensas afrontar este viaje?

Honestamente, creo que será un bonito reto por distintas razones. No solo por los estudios, dirigidos de manera “ortodoxa” por los profesores, sino también porque viviré solo por primera vez: Salónica no tiene ningún convento y por eso me alojaré y prestaré servicio como capellán en el palacio de la Vicaría Apostólica que actualmente es sede vacante y está administrada por el obispo de Corfú, que la visita una vez al mes.  Creo que será algo complicado porque es la primera vez que voy a vivir fuera de una fraternidad, pero también será un reto, todo un mundo por descubrir.

 

A la luz de tu experiencia, ¿qué le dirías a alguien que esté buscando un objetivo, un camino para su vida?

Cuando era pequeño tenía miedo de hacerme preguntas, siempre crecí con miedo de hacerlo, especialmente respecto a la religión. Lo que me ayudó a mantenerme fiel a mi vocación fue la libertad para cuestionar ciertas cosas de la vida y de la Iglesia.  Creo que cualquiera que busque la verdad y la voluntad de Dios debe hacerse preguntas sin sentirse condicionado por los propios prejuicios.

Desde mi punto de vista, ni siquiera debemos aceptar la verdad de la Iglesia como un dogma caído del cielo, hay que hacerlo por convicción, no por tradición. Si no se encuentra una respuesta inmediata, esta llegará y, si no llega, hay que seguir haciéndose preguntas, lo que, según mi experiencia, significa poner las cosas en manos de Dios.

 

 

Giovanni Malaspina