¿Por qué hacer una peregrinación?

¡Qué alegría cuando me dijeron:

Vamos a la casa del Señor.

Ya están pisando nuestros pies

tus umbrales Jerusalén!

Canto de la subida de David (Salmo 122)

 

¿Qué tiene esta ciudad que atrae a todos tan profundamente?

¿Qué es lo que motiva al peregrino cristiano para venir a Jerusalén?

 

Jerusalén es el corazón de la Tierra Santa, la síntesis de la acción de Dios por el bien de toda la humanidad.

Así lo explica Juan Pablo II con palabras llenas de emoción: “¡Cuántos recuerdos, cuántas imágenes, cuánta pasión y qué gran misterio encierra la palabra “Jerusalén”! Para nosotros, los cristianos, representa el punto geográfico de la unión de Dios con los hombres, de la eternidad y la historia”.

 

Pero para hacer una peregrinación a Tierra Santa hay que ponerse en camino y hacer del viaje físico un “camino del alma”...

... y caminar sobre esta tierra con el corazón, el alma y la mente en escucha para llegar a un encuentro:

El peregrino viene en actitud de conversión al Señor

candele

En la antigüedad la peregrinación, en especial a Tierra Santa, tenía un carácter penitencial, debido en gran parte a las dificultades que tal ejercicio comportaba: problemas políticos, incomodidad, viajes difíciles. Los peregrinos estaban animados por una profunda fe religiosa y estaban preparados para la muerte, que, muchas veces, les sucedía durante el camino.
La peregrinación era también una ocasión de expiación de culpas. Por eso a los peregrinos que realizaban el viaje para expiar sus pecados se les quitaba el vestido mundano, símbolo del pasado de pecado, se les vestía con el hábito de peregrino, expresión del cambio que querían realizar.

Hoy, con las facilidades y comodidades que dan los modernos medios de transporte, con los hoteles de lujo, etc., ha desaparecido en parte el aspecto exterior de tal penitencia y a menudo la peregrinación, aún en aquellos que la hacen por motivos estrictamente religiosos, se puede convertir en un viaje turístico. 

No es fácil ser peregrino. 

Debe meterse ante todo por caminos que el Señor le indicará para llegar hasta Él. Lo esencial de la peregrinación a Jerusalén es la decisión interior de responder a la llamada del Espíritu de modo personal, como discípulos de Jesús. La peregrinación es pues “un camino de conversión”: en ella el peregrino calca la experiencia del “hijo pródigo”, quien conoce el pecado, la dureza de la prueba y de la penitencia, el sacrificio del viaje, pero conoce también la alegría del abrazo del Padre rico en misericordia que lo reconduce de la muerte a la vida (cf. Lc 15,24). 

Por eso, en este proceso de “cambiar vida” y orientarla hacia Dios será muy importante la participación en el sacramento de la reconciliación; en él el peregrino se da cuenta de su pecado, confiesa su culpa y experimenta la gracia y la misericordia divina. 

En este contexto el encuentro con Jerusalén debería comenzar en el Monte de los Olivos, y más precisamente en el Santuario del “Dominus Flevit”, el lugar del llanto de Jesús sobre Jerusalén, sorda y ciega ante la visita del Salvador, símbolo por eso de nuestra insensibilidad: “¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos” (Lc 19,41-44). .

Fr. Artemio Vítores, ofm

El peregrino que viene a Jerusalén en actitud orante

El peregrino viene a Jerusalén a rezar, a adorar; confía que, sobre todo, en el Santo Sepulcro, su oración tendrá una eficacia particular. La peregrinación es pues una llamada y una educación a la oración. La oración del peregrino puede asumir formas diversas: 

  • de alabanza y de adoración al Señor por su bondad y santidad
  • de reverencia a los Santos Lugares santificados por la presencia de Jesucristo o de la Virgen
  • de agradecimiento por los dones recibidos (como una razón o un motivo de esperanza que dé sentido a su vida)
  • de petición de gracias necesarias para la vida
  • de imploración de perdón por los pecados cometidos, o simplemente para cumplir un voto.


Getsemaní será el lugar especial de la oración: una plegaria intensa, difícil, como fue la de Jesús: “Sumido en angustia, insistía más en su oración” (Lc 22,44). 


Fr. Artemio Vítores, ofm

En actitud de escucha de la Palabra de Dios

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La experiencia fundamental del peregrino debe ser la de escuchar, porque “de Jerusalén surgirá la Palabra del Señor” (Is 2,3). 

Tierra Santa es, sin lugar a dudas, parte integrante de la comprensión de la Palabra histórica de Dios, que ha fijado su tienda en Jacob y ha tomado la herencia de Israel, que se ha establecido en Sión y ha puesto sus raíces en medio un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en Jerusalén; que se convierte en carne hebrea en Jesús, el Mesías y se ha hecho Evangelio destinado a extenderse hasta los más lejanos confines de la tierra, “comenzando por Jerusalén” (Hech 1,8). 

Todas las regiones de Tierra Santa, en especial Jerusalén, son “la geografía de la salvación”, donde Dios – a través de su Hijo Jesús – realizó “la historia de la salvación”. Tierra Santa es, según la expresión de Renan, el “Quinto Evangelio”. 

En Tierra Santa el peregrino se encuentra en una situación privilegiada para escuchar la Palabra de Dios, en los Lugares en que ha resonado: ellos son “la escuela donde se es iniciado a comprender la vida de Jesús, es decir la escuela del Evangelio”, decía Pablo VI, ya que permiten “al cristiano ponerse en contacto directo con el ambiente, en el cual “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14)”. 

En Tierra Santa el Evangelio suena de otra manera. Los antiguos y modernos peregrinos están en sintonía con las hermosas palabras del “peregrino ruso”: “por gracia de Dios soy hombre y cristiano, por mis obras un gran pecador, por condición un peregrino sin techo de la condición más humilde, que va errando de lugar en lugar. Mis bienes son una mochila en la espalda con un poco de pan seco y una sagrada Biblia que llevo bajo la camisa. No tengo nada más” (Diario de un peregrino ruso). 

La Biblia es la guía principal del peregrino. 

Al regresar a su patria y a su familia el peregrino se torna evangelizador, portador del “Evangelio de Tierra Santa” - como hizo Jesús y sus discípulos que recorrían los caminos de Palestina para anunciar el Evangelio de salvación -, “heraldo itinerante de Cristo”. Y repetirá con Pedro y Juan: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hech 4,20). 

Fr. Artemio Vítores, ofm

 

El peregrino preparado a encontrar a Cristo vivo en la Eucaristía

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Si la Biblia es por excelencia el libro del peregrino, la “Eucaristía es el pan que lo sustenta en el camino”.

 

La celebración eucarística acompaña las diversas etapas de la peregrinación y debe reflejar los acontecimientos pascuales del Éxodo, pero sobre todo la de Cristo que celebra su Pascua en Jerusalén, al final de su largo viaje hacia la cruz y la gloria. 

Sólo así la peregrinación tendrá sus frutos. 

Lo decía Juan Pablo II: “Todo peregrino, al final del camino en el que su ardiente corazón aspira a ver el rostro de Dios, está llamado a reconocer al Salvador…en el pan compartido”. 

De ahí el deseo ardiente del Papa de visitar el Cenáculo “para celebrar la Eucaristía… Aquí el Señor Jesús instituyó el sacerdocio ministerial… En este santo lugar promulgó el mandamiento nuevo del amor… He querido retornar, como sucesor de Pedro, a los manantiales de la Iglesia, al lugar de la Última Cena y de la Primera Eucaristía”. 
Y, sin embargo, el Cenáculo está prácticamente prohibido a los cristianos. En efecto, en 1551, los turcos expulsan a los franciscanos del Monte Sión y el Cenáculo se convierte en una mezquita, sin que se permita a los hijos de San Francisco y a los demás cristianos ninguna celebración eucarística. 


Fr. Artemio Vítores, ofm

Encontrar a Cristo en los hermanos

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Como los discípulos de Emaús reciben el don de ver a Cristo resucitado gracias también a su insistencia caritativa: “Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. 
Pero ellos le forzaron diciendo: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha reclinado” Y entró a quedarse con ellos” (Lc 24,28-29), la peregrinación tendrá sus frutos si está animada por la caridad. 

La caridad se revela ante todo el amor de Dios: “si Dios ha amado, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros” (1Jn 4,11). 

La caridad hay que ponerla en práctica durante el camino de la peregrinación, socorriendo a los necesitados, compartiendo con los demás el alimento, el tiempo y las esperanzas. 

La caridad se manifiesta también en las ofertas para los pobres, en las ayudas a los peregrinos enfermos. La primitiva comunidad cristiana tenía “sólo corazón” y san Pablo se preocupó en ayudar a “los pobres de Jerusalén” haciendo una colecta para ellos. 

Con estas actitudes puede el peregrino encontrar a Cristo en Jerusalén. Esta es la razón de una peregrinación a Jerusalén; es éste el sueño de todo cristiano. Sólo así podrá volver a las raíces de la vida cristiana. 


Fr. Artemio Vítores, ofm