Diez días de guerra, diez días de fraternidad cotidiana

En estos días, mientras la guerra entre Israel e Irán traía tensión y preocupación a toda la región, también los conventos de la Custodia de Tierra Santa han vivido un tiempo inusual e intenso.

Las disposiciones emanadas por las autoridades impidieron a muchos trabajadores llegar a sus lugares de trabajo. Esto significó, para nuestras comunidades, encontrarse de repente sin la valiosa ayuda de las personas que cada día colaboran con los frailes en las casas, en las escuelas y en las estructuras de acogida para los peregrinos.

Los frailes permanecieron dentro de los conventos y de las estructuras de la Custodia, continuando la vida comunitaria pero asumiendo directamente todos aquellos servicios que normalmente se realizan con la colaboración del personal. La cocina, la limpieza, la gestión de los espacios comunes, la recogida de la basura, el cuidado de los patios y de los jardines, cada actividad cotidiana se convirtió en responsabilidad compartida de la fraternidad.

En algunos conventos, como en el principal complejo franciscano que acoge a más de setenta frailes, el desafío fue particularmente concreto. Preparar el almuerzo y la cena para un número tan grande de personas requiere organización, tiempo y muchas manos disponibles. Así, entre ollas, vajilla y turnos de cocina, los frailes se turnaron en los fogones, transformando el refectorio en un lugar aún más vivo de colaboración fraterna.

También la limpieza requirió un compromiso constante, pasillos, patios, escaleras, iglesia, refectorio y espacios comunes continuaron siendo cuidados con atención. Algunos barrían, otros lavaban los suelos, otros se ocupaban del jardín o de la recogida de los residuos, pequeños gestos que marcaron el ritmo de las jornadas de las comunidades.

Una ayuda inesperada llegó también con la suspensión temporal de las clases universitarias, decidida en estos días. Muchos frailes estudiantes, al no tener cursos que seguir, pudieron dedicar más tiempo a los trabajos manuales y a los servicios domésticos de la comunidad.

Para muchos fue una ocasión concreta para redescubrir el valor del trabajo manual y de la colaboración cotidiana. Al mismo tiempo, esta experiencia hizo crecer una renovada gratitud hacia quienes normalmente trabajan en nuestras casas. Son personas que a menudo realizan servicios humildes y poco visibles, pero fundamentales para la vida de las comunidades.

También las estructuras de acogida de los peregrinos tuvieron algunos desafíos inesperados, algunos pequeños grupos presentes en Tierra Santa en el momento del inicio del conflicto se encontraron bloqueados e imposibilitados de salir del país, sin vuelos y sin reservas en nuevas estructuras. Las Casas Nuevas franciscanas acogieron entonces con generosidad a los peregrinos necesitados de un techo y de una comida. Para cada uno hubo una puerta abierta y un techo suficientemente seguro hasta el día de su viaje de regreso, que tuvo lugar a través de Egipto.

La vida en los conventos de Tierra Santa continuó así, entre oración, fraternidad y trabajo compartido. También en un tiempo marcado por la incertidumbre, la vida cotidiana encontró su ritmo en los gestos simples y concretos que mantienen viva una comunidad. Y precisamente en estos gestos, a menudo escondidos, se renovó la experiencia de una fraternidad que cuida de la casa común y de las personas que la habitan, sin dejar nunca de rezar por la paz y por el regreso de la normalidad.

Fray Alberto Pari

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