
19 de febrero de 2026
Jueves después de Ceniza
Fray Ulise Zarza, Vicario de Tierra Santa
Queridos hermanos y hermanas, ¡El Señor les dé la Paz!
Soy Fray Ulise Zarza, Vicario Custodial, y les hablo desde Jerusalén. En el silencio todavía austero de los días que siguen a la Ceniza, la Palabra nos conduce inmediatamente al corazón de la Cuaresma.
En el Evangelio que hemos escuchado, Lucas 9,22,25, Jesús habla sin medias tintas: "El Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado, ser muerto y resucitar al tercer día". Y, casi sin dejar tiempo para respirar, añade: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame".
No es un discurso fácil. No es una invitación consoladora según los criterios del mundo. Es como si Jesús, al inicio del camino cuaresmal, quisiera decirnos, "No los engaño. El camino del amor pasa por la cruz". Ese "debe" no es el peso de un destino ciego, sino la necesidad del amor. Cristo no sufre la Pasión, la elige, porque solo así puede alcanzarnos hasta el fondo, incluso en nuestras heridas más escondidas.
San Agustín de Hipona, contemplando la Pasión, afirmaba: "La Pasión del Señor es nuestra esperanza y nuestra gloria, allí está el sacramento de la sangre con la que fuimos redimidos", Sermo 96, 1. Para Agustín la cruz no es un escándalo que se deba evitar, sino el lugar donde nace la esperanza.
Mirando a Cristo crucificado, comprendemos que ningún sufrimiento carece de sentido. Luego Jesús realiza un paso decisivo, de su cruz a la nuestra, y este paso marca también nuestro discipulado: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame".
El Señor no obliga ni fuerza. Él propone, cf. Juan Crisóstomo, In Math. Hom. 56. Pero lo que propone es radical, negarse a sí mismo. No significa despreciarse, sino dejar de vivir como si fuéramos el centro del universo. Significa dejar que Dios sea Dios, y que los demás tengan espacio en nuestro corazón.
La Cuaresma se convierte así en una escuela de libertad. Ayunar es decir a nuestro instinto que no manda él. Orar es reconocer que necesitamos a Dios. Dar limosna es recordarnos que no somos dueños, sino administradores. Son pequeños gestos que desgastan el egoísmo y abren caminos de luz.
San León Magno lo expresa con fuerza: "No hay participación en la victoria de Cristo sin participación en su Pasión", Sermo 39, 3. No se llega a la Pascua sin atravesar el Viernes Santo. Pero es precisamente atravesándolo con Cristo como descubrimos que la cruz no es la última palabra.
Hay un detalle en el Evangelio de Lucas que toca la vida concreta: "tome su cruz cada día", la expresión "cada día" enfatiza la prontitud para seguir a Jesús no solo en la hora de la persecución, sino también en la vida cotidiana, por eso no habla de gestos heroicos extraordinarios, sino de fidelidad diaria. La cruz de cada día puede ser una paciencia no reconocida, un perdón que cuesta, un deber cumplido con amor, un sufrimiento vivido sin endurecer el corazón. Allí se juega el discipulado y la fidelidad al Señor.
Finalmente, Jesús plantea la pregunta decisiva: "¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si luego se pierde o se arruina a sí mismo?". Es una pregunta que desenmascara nuestras ilusiones. Podemos acumular éxitos, consensos, seguridades, pero si perdemos el alma, ¿qué queda? La Cuaresma nos devuelve a lo esencial: salvar la vida verdadera, la que nace del don.
Hermanos y hermanas, al inicio de este camino, no tengamos miedo de la cruz. Acogida con Cristo, no aplasta, sino que transforma nuestra existencia. En la madera de la cruz ya está escondido el brote de la resurrección. Y cada pequeño sí cotidiano prepara en nosotros la alegría de la Pascua.
¡Paz y bien desde Tierra Santa!
