El Señor te dé la paz. Soy Fray Francesco Ielpo, Custodio de Tierra Santa, y les hablo desde Jerusalén. Con el Miércoles de Ceniza entramos en el tiempo santo de la Cuaresma.
Es un tiempo que no comienza con grandes palabras, sino con un gesto sencillo y sobrio, la ceniza sobre la cabeza. Un signo humilde, reconocemos nuestra miseria y nos confiamos a la infinita misericordia de Dios.
En el Evangelio de hoy Jesús no nos pide hacer cosas extraordinarias. Nos pide vivir de manera verdadera la limosna, la oración y el ayuno, que no son prácticas opcionales ni ejercicios ascéticos para unos pocos. Son los tres pilares del camino cuaresmal, pero Jesús es clarísimo. El problema no es qué hacemos, sino por qué y cómo lo hacemos.
El Evangelio nos pone en guardia ante una tentación siempre actual, la de transformar la fe en una representación, la vida cristiana en una escena que se actúa ante los demás. La figura del fariseo no debe leerse como un personaje lejano del pasado, sino como una posibilidad que también habita en nuestro corazón. Es la tentación de parecer justos, religiosos, coherentes, en vez de serlo de verdad.
Jesús contrapone dos estilos, el del discípulo aparente, y el del discípulo verdadero. El primero vive para ser visto, el segundo vive delante de Dios. El primero hace sonar la trompeta cuando da limosna, el segundo da en silencio. El primero ora para hacerse notar, el segundo entra en su habitación y cierra la puerta. El primero ostenta el ayuno, el segundo se lava el rostro y se perfuma la cabeza.
Esto no significa esconder el bien ni encerrarse en una fe privada. Significa más bien purificar la intención, volver al corazón de las cosas. La Cuaresma, queridos hermanos, no es el tiempo de las olimpiadas espirituales, sino el tiempo de la verdad.
Jesús insiste en una palabra decisiva, la palabra es secreto. Es allí donde se juega nuestra conversión. En el secreto caen las máscaras, se apagan los aplausos, se hace silencio. En el secreto permanecemos solos delante de Dios y descubrimos si lo que hacemos nace realmente del amor o de la necesidad de reconocimiento.
Limosna, oración y ayuno van juntos, si los separamos se vacían. La oración auténtica nos abre a los demás, el ayuno verdadero se convierte en compartir. La limosna sincera nace de un corazón libre.
La Cuaresma nos pide recomponer la unidad de la vida, no vivir una fe fragmentada. Jesús no rechaza la recompensa, pero aclara cuál es la que realmente cuenta, no la recompensa de los hombres, sino la del Padre. Ante Dios no hay espacio para el cálculo, para el compromiso, para la búsqueda de consenso. Hay espacio solo para la verdad.
Y finalmente hay un detalle que a menudo olvidamos, la alegría. El ayuno cristiano no es tristeza exhibida, sino libertad recuperada. La ceniza no es un signo de desesperación, sino el comienzo de un camino de esperanza. El desapego que pide el seguimiento no es una pérdida, sino una ganancia. No una renuncia estéril, sino una promesa de vida nueva.
Entonces al inicio de esta Cuaresma, mientras recibimos la ceniza sobre la cabeza, pidamos al Señor un corazón sencillo, capaz de vivir el Evangelio sin estruendo. Un corazón unificado, que sepa orar, dar y ayunar en el secreto. Un corazón libre, que no necesite parecer para sentirse vivo.
Paz y bien desde Tierra Santa.





