Washington, D. C.: la vida del convento continúa en tiempos de pandemia

Desde mediados de marzo, la vida de los frailes y los sacerdotes estudiantes que viven en el convento franciscano de Tierra Santa en Washington, D.C. EE.UU., ha sufrido grandes cambios.  Igual que en todo el mundo, también en el convento franciscano las medidas de contención de la pandemia han cambiado drásticamente la vida.

 

Mantener la seguridad

En primer lugar, siguiendo las disposiciones de “quedarse en casa” dela alcaldesa de Washington D.C., Muriel Browser, el trabajo ministerial de los frailes y las salidas se han reducido drásticamente, manteniendo solo las esenciales.  Dos frailes hacen la compra y se encargan del correo para la comunidad; se puede salir para visitas médicas y las medidas permiten el ejercicio físico fuera de casa, manteniendo una distancia de seguridad. Deben usarse mascarillas de protección en tiendas y en las instalaciones médicas.

Los empleados del monasterio trabajan en su mayoría desde casa. El personal se ha reducido al mínimo necesario: dos personas para las labores domésticas, dos cocineros y dos guardias de seguridad trabajan en sus puestos, siguiendo procedimientos adecuados para la seguridad y la salud de todos.

Al comenzar el periodo de restricciones, una monja, que también es cirujana, visitó la comunidad.  Durante esa visita, la religiosa informó a los frailes sobre las medidas de seguridad que debían observar, subrayando la importancia de lavarse las manos frecuentemente y proporcionándoles mascarillas protectoras para aquellos que tuvieran que salir de casa.

 

Un nuevo ritmo

La fraternidad religiosa ha empezado una nueva rutina, estableciendo nuevos “ritmos”. La vida conventual normalmente gira en torno a la oración, al ministerio y a la relación fraterna. Sin ningún servicio externo (la iglesia del convento está cerrada, no hay visitas guiadas, los frailes-sacerdotes que asisten a las parroquias y las comunidades religiosas no tienen encargos regulares), la vida entre los muros del convento se ha reconstruido en torno a un ritmo cotidiano de oración, comidas y momentos recreativos.

A los 17 frailes que residen habitualmente en el convento (actualmente, dos están en otros países), hay que sumar nueve estudiantes sacerdotes que están asistiendo a clases “a distancia” para completar sus titulaciones en varias disciplinas. Normalmente son un grupo adicional muy apreciado por la comunidad, y aun lo son más estos días.  Sin embargo, muchos de los estudiantes residentes pudieron volver a sus diócesis de origen antes de que se impusieran restricciones sobre los desplazamientos.

La oración de la comunidad se ha trasladado a la capilla del convento, situada en el piso residencial del monasterio. La oración de la mañana (la Liturgia de las Horas) se celebra más tarde de lo normal, seguida de la Eucaristía.  La oración de la tarde tiene lugar antes del recreo de la tarde y de la cena; la oración de la tarde del fin de semana (generalmente en privado, debido a los ministerios externos) ahora se celebra con la intención de ser una oración especial por los que sufren en este momento.

Naturalmente, todos los frailes incorporan su propia vida de oración personal al ritmo de la oración comunitaria, recordando de manera especial a las víctimas de la pandemia.

Cada fraile tiene una forma diferente de pasar el tiempo libre: la lectura y los puzzlesocupan un lugar destacado en la lista de actividades recreativas. La comunidad también ha empezado un “festival de cine” con proyecciones de películas varias veces a la semana.

Este inesperado momento de cambio del estilo de vida ordinario de los franciscanos ha acercado a esta comunidad “itinerante” a un estilo de vida más conventual. Es demasiado pronto para saber cómo afectará la pandemia a todo el mundo. Por el momento, sin embargo, los ritmos sagrados de la oración y la vida fraternal han sido un regalo para los frailes del convento.

 

Fr. Greg Friedman