Viernes Santo en Jerusalén, recuerdo de la Pasión y misterio de la cruz

Jerusalén vivió el Viernes Santo en un clima marcado por la guerra y las consiguientes restricciones.

La Ciudad Santa, que en estos días debería haber acogido a miles de fieles procedentes de todas partes del mundo, apareció silenciosa y vigilada. Sin embargo, precisamente dentro de esta fragilidad, la oración de la Iglesia continuó elevándose con fuerza, custodiando la memoria de la Pasión del Señor en el mismo lugar donde se cumplió.

A pesar de las restricciones y los controles impuestos por la seguridad, a los frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa se les permitió acudir al Santo Sepulcro, corazón de la fe cristiana y meta de toda peregrinación.

En este escenario particular, la Basílica de la Resurrección acogió al Patriarca latino de Jerusalén, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, que pudo presidir la solemne Liturgia de la Pasión del Señor.

Un pequeño grupo de frailes participó con él en la celebración en el Calvario, en un recogimiento que hizo aún más evidente el carácter universal de esa oración.

Ante la Cruz, donde Cristo entregó su vida por la salvación del mundo, la intercesión se convirtió en invocación por todos, por la Tierra Santa herida, por las poblaciones probadas por el conflicto, por las familias rotas, por los niños y los inocentes que sufren, y por cada parte del mundo donde la guerra sigue sembrando dolor y muerte.

Particularmente intensa fue la proclamación de la Pasión según el Evangelio de Juan, cantada solemnemente en el Calvario por tres cantores, según la tradición litúrgica.

Las palabras del relato evangélico, entonadas en la Basílica completamente vacía, resonaron con una fuerza nueva, como si el mismo silencio de la ciudad se convirtiera en eco del drama del Gólgota.

En respeto de las normas del Status Quo, las puertas de la Basílica del Santo Sepulcro se abrieron y cerraron según los horarios establecidos, marcando la jornada con una disciplina rigurosa.

También este elemento, en un contexto ya marcado por restricciones, recordó la complejidad de la vida cristiana en Jerusalén, donde cada gesto litúrgico es custodiado con atención y delicadeza, como un patrimonio compartido y frágil.

Antes del mediodía, el Custodio de Tierra Santa pudo recorrer la Vía Dolorosa rezando el Vía Crucis por las calles de la Ciudad Vieja.

Un camino que, en condiciones normales, habría estado lleno de peregrinos, procesiones y cantos de distintas lenguas y culturas.

Este año, en cambio, la Vía Dolorosa se presentó vacía, marcada por una ausencia que hablaba por sí sola, la ausencia de los peregrinos, la ausencia de la normalidad.

Con pocos frailes a su lado y en presencia de algunos periodistas, el Custodio elevó la oración de la Iglesia en nombre de todos aquellos que no pudieron estar presentes.

En ese camino, realizado entre el silencio y los controles, el Vía Crucis se convirtió en un gesto de intercesión universal, una ofrenda de oración por quienes sufren, por quienes viven con miedo, por quienes son prisioneros de la violencia, por quienes han perdido un hogar o un ser querido, por quienes siguen esperando incluso cuando la esperanza parece imposible.

La hora de la muerte de Jesús, las 15:00, llegó como un llamado poderoso, no solo memoria de un hecho pasado, sino signo de una redención que sigue hablando al presente.

Es lo que recordó el Custodio en su homilía en Getsemaní, donde celebró con los frailes y algunos fieles la Pasión y el Vía Crucis en los senderos del jardín del Ermitaño, rodeados de silencio.

Por la tarde, el Custodio y un reducido grupo de frailes regresaron al Santo Sepulcro para la conmovedora oración del Funeral de Cristo, una antigua tradición de Jerusalén que acompaña procesionalmente la imagen de Cristo en la cruz hasta el Calvario.

En el Gólgota, un rito marcado por las palabras del Evangelio prevé la deposición de la cruz, se retiran los clavos y la corona de espinas, el cuerpo herido es ungido y preparado para la sepultura en la Piedra de la Unción y, finalmente, la imagen de Cristo muerto es colocada en el sepulcro.

Cada año la celebración cuenta con una gran participación de clero y fieles, que este año solo pudieron seguir el evento a través de las transmisiones de los medios.

Así, incluso en tiempo de guerra, Jerusalén ha custodiado su vocación, ser lugar de la Pasión y de la Resurrección, ciudad donde el sufrimiento del mundo se encuentra con la oración de la Iglesia.

Los frailes de la Custodia, como centinelas silenciosos en los Santos Lugares, continuaron rezando por todos, para que desde el Calvario pueda nacer nuevamente, para la Tierra Santa y para toda la humanidad, el don de la paz.

Fray Alberto Joan Pari

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