
Como cada año, según una tradición profundamente arraigada en la vida de la Iglesia de Jerusalén, la Custodia de Tierra Santa ha vivido la jornada del lunes de la Octava de Pascua, en el pequeño pueblo palestino de Emmaus Qubeibeh, a pocos kilómetros de Jerusalén, lugar que la tradición identifica con el Emaús del Evangelio (cf. Lc 24,13-35).
Es aquí, en el santuario custodiado por los frailes franciscanos, donde la comunidad cristiana suele reunirse para celebrar la memoria del encuentro del Resucitado con los dos discípulos en camino, evento que continúa hablando al corazón de los creyentes como una invitación a la fe, a la esperanza y al reconocimiento de la presencia viva de Cristo en la historia.
En tiempos ordinarios, la iglesia de Emmaus se habría llenado de fieles provenientes de los pueblos circundantes, de las parroquias de la región y también de grupos de las parroquias de Ramle y Tel Aviv.
El momento central de la jornada es tradicionalmente la Santa Misa presidida por el Custodio de Tierra Santa, que concluye con la bendición de los panes, luego distribuidos a los presentes de manos del propio Custodio.
Un gesto sencillo y fuertemente evocativo, que recuerda el signo a través del cual los dos discípulos reconocieron finalmente al Maestro: "lo reconocieron al partir el pan".
Este año, sin embargo, las circunstancias ligadas a la situación de guerra y a las limitaciones impuestas han reducido profundamente la participación.
Solo una decena de frailes ha podido acompañar al Custodio, junto a pocas familias de la comunidad local, en un clima de recogimiento y de oración silenciosa, casi como para reflejar la intimidad y la sobriedad de la página evangélica.
A pesar del número restringido de los presentes, la celebración ha mantenido intacto su significado espiritual: los panes han sido bendecidos y distribuidos, signo concreto de comunión y memoria viva del Cristo que continúa caminando al lado de su pueblo, incluso cuando el camino se hace oscuro.
En la homilía, Fray Sebastiano Eclimes, Superior de la comunidad local, ha invitado a los presentes a reconocerse en la experiencia de los discípulos de Emmaus: hombres probados por la decepción y por el dolor, con el corazón apesadumbrado y la mirada incapaz de reconocer la presencia del Resucitado. También hoy, en este tiempo marcado por el sufrimiento y la incertidumbre, muchos viven con la misma fatiga interior, con preguntas abiertas y esperanzas heridas. Y sin embargo, recordó Fray Sebastiano, al igual que ocurrió a los discípulos, también nosotros estamos llamados a seguir caminando, a recorrer con fe los caminos de la vida, abriéndonos a la posibilidad de que el Señor esté ya a nuestro lado, aunque no lo reconozcamos de inmediato. Solo perseverando en el camino, y dejándonos iluminar por la Palabra y por el pan partido, podemos volver a encontrar ojos capaces de ver y corazones listos para volver a encenderse.
Al término de la celebración, frailes y familias se han reunido para un momento de fraternidad compartiendo el almuerzo, ofrecido por Fray Sebastiano y preparado con esmero por las Hermanas de la Evangelización, que prestan servicio en el santuario y acompañan diariamente la vida de esta pequeña pero preciosa comunidad cristiana.
En un contexto marcado por la precariedad y las restricciones, la jornada de Emmaus Qubeibeh se ha convertido una vez más en un signo silencioso pero potente: Cristo Resucitado continúa caminando con su pueblo, y la Custodia de Tierra Santa continúa custodiando no solo los Lugares Santos, sino también la fe viva de una Iglesia que, aunque probada, no deja de esperar.
En el pan bendecido y partido, y en el camino compartido, Emmaus continúa anunciando al mundo que la luz de la Resurrección puede aún abrir caminos incluso en las noches de la historia.
Fray Alberto Joan Pari
