Unidad de los cristianos: la semana de oración en Jerusalén

Hoy concluye la Semana de oración por la unidad de los cristianos. En Tierra Santa, en Jerusalén, se ha celebrado del 24 de enero al 1 de febrero, recorriendo cada día un lugar de culto diferente de las distintas confesiones cristianas, desde el Santo Sepulcro hasta el Cenáculo, pasando por las iglesias anglicanas, luteranas, armenias, coptas, etíopes y greco católicas. La Custodia de Tierra Santa acogió uno de los momentos centrales en la iglesia de San Salvador, donde el Custodio, Fray Francesco Ielpo, presidió la oración ecuménica junto con los representantes de las demás Iglesias presentes en la ciudad.

"Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu"

El hilo conductor de este año ha sido el versículo de la carta a los Efesios: "Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza a la que Dios los ha llamado" (Ef 4,4), que recuerda la vocación profunda de los cristianos a reconocerse ya unidos en Cristo antes incluso de cualquier esfuerzo humano. En la celebración del 28 de enero en San Salvador, la homilía del Custodio insistió en esta dimensión: la unidad no es fruto de la uniformidad, sino de la comunión, que no elimina las diferencias sino que las reconduce a una única fuente, el Bautismo en Cristo. En una ciudad donde las Iglesias viven lado a lado, a menudo a pocos metros de distancia, estas palabras adquieren una resonancia particular y se convierten en una invitación a no considerar la unidad como una utopía, sino como una responsabilidad concreta.

Una semana en los lugares simbólicos de Jerusalén

El programa de la semana siguió el recorrido ya tradicional de las celebraciones ecuménicas en Jerusalén. Comenzó el sábado 24 de enero en la Anastasis, Santo Sepulcro, con el oficio de completas de la Iglesia greco ortodoxa, para continuar en las noches siguientes en la catedral anglicana de San Jorge, la iglesia luterana del Redentor, la catedral armenia de San Santiago y la parroquia latina de San Salvador, hasta la celebración en el Cenáculo en el Monte Sión y en las iglesias copta y etíope. La semana concluyó el domingo 1 de febrero en la iglesia greco católica de la Anunciación, junto a la puerta de Jaffa, casi como para sellar el camino con una oración compartida a las puertas de la Ciudad Vieja.

Esta “pellegrinatio” cotidiana de una comunidad a otra no es solo un gesto simbólico, sino una manera concreta de conocerse, rezar juntos y compartir las heridas y las esperanzas de Tierra Santa. En un contexto marcado por conflictos y divisiones, el simple hecho de que los cristianos se reúnan unidos en sus respectivas iglesias, alternando lenguas, ritos y tradiciones, se convierte ya en un anuncio de reconciliación y en un mensaje de paz dirigido a toda la población.

La unidad que nace de la vida cotidiana

La experiencia de la Semana de oración se inserta en un entramado más amplio de relaciones ecuménicas que, en Jerusalén, se viven sobre todo en la vida cotidiana. Como recuerda Fr. Stéphane Milovitch, el diálogo no es solo participar en conferencias o encuentros oficiales, sino compartir la cotidianidad: saludarse en las respectivas festividades, colaborar en la custodia de los Lugares Santos, trabajar codo a codo en los santuarios y en las instituciones de la ciudad. La misma historia de Jerusalén, cuna de una Iglesia desde el inicio compuesta y plural, muestra que la diversidad no es una amenaza sino una riqueza que debe acogerse, cuando la mirada permanece fija en Cristo y en el Evangelio.

En este sentido, la Custodia de Tierra Santa vive una vocación particular: custodiar los Lugares de la Redención junto con las demás Iglesias, manteniendo vivo un estilo de hospitalidad y de apertura que ayuda a los fieles a percibir la Iglesia como un solo cuerpo, presente en múltiples formas. Desde la colaboración en la Basílica del Santo Sepulcro hasta la compartición de la Basílica de la Natividad, pasando por los numerosos encuentros informales, la vida cotidiana se convierte en el lugar donde la unidad comienza verdaderamente “cada día”, mucho más allá de la sola semana de enero.

Una vocación para la Iglesia y el mundo

En su homilía, Fray Francesco Ielpo recordó que Jesús, en su oración sacerdotal, no pide que los discípulos sean fuertes o perfectos, sino que sean uno, "para que el mundo crea". La unidad de los cristianos no concierne solo a las relaciones internas entre Iglesias, sino que es una palabra profética para un mundo herido por guerras, polarizaciones y sospechas recíprocas. La invitación de Pablo a vivir con humildad, mansedumbre y paciencia se convierte así en un programa de vida: sostenerse mutuamente en el amor, reconocer en el otro a un hermano, elegir caminar juntos incluso cuando las heridas del pasado aún no han sido completamente sanadas.

El Custodio subrayó cómo la Semana de oración recién concluida recuerda a todos, comunidades locales, peregrinos, amigos de Tierra Santa, que cada uno puede convertirse en instrumento de unidad: en la oración común, en los pequeños gestos cotidianos, en un estilo de escucha y de acogida recíproca. Que el Espíritu Santo, único y vivificante, continúe guiando los pasos de las Iglesias de Jerusalén, para que esta ciudad, marcada por la cruz y la resurrección, sea cada vez más signo de comunión visible en el entramado concreto de la vida cristiana.

Francesco Guaraldi

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