La Tierra Santa y los ingresos solemnes en tiempo de Cuaresma

Desde hace 800 años una de las misiones de los frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa ha sido acoger a los peregrinos en el interior de los santuarios. En ella tiene sus raíces una costumbre que, con el paso del tiempo, se ha convertido en liturgia: el ingreso solemne y la procesión en la basílica del Santo Sepulcro.

En Tierra Santa, con mucha frecuencia, para comprender la liturgia actual se hace referencia a itinerarios de viaje y diarios de peregrinaciones del pasado.  Uno de estos testimonios, que también se ha vuelto relevante para la liturgia del Sepulcro, es el del sacerdote Mariano de Siena, escrito durante su tercer viaje. Como él mismo narra, en 1431 el peregrino partió de Venecia (Italia) con otros dos sacerdotes y viajó durante aproximadamente 115 días por tierra y mar, recorriendo más de 5097 millas.

Mariano de Siena cuenta en su diario la visita al Sepulcro y las prácticas a las que se incorporaron los peregrinos a partir del “vespero”, al final de la tarde, hora en la que se permitía la entrada en la basílica del Santo Sepulcro tras pagar el óbolo a los musulmanes que controlaban el acceso.  Los peregrinos eran recibidos en el Santo Sepulcro en la piedra de la Unción y eran precisamente los frailes franciscanos quienes les guiaban en el interior del santo lugar.  La visita era importante por dos motivos: conocer mejor la basílica y obtener la indulgencia ligada a los lugares que recuerdan la Pasión y Resurrección de Jesús. Históricamente, lo que realizaban era un "Sacruum Circulum", una visita litúrgica guiada entre los distintos pequeños santuarios que forman el Santo Sepulcro: el lugar de la Crucifixión, la piedra de la Unción, el lugar de la Resurrección, y también el lugar de la aparición a María de Magdala y la aparición a María, su Madre, etc.  En cada uno de estos lugares, los franciscanos solían cantar un himno o declamar una breve lectura que hablara del lugar, antes de trasladarse al siguiente. Lentamente, esta práctica se hizo común para los franciscanos, permitiéndoles vivir estos lugares de forma dinámica, hasta tal punto que todavía hoy forma parte de las liturgias cotidianas como la santa misa y la celebración de la Liturgia de las Horas.

Lo que describe el peregrino Mariano de Siena es lo que se repite de manera solemne durante los sábados de Cuaresma: el Patriarca se hace peregrino para seguir la liturgia cotidiana del lugar.  El símbolo es fuerte: tras la apertura de las puertas el prelado es recibido en la piedra de la Unción, como “primer peregrino” por los franciscanos y es guiado por el superior del convento de San Salvador para iniciar su camino de conversión cuaresmal, convirtiéndose en guía para el resto de fieles.

Ahora dividida en las celebraciones entre las dos figuras distintas del Patriarca de Jerusalén y el Custodio de Tierra Santa, la fase inicial establece el ingreso y la procesión diaria presidida por un fraile que canta y proclama las lecturas, yendo de un lugar a otro.

El recorrido continúa con la celebración matutina, a partir de la medianoche, y la misa solemne en la que el obispo preside sin celebrar (“asistencia pontifical”). Estos momentos ayudan al obispo a  preparar la celebración de la Semana Santa, una liturgia que se convierte en retiro espiritual.

Giovanni Malaspina