La alegría del anuncio de la Resurrección en la celebración de la vigilia pascual

En la mañana del sábado 16 de abril se celebró en la basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén la Vigilia considerada “la madre de todas las santas vigilias”, la de la Resurrección del Señor. Presidió la misa solemne en la Anástasis del Santo Sepulcro el Patriarca latino, Su Beatitud monseñor Pierbattista Pizzaballa, ante un gran número de fieles que llegaron a primera hora para seguir la ceremonia.

Celebrada antes que en resto del mundo, donde tiene lugar la noche entre el sábado y el domingo, la celebración en el Santo Sepulcro, en cambio, está vinculada a un antiguo legado que se remonta a antes del Concilio Vaticano II, y que se mantiene aquí por las exigencias del Status Quo que rige la vida de las comunidades cristianas en la iglesia del Santo Sepulcro.

Esta especial vigilia se divide en varios momentos: la liturgia de la luz, caracterizada por el rito del lucernario, donde se enciende el cirio pascual que simboliza la luz de Cristo resucitado en la gloria; la liturgia de la Palabra, en la que la asamblea medita sobre las maravillas realizadas por Dios por su pueblo, a través de la lectura de siete pasajes del Antiguo Testamento, una carta de Pablo y, finalmente, el Evangelio que narra el hallazgo del sepulcro vacío por parte de las mujeres; la liturgia bautismal, que consiste en la renovación de las promesas del Bautismo, mediante la renuncia a Satanás y la profesión de fe; y la liturgia eucarística, donde los miembros recién renovados por el bautismo, participan en la mesa preparada por el Señor a través de su muerte y resurrección.

En su comentario al evangelio de Lucas, el Patriarca Pizzaballa se detuvo extensamente en la valentía de las mujeres que siguen a Jesús durante su ministerio y que estuvieron físicamente presentes “no solo durante la pasión y la crucifixión, sino hasta el mismo momento de su sepultura”. Estas mismas mujeres, que el evangelista menciona por su nombre, Magdalena, Juana y María la madre de Santiago, son personas concretas “con un nombre y una misión”.  Mujeres sin cuyo coraje no habría sido posible poner en marcha el dinamismo del anuncio de la resurrección; sin ellas “los discípulos habrían permanecido encerrados en sus miedos” en el interior del Cenáculo. Un lugar, este último, “del que la Iglesia debe salir para buscar a Cristo resucitado, para aventurarse y tratar de comprender el sentido oculto en los signos de la presencia de Cristo en el mundo”.

El prelado se preguntó, por tanto, si también nosotros estamos tentados, como lo estuvieron los discípulos, a buscar a Jesús entre los muertos – “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?(Lc 24, 5) –, si también nosotros estamos tentados a suplicarle “que ponga fin a la cultura de la muerte y la destrucción, al odio y las guerras”, ante cuya realidad la alegría de la Pascua parece estar lejana. “Sin embargo”, afirmó con rotundidad el arzobispo, “Cristo es el Dios vivo” que representa “una realidad que podemos tocar”, que está “presente y activo en el mundo, allí donde la fe viva y eclesial de los discípulos lo acoge”.

Con clara referencia al relato de Lucas sobre los discípulos encerrados en el Cenáculo antes del anuncio de las mujeres, el predicador exhortó a los fieles a ver la esperanza en Cristo: “Cristo es la esperanza de aquellos que no permanecen encerrados en su propia seguridad, sino que se aventuran para encontrarlo en este mundo atribulado”. Y después concluyó: “¡dejémonos asombrar por las sorpresas que Dios nos tiene reservadas[...] vayamos juntos los primeros, como las mujeres en la mañana del domingo de Pascua, y seamos los primeros en dar la buena noticia de la esperanza en la Resurrección!”

Al final de la celebración, el Patriarca despidió a los presentes con la bendición solemne, anunciando la Pascua de Dios que en su Hijo renovó a toda la humanidad.

 

Filippo De Grazia