
Con el Jueves Santo, en Jerusalén, se inicia el Sagrado Triduo Pascual en los lugares de la Redención. Según las antiguas normas reguladas por el Status Quo, la comunidad católica de rito latino celebra por la mañana una liturgia particularmente larga e intensa, que une en una única celebración la Misa Crismal del Obispo con su clero y la Misa in Cœna Domini, que en el resto del mundo se desarrolla habitualmente por la tarde.
Esta tradición, custodiada a lo largo de los siglos, nace de la necesidad de respetar los horarios históricamente concedidos a la Iglesia latina para celebrar ante la Tumba de Cristo, en el corazón de la Basílica del Santo Sepulcro. Es en este contexto que, cada año, los frailes de la Custodia de Tierra Santa acompañan e introducen al Patriarca Latino de Jerusalén, el Cardenal Pierbattista Pizzaballa, llamado a presidir la celebración. A la entrada del Santo Sepulcro, el Presidente del lugar, Fray Giuseppe Gaffurini, lo acogió como prevé el Status Quo.
Este año, sin embargo, las circunstancias excepcionales ligadas a la guerra en curso y a las medidas de seguridad impuestas por las autoridades locales, endurecidas tras los eventos ocurridos el Domingo de Ramos, han modificado profundamente el desarrollo de la jornada. El acceso a la Basílica ha sido fuertemente limitado: solo el Patriarca y cuatro religiosos han podido entrar y participar en la celebración, uniéndose a los frailes que viven en el Santo Sepulcro y que han celebrado solo la Misa in Cœna Domini.
La Misa Crismal, que el Patriarca celebra junto a todo el clero diocesano como signo de comunión y de unidad de la Iglesia de Jerusalén, ha sido pospuesta a una fecha por determinar. Será celebrada cuando la situación en el País permita nuevamente una participación más amplia y segura. En un clima de sobriedad y oración, el Santo Sepulcro ha acogido de todos modos el inicio del Triduo: una liturgia esencial, pero profundamente significativa, que ha renovado el misterio de la Eucaristía y del amor de Cristo, en el lugar mismo de su Pasión, Muerte y Resurrección.
Otro compromiso importante para las normas del Status Quo ha sido la entrega de la llave del Santo Sepulcro al Vicario de la Custodia, Fray Ulize Zarza, por parte de las familias musulmanas que la custodian. Esto ha ocurrido a primera hora de la tarde en la sede de la Custodia en el convento de San Salvador, de hecho, los frailes tienen el derecho de conservar la llave y regular los accesos a la Basílica desde la tarde del Jueves Santo hasta la conclusión de la liturgia matutina del Viernes Santo. Los representantes de las familias custodias de la llave, el Vicario, el Secretario custodial y el responsable del Status Quo han bajado después a la Basílica para esperar la entrada de los frailes para la celebración vespertina ante la tumba.
Imposibilitadas de celebrar las grandes liturgias del Triduo Pascual en la Basílica del Santo Sepulcro, a causa de las limitaciones impuestas en estos días, las diversas comunidades religiosas presentes en Jerusalén han organizado celebraciones más recogidas en sus propias iglesias y en los lugares confiados a su cuidado. También los frailes de la Custodia de Tierra Santa, guiados por el Custodio, han elegido vivir el Sagrado Triduo en la Basílica de Getsemaní, en el lugar en que el Señor inició su Pasión con la oración y el abandono confiado al Padre.
En la tarde del Jueves Santo, a las 17.30, en un clima de silencio y profunda oración, la comunidad franciscana ha celebrado la Misa in Cœna Domini, con el rito del lavatorio de los pies, signo del amor que se hace servicio y de la humildad de Cristo, que se inclina sobre sus discípulos, como ha recordado el Custodio en su homilía.
Al término de la celebración eucarística, los frailes se han reunido para la tradicional Hora Santa, velando en oración en el recuerdo de aquella hora dramática en la que los discípulos no lograron permanecer despiertos junto al Maestro. El Custodio, Fray Francesco Ielpo, con estas palabras ha introducido el momento de oración: "Después de haber celebrado hace poco la cena del Señor, entramos ahora con Jesús en el Huerto de los Olivos.
Idealmente, en el Cenáculo, hemos vivido un momento de gran intimidad: Jesús a la mesa con los suyos, una amistad que alcanza su culmen precisamente mientras se asoma la sombra de la traición. Un amor “hasta el extremo” que se vuelve aún más verdadero y obstinado porque se consume en el contexto de la traición; un gesto, el del pan y el vino, tan grande que los discípulos no logran todavía comprenderlo hasta el fondo. Sin embargo, Jesús, precisamente en este contexto, desea estar con ellos, con sus discípulos, con sus amigos. Y ahora, en Getsemaní, lleva consigo a los tres más cercanos, los que habían estado con Él en el monte de la Transfiguración, y dirige a ellos y a nosotros esta noche una petición sencilla: “Quedaos aquí y velad conmigo.” Una petición que sorprende. ¿De verdad Jesús tiene necesidad de la compañía de los hombres? ¿Tiene necesidad de hombres como nosotros, que a menudo no comprenden, que se distraen, que se cansan, que son frágiles? ¿Tiene necesidad de hombres que de allí a poco huirán, que lo dejarán solo en el momento decisivo?
En el Huerto de los Olivos, Jesús no se presenta como un héroe solitario, un líder fuerte que no tiene necesidad de nadie, sino como un hombre que vive hasta el fondo su humanidad. Como cada hombre que, en la hora de la prueba, siente la necesidad de la cercanía de un amigo. No busca hombres que le den el consejo adecuado, no pide hombres capaces de liberarlo de la prueba, no pretende la presencia de hombres fuertes que lo protejan: pide simplemente no ser dejado solo.
Esta es quizá una de las revelaciones más sorprendentes de esta noche: Dios tiene necesidad de la compañía del hombre. Tiene necesidad de nosotros, tal como somos. Y entonces también nosotros podemos entrar en este momento sin máscaras, sin pretender ser diferentes de lo que somos. Podemos traer aquí nuestro cansancio, nuestra distracción, nuestros miedos, incluso nuestro sueño. Podemos traer un corazón que quizá no ha entendido todavía todo, pero que desea permanecer. Porque lo que cuenta, esta noche, no es entender todo, sino estar ahí. Permanecer."
Ante el misterio de la agonía de Jesús, que en Getsemaní pronunció su "sí" pleno y obediente a la voluntad del Padre, la comunidad ha confiado al Señor la Tierra Santa y a todos aquellos que sufren a causa de la guerra, invocando el don de la paz.
Fray Alberto Joan Pari
