
El domingo 24 de mayo, en un clima de recogimiento y de oración, marcado por la ausencia de peregrinos pero también por una frágil tregua en el contexto regional, la Custodia de Tierra Santa celebró la Solemnidad de Pentecostés en los lugares que custodian la memoria viva del nacimiento de la Iglesia.
Las celebraciones comenzaron el sábado por la tarde, en la iglesia de San Salvador, con los solemnes Primeros Vísperas, presididos por el Vicario custodial, Fray Ulise Zarza. Un momento que introdujo a los fieles en el misterio de Pentecostés, corazón de la vida de la Iglesia.
A continuación, en la misma iglesia, tuvo lugar la Vigilia de Pentecostés presidida por el Custodio de Tierra Santa, Fray Francesco Ielpo. Las lecturas bíblicas recorrieron la historia de la salvación como historia de la acción del Espíritu Santo.
En su homilía, el Custodio recordó el contraste entre Babel y Pentecostés: "Babel regresa cada vez que el centro somos nosotros mismos, nuestro poder, nuestro interés… Pentecostés, en cambio, es lo contrario de Babel… el Espíritu crea comunión sin anular la diversidad."
En un contexto marcado por divisiones e incomprensiones, el Custodio subrayó con fuerza la actualidad de este mensaje precisamente para la Tierra Santa: "No estamos llamados a alimentar nuevas 'Babeles'… estamos llamados a invocar y testimoniar el don del Espíritu, que solo puede crear una humanidad nueva."
Al amanecer del día de Pentecostés, el Custodio y algunos frailes se dirigieron al Monte Sión, en el Cenáculo, lugar de la Última Cena y de la venida del Espíritu Santo sobre María y los Apóstoles, para la celebración de la Santa Misa. En este lugar tan cargado de memoria, Fray Francesco recordó cómo el Espíritu está en el origen de una nueva creación: "El Espíritu Santo es el principio de una humanidad nueva… transforma a ese grupo frágil en una comunidad viva, libre y misionera." Además, invitó a redescubrir el papel esencial del Espíritu en la vida cristiana: "No es un añadido decorativo… es el alma misma de la Iglesia… Aquel que hace posible lo que humanamente parece imposible."
Por la tarde, también en el Cenáculo, se reunieron diversas comunidades religiosas junto con los frailes de la Custodia y los fieles locales para la celebración de las Segundas Vísperas, que concluyeron las celebraciones. Un momento particularmente sugerente se caracterizó por el encendido de numerosas pequeñas velas, memoria de las lenguas de fuego que se posaron sobre los Apóstoles, y por la proclamación del Padre Nuestro en diferentes idiomas, signo visible de la unidad en la diversidad.
En la homilía, el Custodio recordó el significado profundo de este lugar: "Aquí, una comunidad cerrada y temerosa se convirtió en una Iglesia abierta al mundo… el Espíritu no elimina las diferencias… pero crea comunión en la diversidad."
Y además, mirando a la realidad de la Tierra Santa, subrayó la misión de la Iglesia: ser signo de unidad, reconciliación y comunión, en una tierra marcada por divisiones y miedos. Las celebraciones de este año se desarrollaron sin la presencia de peregrinos, debido a la incertidumbre ligada a la situación geopolítica, a pesar de un momento de tregua en los conflictos con Líbano e Irán. Sin embargo, precisamente en este contexto, la oración se hizo aún más intensa y universal.
Desde el Cenáculo, lugar del nacimiento de la Iglesia, resonó una vez más la invocación: "Envías tu Espíritu, Señor, y renuevas la faz de la tierra."
Fray Alberto Joan Pari
