Historias de piedras vivas: Dawud Hazboun, el sacristán de Belén

“En lo más profundo de mi alma siempre sentí la necesidad de dedicar mi vida a Dios, orando y sirviendo junto a los frailes franciscanos en la gruta de la Natividad, donde nació Jesús”.

En Belén, en la basílica de la Natividad, nos encontramos con Dawud Hazboun, de 92 años, originario del lugar. Su historia, profundamente entrelazada con la realidad franciscana de Belén, es un testimonio de fe profunda y de amor por el carisma franciscano.

Desde niño participaba activamente en la comunidad católica de la iglesia de Santa Catalina de Belén, ayudando en misa como monaguillo. En 1950, ya adulto, ingresó en la Tercera Orden franciscana y desde entonces dedica su tiempo a servir en la basílica de la Natividad. Durante más de once años fue sacristán en la iglesia franciscana y desde 2005 es el encargado de la gruta de la Natividad, de hacer respetar los derechos de la Iglesia latina previstos por el Status Quo y de asistir a los peregrinos.

La Tercera Orden y su vínculo con los franciscanos

Desde su infancia, Dawud se sintió atraído por la espiritualidad franciscana. “De pequeño – nos cuenta – alimentaba el deseo de entrar en un convento con los frailes franciscanos, pero mi padre no apoyó mi decisión.  Sin embargo, la vocación permanecía en mi corazón y por eso decidí consagrarme como laico en la Tercera Orden franciscana (actualmente Orden Franciscana Seglar)”.

Su servicio en la iglesia de la Natividad estuvo marcado por la cercanía con los frailes. El guardián de la época reconoce la dedicación y la fe de Dawud y le confía la tarea de sacristán en la gruta de la Natividad. “Reservaba las misas para los peregrinos, me ocupaba de preparar las celebraciones litúrgicas, casi como si fuera un fraile” explica Dawud con humildad.

Una vida dedicada a la oración

Además del servicio litúrgico, Dawud también es cantor en la Tercera Orden y dirige momentos de oración comunitaria, entre ellos la procesión y el rezo del tedeum que se celebra en la basílica de Belén una vez al mes. La oración siempre fue el centro de su vida. “Me despierto a las dos de la mañana para rezar el oficio de lecturas y después voy a la gruta para ayudar a los frailes. La oración llena mi espíritu y me da alegría. Mucha gente me pide que rece por ellos y yo me todo este compromiso muy en serio. La oración es un signo de esperanza, he visto con mis propios ojos que siempre ha dado buenos frutos”.

Vivir el carisma franciscano en la familia

Dawud vive el amor por la fe cristiana y el carisma franciscano incluso dentro de las paredes de su hogar. Junto con su mujer, ha criado en la fe a cinco hijos, permitiéndoles asistir a las escuelas franciscanas y guiándolos en la oración diaria en familia. “Siempre he intentado dar buen ejemplo en casa, rezando con ellos el oficio de lecturas y enseñándoles el amor por el don de la redención que Cristo nos ha ofrecido”.

Actualmente sus hijos viven lejos, emigraron después de sus estudios, pero la educación que Dawud les dejó sigue siendo un punto de referencia sólido e importante para sus vidas.

Un camino de fe y servicio con los franciscanos

A lo largo de su vida, Dawud conoció y convivió con muchos frailes franciscanos. De ellos, afirma, aprendió a confiar en la Providencia. “Cuando experimenté la pobreza en mi vida, no tuve miedo, porque confiaba en Dios, tal como me habían enseñado los frailes”.

La Tercera Orden franciscana, de la que Dawud fue también responsable durante muchos años, desempeña un papel activo en la comunidad local. Organiza retiros espirituales, visitas a familias y momentos de evangelización. Cada año, con motivo de la festividad de San Francisco, sus miembros renuevan su consagración, dando testimonio de su fidelidad al carisma del pobrecillo de Asís.

Hoy, a pesar de su edad, Dawud continúa su servicio movido por el mismo entusiasmo que antes, consciente de la importancia de la misión franciscana en Tierra Santa. Con su servicio humilde y devoto, Dawud Hazboun encarna el espíritu franciscano, testimonio incansable de fe y esperanza.

Lucia Borgato

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