Al despuntar el alba, cuando el velo de la noche aún acariciaba las piedras antiguas de la Ciudad Santa, se elevó intensa la voz del Custodio de Tierra Santa, fray Francesco IELPO. En una homilía profundamente sentida, pronunciada con ocasión de la solemnidad de Santa María de los Ángeles, supo entrelazar espiritualidad y actualidad con conmovedora lucidez.
A las 7:00 de la mañana, en el corazón de la celebración litúrgica —concelebrada y transmitida en directo por el Christian Media Center—, la Palabra se encontró con la vida, la memoria se hizo presente y la gracia iluminó el camino del discernimiento.
El padre Francesco acogió, con asombro y gratitud, la significativa coincidencia entre esta luminosa memoria franciscana y la conclusión del Capítulo Custodial 2025. No un hecho casual, subrayó, sino un signo, un susurro discreto de Dios, que invita a ser leído con ojos de fe y corazón vigilante. Una invitación a reconocer en la armonía de las fechas una caricia de la Providencia, que acompaña, anima y consuela nuestra vocación de Hermanos Menores en Tierra Santa, tierra del Verbo hecho carne.
La homilía se articuló en torno a tres palabras —tres estrellas en el firmamento de esta solemnidad: perdón, presencia y deseo.

El perdón, fuente inagotable que brota de la Porciúncula, donde el corazón del Pobrecillo se abrió a la misericordia sin límites. “Dios – recordó el Custodio – nunca se cansa de perdonarnos; somos nosotros quienes, a veces, nos cansamos de pedir perdón”. En la vida fraterna, marcada por la cercanía y los límites humanos, el perdón mutuo es savia vital, bálsamo que sana, puente que reconstruye. Allí se revela la verdad más profunda del Evangelio: somos pecadores amados, llamados a vivir la misericordia.
La presencia, que no abandona. Resonó en el corazón de la asamblea el recuerdo emocionado del fr. Frédéric Manns, quien señalaba cómo el anuncio “El Señor está contigo”, en el Antiguo Testamento, siempre está vinculado a una llamada. Así también hoy, afirmó el Custodio: “Dios no nos deja solos en la misión”. Él camina con nosotros, nos precede, nos acompaña y nos sostiene, incluso en la oscuridad de las pruebas y en los desiertos del cansancio.
El deseo, finalmente, como fuego interior. Jesús mismo preguntó a san Francisco, tras la prueba de la tentación y la desnudez del alma: “¿Qué deseas para la salvación de las almas?” Una pregunta que hoy también nos alcanza, a través del tiempo y las circunstancias, y nos interpela en lo profundo: ¿Qué deseamos realmente? ¿Cuál es nuestro deseo último, la sed que impulsa nuestro caminar?
A las 9:00, en la última mañana de los trabajos capitulares, la asamblea se reunió nuevamente para la presentación y aprobación del documento final, los votos y las decisiones, acompañados de una reflexión general sobre el camino intenso y compartido de estos días. Tras las votaciones, los frailes se reunieron para la tradicional foto de grupo, preludio del mensaje final, las últimas deliberaciones y la evaluación del Capítulo.
En las palabras conclusivas del Visitador General, fr. Alojzy WAROT, resonó la invitación a vivir las nuevas etapas del camino custodial con humildad, obediencia y amor al Señor. Una bendición y un mandato para el próximo sexenio, en el corazón del Año Jubilar de la Esperanza, que la Iglesia nos ofrece como tiempo de gracia.

El Capítulo se cerró con la mirada puesta hacia adelante. Los frailes, reunidos en discernimiento comunitario, reconocieron que estos días compartidos fueron ocasión de crecimiento, de diálogo y también de confirmación. Se percibe el deseo de avanzar, superando lo que obstaculiza la vida religiosa, con coraje y esperanza.
El Custodio de Tierra Santa concluyó con una reflexión personal, sincera y vibrante. Cada Capítulo —recordó— tiene dos dimensiones: la revisión del camino recorrido y el discernimiento del camino por venir. El nuestro es un peregrinaje en la esperanza: un camino que atraviesa desiertos interiores, pero que finalmente conduce a la fuente que sacia la sed, a la cascada de la Gracia que renueva.
Con la oración guiada por fr. Rodrigo MACHADO SOARES, ceremoniero custodial, se selló este tiempo de escucha y comunión.
¡Sea todo para gloria de Dios y nuestra salvación!
