Queridos hermanos y hermanas, El Señor les dé su Paz.
Soy Fray Sérgio, estudiante del Studium Biblicum Franciscanum, y les hablo desde el Convento de San Salvador, en Jerusalén.
Como en el Evangelio de ayer, también hoy nos encontramos en el Templo, con ocasión de la fiesta de las Tiendas. Después de haberse presentado como el enviado del Padre, cfr. Jn 7,28,29, y de manera particular como fuente de agua viva, cfr. Jn 7,37,38, el pasaje de hoy nos muestra las reacciones que las palabras de Jesús suscitaron entre las personas presentes.
Algunos entre la multitud ven en Jesús al profeta anunciado, comparándolo con Moisés que en el desierto hizo brotar agua de la roca, cfr. Ex 17,1,7. Otros creen que es el Mesías esperado, pero otros ponen en duda su descendencia davídica. La tensión crece, la división entre las personas se agudiza, hasta llegar a la persecución, pero la hora de Jesús aún no había llegado, cfr. Jn 7,8. Los guardias enviados por los sacerdotes y los fariseos quedan impresionados por las palabras de Jesús y no logran arrestarlo, los jefes religiosos, en cambio, maldicen a la multitud y se burlan de sus orígenes, reduciendo la identidad de Jesús a su procedencia galilea y argumentando mediante la Ley. Solo Nicodemo, que había encontrado a Jesús de noche, cfr. Jn 3, encuentra el valor, esta vez a la luz del día, de llamar a todos a la justicia y al respeto de la Ley.
La reacción de la multitud, la obstinación de los fariseos y la posición de Nicodemo nos ponen frente al dilema de la identidad de Jesús y al desafío de acogerlo como nuestro Señor y Salvador. Podemos interrogarnos sobre nuestra condición de vida, quizás estamos acostumbrados a profesar la fe con palabras, o a limitar nuestro conocimiento a categorías doctrinales, o quizás en cambio vivimos nuestra práctica religiosa. Pero qué significa realmente tener a Jesús como Señor de nuestra vida y como el Mesías que nos salva? Nos conformamos con manifestarlo solo exteriormente o dejamos que Él transforme profundamente nuestra existencia? Prestemos atención, aquellos fariseos no pudieron reconocer a Jesús como el Mesías a causa de su manera de usar la Ley y de sus prejuicios religiosos. Por eso podemos decir que una fe que no transforma la vida es vana y falsa. Además, también nosotros muchas veces estamos inmersos en los desafíos de la vida cotidiana, con sus conflictos internos y externos, confrontados con la fragilidad del mundo, de la sociedad y de nosotros mismos, caemos en la tentación de buscar un Mesías según nuestros propios criterios, nuestras propias medidas y nuestras propias necesidades. Pero cuando no lo encontramos, cuando Jesús no corresponde a nuestras expectativas, nos cuesta seguirlo plenamente, hasta el Calvario.
Pensemos en San Francisco, cuyo centenario de la muerte celebramos este año. En el momento decisivo de su paso de esta vida a la casa del Padre, Francisco eligió morir alabando a Dios y a todas sus criaturas. Estaba inmerso en la Pasión de Jesús, bendecía a sus hermanos. Pero no fue solo una despedida, era el cumplimiento natural de cómo había vivido los últimos veinte años de su vida. Francisco recorrió su camino siguiendo a Jesús, se dejó modelar por Él, y puso a Cristo en el centro, haciéndolo el corazón palpitante de su historia, de su vocación y de su misión.
En la Cuaresma, estamos llamados a morir a muchas cosas que nos alejan de Dios, a morir al pecado, para que podamos experimentar la vida nueva del Resucitado. Para ello, no basta una expresión religiosa simplemente exterior, sino que es necesaria una fe auténtica que crece y se manifiesta en la relación personal y personalizante con Jesús. No basta permanecer en una multitud anónima e insignificante. No basta refugiarse en la rigidez de la ley y de la doctrina. Se necesita algo más, ese "más" que nos abre los ojos para ver la vida como don y la muerte como hermana. Hermano y hermana, quién es Jesús para ti?
Paz y bien desde la Tierra Santa.