12 de marzo de 2026 - Tercer Jueves de Cuaresma - fray Emanuele Gelmi

Evangelio del día meditado por el fray Emanuele Gelmi, Convento de Asís

12 Mar 2026

12 de marzo de 2026
III Jueves de Cuaresma
Fray Emanuele Gelmi

El Señor os dé la paz. Soy el P. Emanuele Gelmi, fraile menor de la Porciúncula. Jesús está decididamente en camino hacia Jerusalén.
En este viaje se encuentra con su pueblo, realiza acciones, narra su encuentro con el Padre y proclama el Evangelio del Reino. Hace poco, Jesús multiplicó los panes y los peces, símbolo de la Eucaristía. Se transfiguró ante algunos de sus discípulos, mostrando su gloria, el hecho de que es el Hijo de Dios.

Y recientemente confió a sus discípulos la oración del "Padre nuestro". En esta oración sencilla e íntima, Jesús nos muestra cómo entrar en relación con el Padre, llamándole Papá, Abba.

Esta relación profunda, sencilla, íntima, verdadera, nos muestra verdaderamente el rostro de Dios. No un Dios que juzga, un Dios malo, un Dios que nos controla o que quiere nuestro mal, sino un Dios benévolo, que siempre quiere nuestro bien, que nos apoya, que nos muestra el camino.

Esta oración es la mejor manera de entrar en relación con Dios Padre y de obtener su Espíritu Santo. El Espíritu Santo es lo contrario del espíritu del demonio. El espíritu del demonio nos hace sordos a la palabra de Dios y, por tanto, también mudos, como la persona con la que se encuentra Jesús en el Evangelio de hoy.

Es la única manera de curarse y de escuchar la voz de Dios por medio de Jesucristo y de su Espíritu. ¿Cómo podemos, pues, escuchar la palabra del Señor Jesús? La única manera es abrir nuestro corazón a su presencia. Demasiado a menudo nuestro corazón es un corazón endurecido, y lo único que endurece nuestro corazón es el pecado.

El pecado es la negación de Dios, es algo que bloquea nuestra vida, que hace que nuestro corazón sea como una piedra, incapaz de latir y, por tanto, incapaz de hacernos vivir. Debemos redescubrir el asombro de aquella muchedumbre que hoy vemos en el Evangelio. La multitud está asombrada por la acción de Jesús, quiere encontrarse con Él.

Ciertamente, tal vez quiere encontrarse con Él porque hace muchos milagros, tal vez tiene cosas que pedirle. Sin embargo, tiene un corazón abierto, ciertamente imperfecto, pecador, pero abierto. Y esto crea un puente entre ellos y el Señor Jesús.

Y ahí el Espíritu de Dios puede actuar, puede entrar en la vida de esas personas para ayudarlas. La única alternativa es precisamente escuchar al Señor Jesús. Si la multitud tenía un corazón imperfecto pero abierto, los fariseos, los escribas que ponen a prueba a Jesús tienen en cambio un corazón cerrado.

Lo tienen cerrado porque se creen autosuficientes, piensan que lo han entendido todo sobre Dios y que, por tanto, nadie más puede añadir nada a su comprensión de Dios. Con este corazón cerrado, con este corazón duro, el Señor no puede obrar.

Por eso, la primera acción es reconocer que necesitamos a Dios, abrir nuestro corazón, convertirnos. Precisamente la invitación de esta Cuaresma. De lo contrario, si no escuchamos la voz de Dios, confundimos su presencia con la presencia del demonio.

Y entonces desacreditamos al Señor, le acusamos de ser el demonio, el diablo que nos engaña. Y así blasfemamos contra el Espíritu Santo porque lo confundimos con el espíritu del mundo, con el espíritu del maligno.

Debemos poner claridad en nuestro corazón, debemos purificarnos. He aquí la invitación de esta Cuaresma. "Convertíos".

Vayamos pues muy sencillamente a confesarnos, reconociéndonos pecadores y necesitados de Dios. Pidamos al Señor: "perdóname, estoy aquí ante ti, te necesito".

No puedo vivir solo. No hay término medio, no podemos tener el pie en dos zapatos. Por eso Jesús, al final de este Evangelio, dice: o estás conmigo o estás contra mí.

Francisco lo entendió muy bien. Después de una vida vivida en la comodidad, más de veinte años, en los que fue llamado el rey de las fiestas, San Francisco de Asís decide con gran humildad cambiar de camino. Lo hace a raíz de algunos encuentros con los leprosos, con el crucifijo de San Damián.

Ya no seguirá el espíritu del mundo, sino el Espíritu Santo de Dios. Así pues, la invitación para esta Cuaresma es precisamente ésta. Sigamos al Señor Jesús abriendo nuestro corazón a la acción de su Espíritu.

Nuestra vida se transformará para bien, haciéndonos vivir intensamente el bien. Y así, paz y bien desde la tierra de Francisco.

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