
En el día dedicado a la memoria de San Simeón y San Cleofás, los frailes de la Custodia de Tierra Santa se dieron cita en el Convento de San Cleofás en Emaús (El-Qubeibeh). En esta aldea situada a unos 11 kilómetros al noroeste de Jerusalén, más allá del muro de separación que rodea Cisjordania, la liturgia dominical del 27 de septiembre transformó el recuerdo evangélico en un testimonio vivo de fe y comunión fraterna.
Los frailes franciscanos, acogidos por el Superior de la comunidad local, Fray Sebastiano Eclimes, y por los fieles del lugar, compartieron un momento de festiva convivencia, renovando la gracia de la hospitalidad en nombre de los dos discípulos del Evangelio.
El-Qubeibeh, cuyo nombre árabe evoca la imagen de una pequeña cúpula, custodia para la tradición cristiana la memoria de la antigua Emaús, la aldea hacia la que se encaminaron los dos discípulos Cleofás y Simeón tras los acontecimientos de la Pasión. Aquí, donde en otro tiempo discurría la calzada romana, se conservan hoy los cimientos de la basílica de época cruzada y los restos de la vivienda venerada como la “casa de Cleofás”. Adquirido en 1861 por la marquesa Paulina de Nicolay y donado a los frailes menores, el santuario se erige hoy en el seno de una comunidad de mayoría musulmana, configurándose como un signo tangible de diálogo y de presencia cristiana en el corazón de los Territorios Palestinos.
El corazón de la jornada se abrió con las palabras del Custodio de Tierra Santa, Fray Francesco Ielpo, quien en su mensaje de saludo ofreció una meditación sobre la icono evangélica de los caminantes: “la oración nos recuerda ante todo que Jesús resucitado se pone a conversar con Cleofás y Simeón a lo largo del camino. El Resucitado los alcanza, a lo largo del camino, mientras van en la dirección equivocada, mientras se alejan de Jerusalén y de la comunidad, decepcionados y sin esperanza. Dios entra precisamente dentro de ese camino.”
Una imagen que toca a cada creyente marcado por el desencanto: ante el colapso de las expectativas humanas no es el hombre quien busca al Salvador, sino el mismo Cristo quien toma la iniciativa, poniéndose al lado de las soledades y del dolor de quien camina a tientas en la oscuridad. Así el gesto eucarístico de partir el pan vuelve a encender la esperanza y recompone la comunidad herida.
Para la Iglesia universal, la celebración de El-Qubeibeh se renueva así como un anuncio de consolación: incluso cuando la noche se vuelve más densa, Jesús resucitado no cesa de caminar al lado de sus hijos, iluminando las tinieblas a través del gesto del pan partido.
Riccardo Curti
