
En el corazón de la Ciudad Vieja de Jerusalén, los frailes de la Custodia de Tierra Santa se reunieron la mañana del martes 8 de septiembre en la Basílica de Santa Ana para celebrar la Natividad de la Bienaventurada Virgen María.
La iglesia se levanta en uno de los lugares más simbólicos del paso terrenal de Jesucristo. A su lado está la Piscina de Betsaida, allí donde el Evangelio de Juan narra la curación del paralítico por parte del Señor. Mientras que la iglesia está construida en el sitio que recuerda una antigua tradición vinculada al Protoevangelio de Santiago, y donde se cree que estaba la casa de Ana y Joaquín, los padres de la Virgen, y por lo tanto Su casa natal. Construida en el siglo XII, la basílica es uno de los ejemplos más importantes de la arquitectura cruzada en Jerusalén. La Custodia conserva desde hace siglos el derecho de celebrar aquí la fiesta de la natividad de María. Fiesta que hoy se ha visto enriquecida también por la presencia del vicecónsul general adjunto de Francia en Jerusalén, Romain Le Floc'h. Ya que la basílica, además de ser la “casa” de los Padres Blancos en la Ciudad Santa, es también parte integrante del Dominio nacional francés en Tierra Santa.
La celebración, que comenzó con la procesión de los frailes y de los misioneros de África hasta el altar, fue presidida por Fray Stéphane Milovitch. En la homilía, frente a los fieles reunidos, el padre recordó la secular presencia de los Frailes Menores: “Desde hace siglos, desafiando las vicisitudes de la historia, los hijos de San Francisco han permanecido como los fieles custodios de los Santos Lugares”. Este vínculo indisoluble entre la Orden y la Tierra Santa, simbolizado precisamente por la Custodia, fue recordado en varias ocasiones por Milovitch, quien subrayó la importancia de no olvidar el lugar en el que se celebra la fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen. Este día tan importante para la Iglesia no puede, de hecho, conmemorarse “haciendo abstracción del mundo que nos rodea”. Y en la homilía, el fraile reiteró que la misión de la Iglesia debe ser la de recordar “la dignidad inalienable de cada persona humana”. Un objetivo que debe alcanzarse con “el coraje de la esperanza”. Y por ello, se invocó la dulzura de la Virgen María para ser “verdaderos artesanos de justicia, de fraternidad y de paz”.
Al término de la celebración, los frailes, junto con los miembros de la Congregación y los fieles, se dirigieron luego a la cripta: el lugar de la memoria del nacimiento de María. Un momento íntimo y emotivo, marcado por la letanía elevada por el coro. Un gesto de gratitud hacia Aquella que aceptó la voluntad de Dios y dio al mundo el Redentor.
Lorenzo Vita
