
Jerusalén ha acompañado una vez más el camino cuaresmal de la Custodia de Tierra Santa con sus tradicionales Misas estacionales, vividas como las últimas e intensas etapas de preparación a los grandes misterios del Triduo pascual. Tres celebraciones, en tres lugares emblemáticos de la Pasión y de la entrada mesiánica de Jesús, han marcado los días inmediatamente anteriores a la Semana Santa, invitando a los frailes y a los fieles a contemplar el misterio de la realeza de Cristo, el dolor redentor de la Cruz y la paz anunciada por el Rey humilde.
La primera celebración se llevó a cabo la tarde del jueves, 26 de marzo, en la Iglesia de la Flagelación, presidida por Fray Claudio Bottini, profesor emérito del Studium Biblicum, en el lugar del Litostrotos, donde la tradición sitúa el juicio de Jesús ante Pilato.
En este contexto fuertemente evocador, la reflexión ha puesto en el centro la figura de Cristo como Rey, pero de una realeza completamente diferente de la mundana. El predicador, Fray Piermarco Luciano, Discreto de Tierra Santa, ha recordado cómo el proceso ante el procurador romano estuvo marcado por una lógica política y de compromiso: Pilato intenta resolver la cuestión con el "sentido común", esperando que baste un Jesús flagelado para aplacar a la multitud, pero termina por entregarlo a la crucifixión, temiendo de lo contrario parecer enemigo de César.
La realeza de Jesús, sin embargo, no es nunca una caricatura ni una simple provocación: "Su reino no es de este mundo", y precisamente por esto su autoridad "proviene de Otro lugar". Una realeza que se manifiesta en el servicio: Cristo "está en medio de los suyos como el que sirve", y su potencia regal se revela en el don total de la vida. En el gesto del lavatorio de los pies, recordó en la homilía, se resume toda la misión del Hijo: deponer las vestiduras como deponer la vida, y recuperarlas como signo de la resurrección y de la libertad soberana del Señor.
La segunda Misa estacional se celebró en la mañana del viernes, 27 de marzo, en el Calvario, en la Basílica del Santo Sepulcro. La liturgia, presidida por el Vicario del Custodio Fray Ulise Zarza, se desarrolló en un clima particularmente recogido: a causa de las normas de seguridad impuestas por la guerra, la participación fue limitada a los frailes que viven en la basílica y la celebración tuvo lugar a puerta cerrada.
En el silencio del Gólgota, la Custodio ha hecho memoria de la Bienaventurada Virgen María Dolorosa, contemplándola como Madre y discípula, presente hasta la Cruz. La homilía ha conducido a los presentes dentro del misterio de la profecía de Simeón, cuando en el Templo anuncia que el Niño será "signo de contradicción" y que una espada traspasará el alma de la Madre.
El predicador ha subrayado cómo esa "espada" no es solamente anuncio de dolor, sino revelación de un camino de fe: María es llamada a creer más allá de toda evidencia, a esperar contra toda esperanza. Su dolor no se convierte en clausura o desesperación, sino en espera, porque incluso en el Calvario ella custodia ya "la frágil llama de la aurora de la resurrección".
La figura de María ha sido además propuesta como imagen de la Iglesia perseguida: la espada que traspasa a la Madre es la misma que hiere a los miembros de la Iglesia cuando esta sufre por el nombre de Jesús. En este tiempo marcado por la violencia y la guerra, la oración elevada desde el Calvario se ha convertido en intercesión por los perseguidos, por las víctimas de la injusticia y por todos aquellos que llevan en el cuerpo y en el espíritu el peso del sufrimiento.
La última Misa estacional se realizó en la mañana del sábado, 28 de marzo, en el santuario de Betfagé, lugar ligado a la entrada de Jesús en Jerusalén, en la procesión del domingo anterior a la Pasión.
Aquí la liturgia, presidida por el Secretario de Tierra Santa, Fray Alberto Joan Pari, ante la presencia de pocos concelebrantes, ha invitado a contemplar al Mesías anunciado por el profeta Zacarías: un Rey "justo y humilde", que entra en la Ciudad Santa no con la fuerza de las armas, sino con la mansedumbre de quien cumple la voluntad del Padre. La justicia bíblica, ha sido recordado por el predicador Fray Piermarco Luciano, no coincide con una simple rectitud moral, sino que es ante todo la búsqueda y la adhesión a la voluntad de Dios. Cristo es el Justo porque puede decir: "He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado".
De esta obediencia nace la humildad radical del Hijo, que se "vacía" haciéndose siervo. Una humildad que continúa renovándose en el misterio de la Eucaristía: el Señor se dona totalmente y pide a sus discípulos no retener nada para sí, como escribe San Francisco: "Mirad, hermanos, la humildad de Dios… Nada, pues, de vosotros retengáis para vosotros".
Finalmente, la homilía ha puesto el acento sobre el tercer aspecto del Rey mesiánico: anunciador de paz. Una paz que no es sentimiento superficial, sino don de Dios y tarea confiada a quien quiere seguir a Cristo. Es una paz que tiene un precio: requiere conversión, perdón, paciencia y renuncia a la codicia. Y precisamente en este tiempo herido por la guerra, la invitación a convertirse en "operadores de paz" ha resonado con particular fuerza, como llamada a asemejarse al Hijo de Dios.
En un contexto marcado por la incertidumbre y por las limitaciones impuestas por la guerra, la oración de la Iglesia en los Lugares Santos se ha hecho una vez más testimonio silencioso pero elocuente: aquí, donde la salvación fue cumplida, los frailes franciscanos continúan custodiando la memoria viva de la Pasión, de la muerte y de la resurrección del Señor.
Fray Alberto Joan Pari
