Pascua en el Santo Sepulcro, donde Cristo resucitó

También este año el anuncio de la Resurrección comenzó en Jerusalén para extenderse al mundo entero.  El Santo Sepulcro fue el primer lugar en el mundo donde se celebró la Vigilia Pascual, aunque en ausencia de fieles.  Según la tradición preconciliar, que se mantiene por Status Quo, el administrador apostólico del Patriarcado Latino de Jerusalén presidió a las 8 de la mañana la liturgia de la Vigilia, considerada “la madre de todas las Santas Vigilias”.  Todo empezó con el rito del “lucernario”, con el encendido de las velas desde el cirio pascual, fuego que simboliza la Resurrección de Jesucristo, que ilumina las tinieblas del pecado.

Después, se proclamaron siete lecturas del Viejo Testamento y dos del Nuevo Testamento: en ellas la Iglesia medita sobre las maravillas que el Señor ha realizado por su pueblo y confía en su promesa. En el momento del “Gloria” sonaron con fuerza las campanas y el órgano: la Buena Noticia de la Resurrección de Jesús para la salvación del mundo se proclamó ante el Sepulcro vacío, lugar de la Resurrección. Durante la celebración también se renovaron las promesas bautismales, antes de la aspersión con el agua bendita mediante la inmersión del cirio pascual.

 “Queridos hermanos y hermanas, por extraño que parezca, la experiencia que estamos viviendo estos días es la más cercana a la de la Pascua y al signo, siempre querido y poderoso, del Santo Sepulcro de Cristo en el que celebramos”, dijo en la homilía monseñor Pizzaballa. Este vacío de ritos, vacío de rostros, vacío de presencias, vacío de contacto que todos estamos viviendo debido a las restricciones sanitarias, está provocando miedo, desconcierto y consternación.  “¿No se sentían así las mujeres aquel amanecer de la primera Pascua? – continuaba el obispo –. ¿No eran estos los sentimientos de los discípulos tras el dolor del Viernes Santo y el silencio del sábado? ¿No era su drama similar al que nosotros estamos viviendo?”. Sin embargo, según Pizzaballa, la alegría de la Pascua consiste precisamente en una nueva capacidad para mirar el vacío, para dialogar con el dolor. “Por eso aquí, hoy, para mí, para vosotros, para nuestra diócesis, para la Iglesia y para el mundo quiero pedir al Señor una mirada pascual, una nueva visión para responder mejor a Aquel que no deja de repetirnos: Venid y veréis”.

El día siguiente, domingo, tuvo lugar la misa de Pascua delante del edículo del Santo Sepulcro, en presencia de los frailes de la comunidad del Santo Sepulcro y presidida por monseñor Pizzaballa. Tras la Eucaristía, se proclamó la alegría de la Pascua en cuatro puntos distintos alrededor del sepulcro vacío de Cristo, que se corresponden con los cuatro puntos cardinales. Un símbolo importante de cómo el anuncio de la Resurrección llega a todos los lugares de la Tierra. Después, la Palabra de Dios se llevó en procesión solemne alrededor del edículo y a la Piedra de la Unción. 

 

Entre todas las ausencias que tenemos que vivir en este tiempo de pandemia, monseñor Pizzaballa se refirió en su homilía a una en especial: la ausencia de la posibilidad de celebrar la salvación. “No poder celebrar la salvación durante este Triduo Santo, en este contexto de miedo e incertidumbre, nos hace aún más conscientes de nuestra fragilidad y de nuestros límites – continuó el obispo – (…) Pero, en este momento de grandes dificultades y de soledad, quizá sentimos más nuestras las palabras de Marta dirigidas a Jesús: « Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.» (Jn 11,21).  ¡Cómo nos pesa esta soledad, qué difícil es dejarnos guiar por Él por estos senderos desconocidos! Pues bien, nosotros aquí y ahora, frente a esta tumba vacía, queremos gritar: Señor, tú no nos has abandonado en brazos de la muerte. La tumba está vacía. Ya no estás encerrado en el sepulcro porque sabemos que Tú, Señor, estás vivo y estás aquí con nosotros. Tu amor nos sostiene, ilumina nuestras vidas y conforta nuestras frágiles esperanzas”.

La homilía de Pascua de monseñor Pizzaballa en el Santo Sepulcro concluyó explicando que la fe no anula el carácter dramático de la existencia, pero puede abrirnos los ojos y el corazón a una perspectiva de salvación, de vida eterna, de alegría.  “Eso es lo que celebramos el día de Pascua y es lo que queremos celebrar con la vida. ¡Que el Sepulcro abierto de Cristo, por tanto, abra también nuestros sepulcros!”.


 

Beatrice Guarrera