
El Lunes Santo en Tierra Santa, celebrado en Betania, se configura desde hace siglos como uno de los momentos más sentidos de la Semana Santa.
Aquí, seis días antes de la Pascua, la liturgia cristiana revive el gesto con el que María de Betania derramó el precioso aceite de nardo sobre los pies de Jesús, secándolos con sus cabellos, llenando toda la casa con el perfume del ungüento sagrado (cf. Jn 12,1,3).
Este episodio, de amor gratuito, silencioso y profundo, está en el centro de la celebración del Lunes Santo, que anticipa y prepara la liturgia de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
En Betania, en la iglesia de San Lázaro, los frailes de la Custodia de Tierra Santa celebraron también este año el rito de la bendición de los aceites perfumados que luego serán utilizados en la procesión eucarística del Viernes Santo y en las parroquias de Jerusalén.
Estos aceites evocan, además del gesto realizado por María al Cristo vivo, la unción de su cuerpo para la sepultura por parte de José de Arimatea y Nicodemo, y la mañana de Pascua, cuando las mujeres llevan aceites y aromas al sepulcro vacío.
La celebración litúrgica de 2026 se desarrolló en un contexto marcado por restricciones a la vida pública y a las asambleas de fieles debido a la guerra en curso.
Las autoridades eclesiásticas y religiosas tuvieron que suspender o limitar muchas de las procesiones tradicionales y encuentros comunitarios, proponiendo celebraciones en forma más recogida y transmitidas también a través de los medios para llegar a los fieles imposibilitados de participar.
Esta situación hizo aún más evidente cómo la liturgia no es un simple rito, sino una profunda experiencia de fe y de esperanza que supera las dificultades.
En la pobreza de las presencias, en la sobriedad de las asambleas y en las oraciones ofrecidas por la paz, la comunidad cristiana de Betania quiso encarnar el significado del Lunes Santo, perfume de vida y gratuidad.
En su primera celebración en Betania como Custodio de Tierra Santa, Fray Francesco Ielpo expresó su emoción al rezar en el lugar de la casa de los amigos de Jesús, la casa donde el Maestro se sentía acogido y protegido.
El Custodio tomó precisamente el gesto evangélico de María para reflexionar sobre el valor profundo del amor gratuito, en un tiempo en el que la injusticia y el conflicto pueden llenar los corazones de miedo y resentimiento.
El perfume de nardo no es un simple aroma, sino un signo de vida que vence a la muerte y de amor que se difunde silenciosamente.
En su homilía, el Custodio subrayó la idea de que el amor verdadero no mide, no calcula, el amor verdadero, cuando es auténtico, siempre parece un poco "derrochado", como el amor de una madre por su hijo, un amor que no cuenta las horas, el sacrificio ni los costos.
Al mismo tiempo, explicó el Custodio, está la lógica del cálculo que expresa Judas, quien se escandaliza por el desperdicio de ese perfume tan precioso.
En su meditación, el Custodio invitó a los fieles presentes a reflexionar sobre la posibilidad que se nos ofrece al inicio de la Semana Santa: "vivir la Pascua como María, dejándonos involucrar, dando tiempo, atención, oración, sin calcular demasiado, o vivirla como Judas, permaneciendo espectadores, midiendo todo, dejando que el misterio nos resbale".
La bendición de los aceites y la liturgia del Lunes Santo en Betania se convierten así no solo en el recuerdo de un episodio evangélico, sino en una invitación a encarnar hoy, en un mundo herido por la violencia, la gratuidad de un amor profundo, el don de sí y la esperanza que nace de la resurrección.
Al final de la celebración eucarística, los sacerdotes, religiosos y fieles presentes recibieron en sus manos, del Custodio, el aceite perfumado, así como lo recibió Jesús de María.
Así pudieron hacer actual y real lo que escucharon durante la proclamación del evangelio: "y toda la casa se llenó del aroma de aquel perfume".
Fray Alberto Joan Pari
