El miércoles 17 de junio se celebró la Misa Crismal, en la Basílica de la Agonía en el monte del Getsemaní, el lugar donde Jesús oró, vivió los momentos más dolorosos de su pasión y fue arrestado.
La Misa Crismal es una cita anual del Obispo con su clero y los fieles, y también en Jerusalén el Patriarca Latino celebró en señal de comunión con toda la Iglesia. Habitualmente se celebra el Jueves Santo, el mismo día del rito de la liturgia In Coena Domini, en la Iglesia del Santo Sepulcro, la Catedral de Jerusalén.
Este año, a causa del conflicto que ha afectado a la Tierra Santa en los últimos meses y la consiguiente prohibición de aglomeraciones, no fue posible celebrar este momento en la fecha habitual y se decidió posponerlo para la fecha de hoy.
Sin embargo, como recordó el Cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca de Jerusalén: "Hoy nos encontramos celebrando una Misa Crismal que el calendario litúrgico querría situada en el corazón del Jueves Santo, pero que la historia ha empujado hasta este momento. Y sin embargo, hay una verdad que debemos reconocer con humildad y asombro: no existe 'retraso' para la unción de Dios. Existe, en cambio, su kairós, su tiempo pleno, el momento en que la Palabra deja de ser memoria y se convierte en carne viva. Y hoy, aquí, en esta ciudad que ha sido encrucijada de pueblos y teatro de pasión y resurrección, la Palabra se hace carne una vez más."
La celebración se abrió con la entrada solemne del Patriarca en la Basílica del Getsemaní. En su homilía, Pizzaballa recordó a los sacerdotes, que junto a él han renovado hoy sus promesas, que "renovar las promesas significa también mirar hacia adelante. Significa preguntarnos: ¿qué pastores queremos ser para el futuro? ¿Pastores que se esconden detrás de las estructuras o pastores que se desgastan en medio de la gente? ¿Pastores que hablan solo a las comunidades ya cristianas o que salen fuera, como Jesús, para buscar a quien se ha perdido? ¿Pastores que ignoran las divisiones o que remiendan lo que ha sido desgarrado? La unción que hemos recibido no es para dividir, es para unir. No es para cerrar, es para abrir. No es para juzgar, es para salvar."
Inmediatamente después de la homilía tuvo lugar el momento más importante de la liturgia: el Patriarca bendijo los óleos para los catecúmenos y los enfermos, y consagró el Santo Crisma. Este último, un óleo enriquecido con aromas, tiene un papel central en la liturgia católica: se utiliza, de hecho, en los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y el Orden sagrado, así como en los ritos de dedicación de nuevos altares y lugares de culto.
Un momento de fuerte impacto simbólico fue la llamada "insuflación": el Cardenal Pizzaballa, imitando el gesto realizado por cada obispo durante la Misa Crismal, infundió el perfume en el óleo y sopló sobre él, creando con su soplo una cruz tres veces. Un rito antiguo que evoca la transmisión del Espíritu Santo por parte del sucesor de los Apóstoles sobre esa materia que, a partir de ese momento, consagrará a los nuevos cristianos y a los nuevos sacerdotes de la comunidad.
En la celebración participaron unos cien sacerdotes de toda la Diócesis, religiosos y religiosas de Jerusalén, algunos fieles y también algún peregrino que comienza a visitar la Tierra Santa. El coro dirigido por el maestro Fray Corrado Sica solemnizó la santa misa y llenó la basílica de himnos polifónicos específicos para esta liturgia.
La fiesta concluyó con un refrigerio de convivencia en el jardín del santuario, un momento de fraternidad que selló el espíritu de comunión entre la cúpula de la Iglesia de Jerusalén y sus sacerdotes.
Riccardo Curti
