La agonía de Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios

Segunda peregrinación cuaresmal a Getsemaní

Para la segunda peregrinación cuaresmal, el 26 de marzo, los frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa se reunieron en Getsemaní, el lugar de la agonía de Jesús.

El lugar de la agonía

En la basílica de la Agonía, al pie del Monte de los Olivos, que se encuentra en el lugar llamado Getsemaní, se conserva una roca sobre la cual – según la tradición – Cristo sudó sangre mientras rogaba al Padre que apartara de él el cáliz de la Pasión. La escena, descrita por el evangelista Lucas, está representada en el gran mosaico del ábside.

La estación cuaresmal

La celebración eucarística fue presidida por fray Alberto J. Pari, secretario de la Custodia de Tierra Santa. Con él concelebraron el guardián del convento, fray Zacheusz Drazek, y fray Piermarco Luciano, vicario de la fraternidad de San Salvador.

La homilía estuvo a cargo de fray Ulise Zarza, formador en el Seminario Teológico Internacional de Jerusalén y profesor de patrística en el Estudio Teológico Gerosolimitano, que este año ha sido encargado de guiar las meditaciones durante las peregrinaciones.

De Nicea a Getsemaní

En un recorrido que une la palabra del Evangelio y el recuerdo del Concilio de Nicea – 1700 años después de su celebración – en su homilía fray Ulise se centró en “la agonía de Dios”. La meditación se inspiró en el concepto de “consustancialidad” (la afirmación de que el Hijo es “de la misma sustancia” que el Padre), incluido en el texto del credo de Nicea.

Todos los Padres tuvieron que hacer un camino de discernimiento, dejando de lado sus propias opiniones y acogiendo lo que el Espíritu estaba diciendo a la Iglesia”. Se trata, subrayó fray Ulise, de un “camino de discernimiento eclesial”, y ese mismo camino es el que se pide a los fieles de hoy.

La agonía de Dios

En Getsemaní no contemplamos a un simple hombre que sufre, sino al Hijo de Dios que redime al mundo”, subrayó fray Ulise. “A la luz de las enseñanzas de Nicea, especialmente de la palabra ‘consustancial’, la escena del Getsemaní nos sitúa frente a un Dios que, paradójicamente, sufre y agoniza; no puede ser una simple criatura la que sufre en Getsemaní, ya que una criatura no es capaz de soportar el peso del pecado del mundo, ni mucho menos, de redimirlo.  Ante nosotros está Cristo, es decir, Dios manifestado en nuestra carne humana; es él quien carga con el dolor y el pecado del mundo”.

Invitación a la fe

Una clara invitación resonó en Getsemaní: “Velad y orad, para no caer en la tentación”. En este sentido – exhortó fray Ulise – “la Iglesia está llamada a ‘velar’ para no dejarse arrastrar por ideologías ni seducir por imágenes distorsionadas de Cristo, su Esposo”.

Desde Getsemaní, 1700 años después del Concilio de Nicea, también hoy resuena una clara invitación “a renovar la confesión en Cristo, Hijo de Dios, ‘luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero’ y “a poner a Cristo, el Verbo de Dios encarnado, en el centro de nuestra contemplación y adoración”.

Marinella Bandini 

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