Fiesta de la Visitación en Tierra Santa: “seguir a Jesús y María en el camino del servicio”

El viernes 31 de mayo, día en que termina el mes mariano, la Custodia de Tierra Santa celebró la fiesta de la Visitación y se confirieron los ministerios del lectorado y el acolitado a veintidós frailes menores franciscanos.

La fiesta que se celebra esta fecha, recuerda la visita que la Virgen María hizo a su prima Isabel tras recibir la noticia de que iba a ser la madre de Jesús por obra del Espíritu Santo, como se conmemora en la Anunciación. Respetando la tradición, el lugar que sirve de fondo al encuentro es Ein Karem, en Judea, pueblo de sacerdotes donde vivía la familia de Zacarías, padre de Juan Bautista y esposo de Isabel.  La institución litúrgica de esta fiesta se debe a la Orden franciscana, que ya la celebraba desde 1263. Pero no fue hasta 1389 que el papa Urbano VI la extendió a toda la Iglesia latina.

Este año, la celebración eucarística que tuvo lugar en el santuario de la Visitación y fue presidida por el Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton, resultó aún más significativa al conferirse los ministerios del acolitado y el lectorado a veintidós frailes. El lugar del encuentro entre María e Isabel recibió a franciscanos procedentes de todo el mundo: Siria, Italia, México, República Democrática del Congo, Congo-Brazzaville, República Centroafricana, Perú, India, Argentina, El Salvador y Sudáfrica.

“Si hoy recibís el ministerio de lector o acólito”, dijo el Custodio en su comentario al pasaje del Evangelio de la fiesta, “recordad sobre todo que lo que recibís es el honor de seguir a Jesús y María en el camino del servicio”. Después, fray Patton destacó las dos actitudes que vinculan profundamente los dos ministerios con la fiesta del día: el Cristo que María lleva en su vientre es la Palabra de Dios pero, al mismo tiempo, es Carne.  Recordó a los lectores que deben servir a los hermanos con la Palabra de Dios, siempre viva y eficaz.  A los acólitos, por otro lado, les insistió en la necesidad de servir humildemente al gran misterio de la presencia del Hijo de Dios, incluso en el poco pan y vino de la celebración eucarística.  “Que el Espíritu del Señor”, deseó el Custodio en su conclusión, “nos haga también a cada uno de nosotros pequeños y humildes servidores y portadores de la alegría que trae la presencia, incluso invisible, de Jesús”.

 

 

Giovanni Malaspina