
Un día de fiesta, de oración y de celebraciones. Jueves 6 de agosto, la comunidad franciscana de la Custodia de Tierra Santa celebró la solemnidad de la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor, el lugar que la tradición identifica como aquel en el que Cristo manifestó su gloria ante algunos de los apóstoles. La Misa, presidida por el Custodio de Tierra Santa, Fray Francesco Ielpo, fue una ocasión de recogimiento y de alegría no solo para la Custodia, sino para toda la comunidad católica de Nazaret y de los pueblos de la región. Religiosos, sacerdotes, peregrinos y fieles locales se reunieron en la basílica del Tabor para recordar lo que es un pasaje fundamental del Evangelio. El momento en que, como recordó Fray Ielpo, “Dios entra en nuestra historia y, por un instante, descorre el velo que oculta el misterio de Cristo”.
Y precisamente sobre este punto, el Custodio, en su homilía, quiso subrayar un elemento fundamental: es decir, que el corazón de la Transfiguración no está representado “solo” por la extraordinariedad de la visión ofrecida a Pedro, Santiago y su hermano Juan, sino por la palabra del Padre que invita a escuchar al Hijo. “Esta es la única palabra que el Padre pronuncia en el Evangelio”, recordó el padre Custodio. Una invitación clara, sencilla, dirigida a los discípulos y por tanto a cada cristiano. Dios dice que escuchemos al Hijo, que hagamos suyas Sus palabras. Y esto significa también comprender que de esta acción deriva otra: acoger todo de la experiencia de Cristo, no detenerse en la contemplación.
Este tema fue destacado por Ielpo también a través del vínculo profundo entre los montes que son protagonistas de la experiencia terrenal de Jesús: el Tabor, el monte de los Olivos y el Gólgota. Mientras que, en efecto, Pedro preferiría quedarse en el lugar de la Transfiguración, Cristo sabe que ese no es su propósito. “Del Tabor hay que bajar. Ante Él todavía está Jerusalén, está la Pasión, está la Cruz”, recordó el Custodio, y esto significa que “la Transfiguración no elimina la cruz, sino que la ilumina”. Una elección, la del Señor, que debe así iluminar la vida de cada fiel. “También nuestra vida conoce el Tabor y el Calvario. Hay días de luz y días de fatiga, momentos de consolación y momentos en los que Dios parece callar”, dijo Fray Ielpo en el curso de la ceremonia, “el Señor no nos promete una vida sin cruces, sino una vida transfigurada por el amor”.
La celebración se concluyó luego con la tradicional procesión que acompañó al Custodio, a los frailes, a los sacerdotes y a los fieles hasta la capilla "Descendentibus". El edificio sagrado cuyo nombre (en latín) evoca el momento en que Jesús, bajando del Tabor con los tres apóstoles, les ordenó no contar a nadie lo que habían visto, “hasta que el Hijo del hombre no hubiera resucitado de entre los muertos”. Acompañando la apertura del cortejo estuvo la banda de los Scouts y de la comunidad juvenil franciscana de Nazaret. Un grupo de jóvenes que al ritmo de las gaitas y de los tambores marcó el camino de los participantes desde el santuario hasta la capilla. Y así, en un clima de fiesta, el Custodio se dirigió al pequeño edificio para la bendición solemne al pueblo y la del follaje del monte. Una tradición que vincula simbólicamente las hojas del Tabor con las de las palmas de Jerusalén, y que concluyó un día que unió la memoria evangélica, la liturgia y la vida de la comunidad cristiana. Esas “piedras vivas” que animan la Tierra Santa.
Lorenzo Vita
