
El lunes siguiente a la Pascua, los frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa acudieron, como cada año, a Emaús para celebrar los acontecimientos narrados en el evangelio de Lucas. Es el relato de los dos discípulos que, desconsolados y confundidos después de la muerte de Cristo, se pusieron en camino hacia Emaús, una pequeña aldea a pocos kilómetros de Jerusalén.
Por el camino, los dos son abordados por un misterioso caminante que comienza a hablar con ellos. Escucha sus preocupaciones, explica las Escrituras, reaviva la esperanza. Pero solo al final, cuando están en la mesa y ese hombre “toma el pan, pronuncia la bendición, lo parte y se lo da”, cuando se les abren los ojos: es Jesús resucitado.
El-Qubeibeh (en árabe “pequeña cúpula”) se encuentra justo detrás del muro de separación entre Israel y Palestina. Según la tradición seguida por los franciscanos, este es el pueblo al que se refiere el evangelista Lucas.

Al comienzo de la celebración, el Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton, saludó a la comunidad de El-Qubeibeh, reunida en gran número para la celebración, junto a otros fieles procedentes de Jerusalén, Belén y otras comunidades palestinas. En su discurso, el Custodio subrayó la importancia de celebrar la Pascua y los acontecimientos de Emaús, rezando por todas las comunidades de Tierra Santa y por todas las realidades que viven situaciones de conflicto, invocando una vez más la paz.
“Como ellos, también nosotros somos llamados a volver con nuestros hermanos, a compartir la alegría de la Resurrección, a vivir el cambio que la Pascua trae a nuestros corazones. Cada misa repite este camino: escucha de la Palabra, explicación del sacerdote y encuentro con Jesús en la Eucaristía. “Al final de la celebración se nos dice: “Podéis ir en paz”. Es una invitación a llevar a los demás lo que hemos vivido, al igual que los discípulos de Emaús. A pesar de las dificultades, Jesús camina con nosotros, ilumina nuestros corazones y nos invita a ser portadores de esperanza y luz al mundo”.
Este es el mensaje que fray Zaher Abboud, guardián del convento, dejó a los fieles presentes en su homilía.

Al final de la celebración, el Custodio distribuyó a los fieles una hogaza de pan bendecida: un gesto tradicional en memoria del pan de Emaús, de cómo lo reconocieron los discípulos. También hoy queremos recordarnos como parte de una sola Iglesia, de una única comunidad, que camina junta y se reconoce mutuamente al partir y compartir el pan.

Francesco Guaraldi
