De Tierra Santa al futuro de la Orden. El Ministro general Fray Fusarelli: "Permanecemos y elegimos estar aquí"

La visita comenzó en Jerusalén con la profesión solemne de once frailes. Luego continuó en el Monte Nebo. Posteriormente se desarrolló de nuevo en la Ciudad Santa, con el encuentro con los frailes de Judea, las Misas en el Santo Sepulcro y en el Cenáculo y la visita a la Terra Santa School. Finalmente, hubo varios encuentros con las comunidades de Galilea. El viaje a Tierra Santa del Ministro general de la Orden de los Frailes Menores, Fray Massimo Fusarelli, el tercero desde que fue elegido, ha adquirido este año un significado particular. En una etapa de profunda tensión, de heridas que sanar y de grandes interrogantes sobre el futuro, venir aquí junto con los miembros del Definitorio ha servido, según Fray Fusarelli, para "sentir la tensión en la propia piel, sobre todo al encontrarse con las personas, los jóvenes, que te hacen sentir una incertidumbre sobre el futuro que duele". "Significa también dar confianza a los frailes, es una señal de que la Orden está presente y acompaña", prosiguió el Ministro general, "y dar a los cristianos, a los religiosos, pero también a los laicos, una palabra de esperanza". "Sé que una palabra no resuelve los problemas", continuó, "pero no están solos. Este es el verdadero valor: permanecemos, elegimos estar aquí y queremos hacerlo cada vez mejor".

¿Cuál es el objetivo de estas visitas fraternas?

Conocer de cerca las realidades, no solo sobre el papel, en los documentos, sino encontrando a los hermanos y comprendiendo algo del contexto social, eclesial y cultural. Esto permite a quien presta un servicio internacional ampliar su horizonte.

Francisco vino a Oriente para encontrarse con el sultán. A partir de este precedente, ¿cuál puede ser hoy la contribución de los franciscanos a la paz y al diálogo?

Francisco debe situarse en su tiempo. Vino a Oriente y se encontró con el sultán para anunciarle a Jesús y llevarlo a la fe en Cristo, por lo tanto, era un diálogo diferente respecto al sentido que le damos hoy. Y, sin embargo, ocurrió algo: los dos se encontraron. Yo diría que la palabra clave es encuentro. Se encontraron y se comprendieron, porque eran dos hombres en búsqueda y también dos hombres creyentes. Por eso hoy es muy importante en Oriente Medio y en Tierra Santa favorecer lo más posible el encuentro con el otro y multiplicar los lugares en los que este pueda producirse. Nuestras escuelas de formación teológica y bíblica, aquí en Tierra Santa, por ejemplo, son un lugar de encuentro, muchos estudiantes internacionales, que desarrollan la pastoral en el mundo árabe, tienen contactos cotidianos con Israel y con los palestinos, con hermanos de otras iglesias cristianas. Encuentro es la palabra clave. Y Francisco nos la deja verdaderamente como un testamento.

¿Qué importancia tiene que el mundo no se olvide del cristianismo en estos lugares?

Es importante para recordar que el cristianismo tiene una historia. Tierra Santa nos recuerda la raíz bíblica que llega hasta Cristo y los Apóstoles. Pero aquí también hay una Iglesia viva. Y deberíamos preocuparnos más por ella, estar cerca, apoyarla y permitir que los cristianos permanezcan. Porque aquí no queremos convertirnos en un espectáculo litúrgico o en un museo del pasado cristiano. Queremos tener, aunque pequeña, una comunidad que vive, que celebra, que ejerce la caridad, que da testimonio del Evangelio. Por lo tanto, un cristianismo sin Tierra Santa es un cristianismo sin memoria, pero también sin futuro.

¿Cuáles son los desafíos más importantes para la Orden en esta tierra?

El desafío más grande es mantener nuestra presencia como Custodia internacional, atraer y llamar aquí a frailes misioneros de las distintas provincias de la Orden. Venir para desarrollar proyectos, para que sea un campo de misión y para servir a quienes custodian los lugares santos. Aquí esta es nuestra primera vocación, y debemos favorecerla también a través de la cultura, el estudio, sobre todo de las Escrituras, como sucede en el Studium Biblicum Franciscanum. Así como para San Francisco la palabra de Dios tenía un papel central en su experiencia evangélica y espiritual, así es también para nosotros. La Custodia no consiste solo en conservar algo, sino también en promover nuestro carisma. Y es importante subrayar que no solo la Custodia necesita a los frailes: también nosotros, como Orden, necesitamos a la Custodia.

¿Hay algún lugar de esta Tierra al que se sienta más vinculado?

El Calvario, porque lo relaciono con una de las peregrinaciones que hice aquí en los años Noventa con los jóvenes. Veníamos a pie a Jerusalén: aquella peregrinación, aquella parada en el Calvario me marcó mucho. Sigue siendo para mí un lugar muy importante, al igual que Nazaret, con esa dimensión mariana tan hermosa.

San Francisco es una figura amada también fuera de la Iglesia, a menudo incluso con exageraciones de algunos aspectos laicos. ¿Qué aspecto de su carisma debe, en cambio, ser redescubierto?

Hay que redescubrir el corazón de la experiencia de Francisco, que es el encuentro con Cristo. Sin Cristo, el Santo se convierte en un icono ecologista, pacifista, ambientalista o cualquier otra cosa, pero separado de la raíz. La raíz es Cristo, es su Evangelio. Francisco quedó fascinado, atraído, conquistado por Jesús, y esto puede hablar a todos, también a los laicos, a los no creyentes, a los no cristianos… porque Francisco no vivió la dimensión religiosa como una sección de su vida. Vivió una dimensión religiosa, antropológica, humana, única, integrada. Por lo tanto, la fe formó parte de su humanidad. Separar a Francisco de Cristo y del Evangelio significa dejar de comprenderlo. Este es el corazón. Con este corazón más claro, entonces podemos hablar de Francisco como hermano universal, heraldo de paz y de reconciliación, capaz de sentir la unidad de la creación, de la casa común, sin olvidarnos de los pobres. Y el Santo nos ayuda precisamente a unir todo esto de una manera extraordinaria.

Si tuviera que dejar un mensaje a los jóvenes, ¿cuál sería?

Comprendo que hoy ser joven es mucho más difícil que cuando lo era yo, porque nosotros teníamos una perspectiva de futuro. Hoy ya no existe. Los jóvenes no siempre reciben la atención necesaria por parte del mundo de los adultos. Por eso quisiera decirles que se hagan oír y que hagan que escuchemos su voz, que entren en contacto y en diálogo con el mundo de los adultos, sin desembocar en la violencia. Mientras que nosotros, los adultos, deberíamos estar más abiertos a esta escucha y darles más confianza.

¿Cómo se inserta aquí la Fe?

Los jóvenes tienen muchas preguntas, y muchas no encuentran inmediatamente en Cristo su respuesta. Pero Cristo es una Persona viva, el encuentro con Él puede poner en movimiento, poner en camino la vida. Por eso diría a los jóvenes, sobre todo a los del mundo occidental, secularizado, que no tengan miedo de la fe, del encuentro con Cristo. Lo mismo digo también a los jóvenes de África, Asia y América Latina: mirad a Cristo como al amigo, al hermano que puede dar una nueva luz a vuestra vida. Y por qué no, también respondiendo a su llamada y siguiéndolo.

Se acerca el Capítulo general que se celebrará en mayo del próximo año. ¿Cómo llega la Orden a esta cita?

Estamos acompañando a la Orden tanto en el crecimiento como en el decrecimiento. El crecimiento se observa sobre todo en África y Asia, donde tenemos más vocaciones y, por lo tanto, van tomando forma provincias, entidades nuevas o nuevas configuraciones. Pero el acompañamiento también vale en el decrecimiento, para comprender cómo no dejarse morir, sino custodiar, garantizar la presencia franciscana en determinados territorios. La novedad que veo es que, poco a poco, nuestra mentalidad cambia. Y se pasa de mantener a toda costa una posición a preguntarnos cómo custodiar y promover nuestra presencia también de formas nuevas. Otro elemento es el trabajo que estamos realizando sobre la protección de los menores y de los adultos vulnerables, no solo para tratar los casos de abusos, sino para cambiar de mentalidad. Y hemos descubierto cada vez más que también esta protección es expresión de nuestro carisma. No es solo una forma de responder a un problema. Forma parte de nuestro carisma y nos exige un cambio de cultura, de mentalidad. Un tercer paso que veo es que somos más conscientes de nuestras fragilidades, estamos más dispuestos a hablar de ellas, a acompañarlas, a servirlas y a mirar al futuro. Sin encerrarnos en celebrar únicamente a nosotros mismos y nuestra historia. Porque una Orden que existe desde hace 800 años siempre tiene la tentación de convertirse en un museo: en cambio, debemos mirar hacia adelante y tener cada vez más un impulso misionero.

Lorenzo Vita

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