Colecta para la Tierra Santa 2019

Comunión y solidaridad con la Iglesia de Jerusalén

Excelencia Reverendísima:

El camino cuaresmal nos invita a todos nosotros a volver a los lugares y acontecimientos que han cambiado el curso de la historia de la humanidad y la existencia personal de cada uno de nosotros: son los lugares y los acontecimientos que nos transmiten la memoria viva de todo aquello que el Hijo de Dios encarnado ha dicho, realizado y sufrido por nuestra redención.

Centro de todo el año litúrgico es la Semana Santa que inicia en Betfagé, con la entrada de Jesús en Jerusalén. Le seguimos hasta Betania y asistimos a la unción con el perfume de nardo, profecía de su pasión, muerte y resurrección. En el Cenáculo Él se ofrece a sí mismo por nosotros, en el pan y en el vino, y nos lava los pies, enseñándonos con este humilde servicio el mandamiento nuevo del amor. Vivimos en Getsemaní su arresto y le seguimos de lejos con toda nuestra fragilidad, como Pedro, que le reniega. A los pies de la Cruz, con María y el discípulo amado presenciamos su muerte, contemplando su costado traspasado. Colocado, en fin, en el sepulcro -al que acude María Magdalena en la mañana de la Pascua resucita, y con su luz acaricia nuestros ojos y nuestros corazones, invitándonos a mirar adentro de la historia del mundo y de la historia personal de cada uno de nosotros.

Reviviendo los misterios de nuestra salvación, pensamos con mayor intensidad en los hermanos y hermanas que viven y testimonian la fe en Cristo, muerto y resucitado en Tierra Santa, expresándoles también nuestra solidaridad en la caridad. En su primera Audiencia general, el 27 de marzo de 2013, el Papa Francisco recordó a los peregrinos: vivir la Semana Santa siguiendo a Jesús quiere decir aprender a salir de nosotros mismos (...) para ir al encuentro de los demás, para ir hacia las periferias de la existencia, movernos nosotros en primer lugar hacia nuestros hermanos y nuestras hermanas.

Este año, con la ocasión de la Colecta para la Tierra Santa, junto a la invitación del Papa Francisco deseamos escuchar también a San Pablo VI, que quiso ir a Tierra Santa a inicios de enero de 1964, primer Sucesor del Apóstol Pedro que ha realizado esta peregrinación. En la Exhortación Apostólica Nobis in animo, con la que en 1974 instituyó la Colecta, afirma: La Iglesia de Jerusalén (...) ocupa un lugar de predilección en la solicitud de la Santa Sede y en las preocupaciones de todo el mundo cristiano, mientras el interés por los Santos Lugares y en particular por la ciudad de Jerusalén aparece incluso en las más altas asambleas de las Naciones y en las mayores Organizaciones internacionales (...). Tal atención hoy es requerida principalmente por los graves problemas de orden religioso, político y social allí existentes (...).

Todavía hoy el Medio Oriente asiste a un proceso que ha herido las relaciones entre los pueblos de la región, creando una tal situación de injusticia que esperar la paz resulta casi temerario. En Bari, el pasado 7 de julio, al inicio de la oración del Santo Padre con los Jefes de las Iglesias Orientales del Medio Oriente, resonaron estas palabras: Pero sobre esta espléndida región se ha ido concentrando, especialmente en los últimos años, una densa nube de tinieblas: guerra, violencia y destrucción, ocupaciones y diversas formas de fundamentalismo, migraciones forzosas y abandono, y todo esto en medio del silencio de tantos y la complicidad de muchos. Oriente Medio se ha vuelto una tierra de gente que deja la propia tierra. Y existe el riesgo de que se extinga la presencia de nuestros hermanos y hermanas en la fe, desfigurando el mismo rostro de la región, porque un Oriente Medio sin cristianos no sería Oriente Medio.

La Iglesia, como recuerda Pablo VI en la Nobis in animo, desde mucho tiempo atrás, no se ha quedado inoperante: Desde la segunda mitad del siglo pasado hubo un importante aumento de obras pastorales, sociales, caritativas, culturales, en beneficio de la población local sin distinciones y de las comunidades eclesiales en Tierra Santa (...). Para que la comunidad cristiana que vive en Palestina, bimilenaria por su origen y por su permanencia, pueda sobrevivir y, aún más, consolidar la propia presencia de manera activa y obrar al servicio de las otras comunidades con las que debe convivir, es necesario que los cristianos de todo el mundo se muestren generosos, haciendo llegar a la Iglesia de Jerusalén la caridad de sus oraciones, el calor de su ánimo favorable y el signo tangible de su solidaridad.

En el último periodo, asistimos con esperanza a una cierta recuperación del flujo de las peregrinaciones, tocando con la mano el gozo de la fe de tantos fieles que llegan a Tierra Santa, cada vez más numerosos, desde China, India, Indonesia, Filipinas y Sri Lanka: cómo no pensar en el cumplimiento de la profecía evangélica: vendrán de oriente y de occidente, del septentrión y del mediodía, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios? Esa vitalidad apostólica es un signo grande para las comunidades locales, y un estímulo para las de Occidente, a veces tentadas por el desaliento y la resignación en el vivir y testimoniar la fe en lo cotidiano.

A usted, a los sacerdotes, a los religiosos y a los demás fieles que colaboran con empeño en favor del buen resultado de la Colecta, con fidelidad a una obra que la Iglesia pide que sea cumplida por todos sus hijos, según los modos habituales, tengo la alegría de transmitirles el vivo agradecimiento del Santo Padre Francisco. Y, mientras invoco abundantes bendiciones divinas sobre esa Diócesis, expreso mi más fraterno saludo en el Señor Jesús.

 

Suyo devotísimo

 

Leonardo Card. Sandri

Prefecto

 

Cyril Vasil, S.I.

Arzobispo Secretario