Queridos hermanos y hermanas, que el Señor les conceda la paz
El Evangelio de la Anunciación, tomado del Evangelio de Lucas, no es solamente el relato de lo que sucedió a María, sino que es una palabra viva que entra hoy en nuestras vidas, tal como son, bellas y heridas, luminosas y frágiles.
Dios elige Nazaret, un lugar escondido, y elige a María, una joven sencilla. Esto significa que Dios no espera a que nuestra vida sea perfecta para entrar en ella. No espera a que todo esté resuelto, ordenado, sin heridas. Al contrario, es precisamente allí, en nuestras fragilidades, en nuestras historias a veces marcadas por decepciones, fracasos, soledad, donde Dios viene a habitar.
La Encarnación, el Verbo que se hace carne, nos dice esto, Dios no tiene miedo de nuestra humanidad. No tiene miedo de nuestras heridas. Las atraviesa. Las habita. Las transforma desde dentro.
María misma no es ajena a la turbación. Ante el anuncio del ángel, queda desconcertada, se pregunta. También ella vive un momento de incertidumbre. Y esto nos consuela, la fe no nace de una vida sin heridas, sino de un corazón que, aun herido, permanece abierto.
Cuántas personas hoy llevan dentro heridas profundas, relaciones rotas, sueños destruidos, miedos, un sentimiento de insuficiencia. Y, sin embargo, precisamente allí puede resonar una anunciación. Precisamente allí Dios puede decir, "Yo estoy contigo".
El punto decisivo es el "sí" de María. Su "fiat",
"Hágase en mí según tu palabra".
Este "fiat" no es solo un momento de su vida, es el modelo de toda vocación, de toda misión, de toda respuesta a Dios en la Iglesia y en el mundo.
El "fiat" de María se convierte en el "fiat" de toda madre que acoge la vida, incluso cuando es difícil.
Se convierte en el "fiat" de quien sigue amando, incluso después de haber sido herido.
Se convierte en el "fiat" de quien se levanta después de una caída.
Se convierte en el "fiat" de quien, en silencio, cumple su deber con fidelidad.
Se convierte en el "fiat" de quien elige perdonar, volver a empezar, confiar de nuevo.
Después de haber vivido años en Nazaret, puedo decir que ese "sí" de María no es un eco lejano, es una realidad viva. Nazaret es el lugar donde Dios se hizo carne, pero también es el lugar que nos enseña que cada casa, cada corazón puede convertirse en Nazaret.
Cada vez que decimos "sí" a Dios, incluso con miedo, incluso sin entenderlo todo, el Verbo sigue haciéndose carne en la historia. Sigue entrando en los pliegues de nuestra vida concreta.
Hermanos y hermanas, no nos dejemos bloquear por nuestras heridas. No pensemos que Dios está lejos de ellas. Precisamente allí quiere nacer.
Pidamos hoy la gracia de aprender el "fiat" de María. Un sí humilde, pero total. Un sí que abre caminos nuevos. Un sí que hace posible lo imposible.
Y así, también nuestra vida, con todo lo que lleva dentro, podrá convertirse en lugar de Encarnación, lugar en el que Dios sigue haciéndose cercano a la humanidad.
Amén.