Buenos días, yo soy Fray Jihad Krayem, un fraile franciscano que vive en el Líbano, y soy responsable de la pastoral juvenil en el Líbano.
Hoy, hay algo dramático en esta página del Evangelio de Juan. Jesús habla. Los fariseos escuchan. Pero no se entienden. Jesús anuncia que va al Padre, y ellos piensan que quiere suicidarse. Él habla de la vida eterna, ellos solo ven la muerte. Hablan el mismo idioma, pero habitan dos mundos diferentes.
Y Jesús mismo explica este abismo, "Ustedes son de abajo, yo soy de arriba. Ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo."
Todos conocemos bien la lógica "de abajo". Es la lógica que mide todo en términos de pérdida y ganancia, de seguridad y peligro, de lo que se puede controlar y lo que se escapa de las manos.
En Medio Oriente esta lógica toma el rostro concreto de la guerra, casas que se derrumban, familias que se dispersan, un futuro que no se puede imaginar. Pero en la vida de cada uno, de diferentes maneras, esta misma lógica actúa, es el miedo que aprieta el corazón, es el cansancio que no pasa, es la sensación de que el peso es demasiado grande para los propios hombros. Cuando uno se deja dominar por esta visión, corre el riesgo de ver solo oscuridad. Y el mayor peligro no es la dificultad en sí, es perder el horizonte.
Este es el drama de los fariseos. Les falta un horizonte. Y sin este horizonte, incluso las palabras de Jesús se vuelven incomprensibles.
Luego Jesús declara, "Si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados."
"Yo Soy." Es el nombre que Dios reveló a Moisés ante la zarza ardiente. Es el nombre de la presencia absoluta, de la vida que no depende de nada ni de nadie. Y es este nombre el que Jesús reclama para sí mismo.
Y añade, si no creen esto, morirán en sus pecados. El pecado, en la teología joánica, no es una simple transgresión moral sino una clausura radical a esta Presencia. Es vivir como si el "Yo Soy" no existiera.
Y ya es una forma de muerte, la muerte más sutil, la que vacía la vida desde dentro, incluso cuando por fuera todo parece todavía en pie.
Pero luego Jesús abre un resquicio de luz. "Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy."
El verbo, "levantar", lleva en sí un doble significado que solo Juan usa de este modo, es la elevación en la cruz, y al mismo tiempo la exaltación en la gloria.
Son la misma cosa. La hora de la máxima humillación es la hora de la máxima revelación. En la cruz, en el momento en que todo parece terminar, en que la muerte parece haber vencido, allí, exactamente allí, se revelará plenamente quién es Jesús.
Esto es lo que la Iglesia ha aprendido de su experiencia vivida a lo largo de los siglos. Dios no se ha quedado lejos del sufrimiento humano. Ha descendido dentro de él. Hasta el fondo. Y es también lo que los cristianos de hoy que viven en tierras de guerra experimentan de manera aguda, cuando todo afuera se derrumba, la oración ya no es un momento del día, se convierte en el único lugar que sostiene.
Porque en ese silencio cargado de miedo y de esperanza se puede tocar con la mano una certeza, que el Señor está conmigo, Él es mi seguridad y mi salvación.
Es precisamente esta la fe que Jesús anuncia a pocos pasos de su pasión, "El que me ha enviado está conmigo, no me ha dejado solo."
Dios es el Padre que acompaña y protege, no de las pruebas, sino dentro de las pruebas.
También nosotros, a pocos pasos de la Semana Santa, este Evangelio nos llama a renovar nuestra fe, a aprender de nuevo a escuchar la voz del Señor, y a redescubrir esa paz profunda que nace de una certeza simple y absoluta, soy amado. Mi Señor está presente, vive conmigo cada dolor y cada sufrimiento, y me hará resucitar con Él de toda muerte en la que me encuentro.