Queridas amigas, queridos amigos, "El Señor les dé la paz".
Soy Fray Francesco Patton, de la Custodia de Tierra Santa y Custodio de Tierra Santa, y les hablo desde el Memorial de Moisés en el Monte Nebo en Jordania.
Estamos apenas al inicio del tiempo de Cuaresma y los evangelios de esta primera semana nos invitan ante todo a volver a entrar en nosotros mismos gracias a la experiencia del desierto, luego a mirar hacia lo alto mediante la oración, y finalmente a mirar con caridad y misericordia a nuestros hermanos y hermanas.
Hoy estos mismos contenidos nos son transmitidos a través de la oración del "Padre nuestro", un texto que Tertuliano, que vivió en el norte de África entre los siglos segundo y tercero, definió como "compendio de todo el Evangelio", Breviarium totius Evangelii.
Si el Miércoles de Ceniza el Evangelio de la Misa contenía la invitación a orar al Padre en el secreto de la habitación, hoy Jesús nos invita a orarlo con el horizonte de la fraternidad. En efecto, la oración que Jesús nos enseña no es "Padre mío", sino "Padre nuestro".
Por un lado, estamos invitados a reconocer que Dios, para decirlo con Pascal, no es el Dios abstracto de los filósofos, sino que tiene un rostro paterno, porque de Él provenimos y porque cuida de nosotros de todos los modos posibles, por otro lado, estamos invitados a reconocer que rezar juntos al único Padre nos educa a reconocernos todos recíprocamente como hermanos y hermanas.
En la primera parte de la oración aprendemos por tanto a colocarnos correctamente ante Dios y a reconocerlo por lo que es. Esto significa reconocer su paternidad universal, que fundamenta un modo nuevo de ver la creación, las criaturas y las personas.
Con la oración que Jesús nos enseñó pedimos entonces que se manifieste y se difunda la santidad del Padre, y que ilumine el mundo, la historia, nuestra persona y nuestra vida. Pedimos que se realice su voluntad de bien, que nos redime y nos renueva, y expresamos el deseo de lograr sintonizarnos con esa misma voluntad. Pedimos que su poder de amor y de reconciliación transforme este mundo nuestro conflictivo y egoísta en su reino de amor, de justicia y de paz.
En la segunda parte pedimos en cambio aquello que nos ayuda a vivir como hermanos, el pan esencial para la vida cotidiana, que se convierte en nuestras mesas en ocasión de convivencia fraterna, pero también el Pan Eucarístico que nos hace capaces de amar porque nos asimila a Jesús, pedimos luego la capacidad de perdón recíproco que es necesaria en todas las relaciones, para vivir reconciliados con Dios y entre nosotros. Pedimos finalmente un apoyo particular para no convertirnos en víctimas de nuestra fragilidad y para ser liberados del mal en todas sus formas y manifestaciones.
San Francisco de Asís, del cual este año se cumple el octavo centenario de su muerte, amaba esta oración y nos ha dejado también un ejemplo de cómo debería ser rezada, no como una fórmula para recitar apresuradamente sino como un texto que debe dejarse resonar dentro de nosotros palabra por palabra, para que pueda fermentar en nuestro corazón y ponernos en profunda sintonía con Dios y con nuestros hermanos y hermanas.
A modo de ejemplo, al ampliar la expresión "Hágase tu voluntad", San Francisco siente que está pidiendo algo fundamental y se expresa de este modo: "Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo, para que te amemos con todo el corazón, siempre pensando en ti, con toda el alma, siempre deseándote, con toda la mente, dirigiendo a ti todas nuestras intenciones y en todo buscando tu honor, y con todas nuestras fuerzas, empleando todas nuestras energías y los sentidos del alma y del cuerpo para secundar tu amor y no para otra cosa, y para que amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos, atrayendo a todos según nuestras fuerzas a tu amor, gozando de los bienes ajenos como si fueran propios y en los males sufriendo junto con ellos y no causando ofensa a nadie", Pater 5, FF 270.
A lo largo de esta jornada, siguiendo el ejemplo de San Francisco, intentemos reservar el tiempo suficiente y necesario para rezar un "Padre nuestro" sin prisa, permitiendo que cada expresión individual fermente dentro de nuestro corazón para que toda nuestra persona pueda llenarse de la presencia de Dios y a través de nosotros pueda llegar una chispa de su amor paterno a las personas que encontraremos.
A todas y todos ustedes el deseo de vivir una serena jornada acompañados por la mirada luminosa, buena y providente de nuestro Padre que está en los cielos, paz y bien desde el Memorial de Moisés en el Monte Nebo, en Jordania.





