El Evangelio de este IV Domingo de Cuaresma nos pone delante del signo de la curación del hombre ciego, icono luminoso de nuestro camino hacia la Pascua. La Cuaresma es tiempo de escucha más intensa de la Palabra de Dios y de purificación del corazón, es un itinerario en el que el Señor quiere curarnos de nuestra ceguera espiritual. A menudo, de hecho, somos ciegos no porque nos falte la vista, sino porque miramos solamente a nosotros mismos, a nuestros pensamientos, a nuestros criterios, y no dejamos que nuestra mirada se abra al amor de Dios que, en Cristo, se hace cercano a cada uno de nosotros.
En el relato evangélico llama ante todo la atención la iniciativa de Jesús. No es el ciego quien grita o quien pide ser curado, es Jesús quien lo ve, se acerca, realiza un gesto concreto y le devuelve la vista. Es Él, el Verbo hecho carne, quien toma la iniciativa de nuestra salvación. En este gesto se manifiesta el sentido profundo de la Encarnación, Dios se hace cercano al hombre para darle no solo un beneficio temporal, sino la vida divina, la comunión con Él.
En el pasaje, sin embargo, emergen dos caminos opuestos. Por una parte está el ciego, primero recupera la vista física, luego, a través de la experiencia vivida en primera persona y el diálogo con Jesús, llega progresivamente a la fe. Desde la simple constatación de un hecho, "era ciego y ahora veo", llega a reconocer en Jesús al Hijo de Dios y se postra delante de Él. La verdadera curación no es solo la de los ojos, sino la del corazón, es la salvación que Cristo dona.
Por otra parte están los judíos. Ven al hombre curado, escuchan su testimonio, no tienen obstáculos objetivos para reconocer la obra de Dios, sin embargo se vuelven cada vez más ciegos. Están cegados por su interpretación de la Ley y por su idea de Dios. Ponen la Ley antes que la misma acción de Dios, su propio esquema antes que la libertad de la gracia. Así rechazan la luz que está delante de sus ojos.
Esta ceguera puede ser también la nuestra. Es el riesgo de permanecer cerrados en nuestras ideas, en nuestra visión de Dios, de no reconocer la salvación cuando se manifiesta de modos diferentes de nuestros esquemas. Es el pecado del orgullo que nos repliega sobre nosotros mismos y nos impide acoger la novedad de Cristo.
En el camino cuaresmal, mientras nos acercamos a la Pascua de Jesús, pidamos la gracia de no permanecer ciegos ante el amor de Dios. Pidamos ser liberados del orgullo que nos cierra y nos separa. Pidamos la verdadera curación que necesitamos, la curación del corazón, la liberación del pecado. Solo la sangre de Cristo, derramada en la cruz, puede darnos la salvación y puede permitirnos reconocer en Él a nuestro Salvador.





