
13 de marzo de 2026
III Viernes de Cuaresma
Fray Alberto Pari
Un cordial saludo desde Jerusalén, soy Fray Alberto Joan Pari, Secretario de la Custodia de Tierra Santa y responsable del diálogo interreligioso.
Quisiera titular esta nuestra meditación, "No estás lejos del Reino de Dios".
Hay una pregunta que atraviesa los siglos. Una pregunta sencilla. Esencial. "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?". Estamos en Jerusalén. Es el primer siglo. El Templo domina la ciudad. Las piedras blancas brillan al sol. Entre los patios se discuten las Escrituras, se ofrecen sacrificios, se buscan respuestas. Un escriba, un hombre de la Ley, un estudioso de la Torá, se acerca a Jesús. No es un provocador. Es un buscador.
En el mundo judío del primer siglo se contaban 613 preceptos. Pero cada maestro buscaba el corazón, el centro, la raíz. Jesús responde con palabras que todo judío conocía de memoria, recitadas cada mañana y cada tarde, "Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza". Con todo. No una parte. No el tiempo libre. No las sobras. Todo. Y luego añade, "Amarás a tu prójimo como a ti mismo".
Dos frases. Un solo movimiento. Amar a Dios. Amar al hermano. Como un solo aliento. El escriba comprende. Intuye que este amor vale más que los sacrificios, más que los holocaustos, más que los ritos. Y Jesús le dice una de las frases más delicadas del Evangelio, "No estás lejos del Reino de Dios". No lejos.
Quizás esta es la palabra para nuestra Cuaresma. No lejos. Pero tampoco todavía plenamente dentro. La Cuaresma es el tiempo para acortar esa distancia.
Y ahora les propongo desplazarnos algunos siglos. De Jerusalén a Nagasaki, donde tuve la gracia de estar el año pasado precisamente en este período. Del Templo destruido a la ciudad devastada por la bomba atómica. Hay un hombre, un médico radiólogo, Takashi Nagai. El 9 de agosto de 1945 sobrevive a la explosión. Pierde a su esposa. Pierde su casa. Su salud ya está comprometida por la leucemia. Sin embargo, elige quedarse. Curar. Consolar. Reconstruir. Para él una frase del Evangelio se convierte en programa de vida, "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". No como sentimiento. Como decisión. Desde su pequeña cabaña, la llamó Nyokodō, "morada del amor por los otros", escribía que el amor es la única fuerza capaz de transformar la tragedia en ofrenda. En medio de las ruinas, elige el amor. En medio de la muerte, elige la caridad. En medio del odio, elige el perdón. He aquí un hombre que no está lejos del Reino.
Quizás también nosotros vivimos entre ruinas. No de piedra, sino de relaciones. No de bombas, sino de indiferencia. No de fuego, sino de soledad. Y volvemos a la pregunta inicial, ¿cuál es el primer mandamiento? Quizás la respuesta es más sencilla de lo que pensamos. Unificar el corazón. Dejar de vivir divididos. Amar a Dios en lo concreto del amor al hermano.
Esta Cuaresma podría ser esto, reducir la distancia. Pasar del "no lejos" al "dentro". Dentro del Reino. Dentro de una vida que huele a Evangelio.
Pidamos un corazón entero. Un corazón indiviso. Un corazón capaz de decir cada día, Señor, enséñame a amarte con todo. Y a amar a quien pones a mi lado.
Porque no hay mandamiento más grande. Y no hay camino más verdadero para entrar en tu Reino.
