1 de marzo de 2026 - Segundo Domingo de Cuaresma - fray Diego Dalla Gassa

Evangelio del día meditado por el fray Diego Dalla Gassa, Moderador de la Formación Permanente

01 Mar 2026

1 de marzo de 2026
II Domingo de Cuaresma

Fray Diego Dalla Gassa

Paz a vosotros desde la Tierra Santa. Soy Fray Diego y me encuentro sirviendo al Señor en el Monte Tabor en la fraternidad de la Transfiguración. Quiero compartir algunas luces que considero importantes para mi vida, para nuestro camino cuaresmal. El texto que hemos escuchado tiene un marco y es el anuncio de la pasión tanto antes como después. Y puede ser que también nosotros como discípulos, ante el anuncio del don de la vida y de un morir a nuestra propia voluntad, a nuestras propias ideas, puede ser que también nosotros caigamos en la oscuridad, en una visión humana, demasiado humana, según el mundo. El Señor nos toma de la mano, nos conduce aparte para subir al monte alto, allí donde él se revela como fuego ardiente que no consume la zarza.

Y también nosotros estamos llamados a quitarnos las sandalias. Y es aquí donde él se transfigura, su rostro brilla, sus vestiduras se vuelven blancas como la luz. Y la vida cristiana debe verse precisamente como un gran anuncio de este vestido de luz que recuerda nuestro bautismo, que recuerda nuestro caminar hacia el vestido de luz, hacia las bodas.

Es hermoso ver cómo también Moisés y Elías, que representan la ley y la profecía, se cumplen en Jesús. Todo anuncio respecto a la ley antigua y toda posible profecía se cumplen en Jesús.

Es aquí en esta experiencia en la que nos sentimos amados, acompañados, tomados de la mano, que como Pedro también nosotros podemos decir hagamos tres tiendas, hagamos tres tiendas. Está bien estar aquí. Cuando nos sentimos amados queremos quedarnos tranquilos, permanecer dentro de esta belleza.

Y me recuerda un texto en el que Dios dice a David, "¿Tú me construirás una casa?, soy yo quien te construye una casa, yo construiré una casa y la casa es Jesús y su casa somos nosotros." Es esta nueva morada, este nuevo templo que él ha establecido para nosotros. Él ha entrado una vez para siempre en un templo, en un santuario que no pertenece a esta creación y es allí donde se escucha la voz del Padre. Este lugar es uno de los pocos lugares donde se escucha la voz del Padre. Escuchadlo, escuchadlo.

Es algo particular, es un imperativo. Este es mi Hijo, el amado. En él he puesto mi complacencia. Y este imperativo se repite.

¿Dónde se repite? ¿Cómo podemos escucharlo? Jesús queda solo. Moisés y Elías desaparecen. La voz del Padre la hemos percibido. Él queda solo, como diciendo él es la mediación, él es a quien buscamos, podemos escucharlo y se nos pide custodiar todo esto hasta que el Hijo del hombre haya resucitado. Si escuchamos este relato es porque los discípulos lo custodiaron y ahora nos lo han transmitido como un misterio del que el Señor quiere hacernos partícipes.

También nosotros estamos llamados a acoger todo esto y llevarlo con nosotros como si fuera verdaderamente el paradigma de nuestra vida en la que podemos llevar esta belleza, esta comunión íntima, esta luz y este ser tomados de la mano, llevarlo allí donde estamos. Os pido que llevéis con vosotros un verbo de este texto, porque el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Lo que ha sucedido, sucede y sucederá.

Saludos desde la Tierra Santa, desde el monte de la Transfiguración.

Todo bien.

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