1 de diciembre de 2025 - Primeros lunes de Adviento - fray Alberto Pari

Meditación del fray Alberto Pari, Secretario de la Custodia

01 Dic 2025

1 de diciembre de 2025
Primero lunes de Adviento
fray Alberto Joan Pari, Secretario de Tierra Santa

En el Evangelio de este domingo encontramos una escena sorprendente: un centurión romano, extranjero y pagano, que se acerca a Jesús para interceder por su siervo.

Estamos en Cafarnaúm, una ciudad de frontera, cruce de pueblos. Es significativo que en el mundo judío del siglo I, profundamente marcado por la tensión con la ocupación romana, sea precisamente un representante del ejército imperial quien manifieste una de las mayores profesiones de fe de todo el Evangelio.

Para un judío de aquella época, la llegada del Mesías significaba sobre todo la liberación del pueblo, el restablecimiento de la justicia, la purificación de Israel y la fidelidad a la Torá. La figura del pagano estaba asociada a la impureza ritual y a la distancia de la Alianza.

Por eso la respuesta del centurión impacta tanto a Jesús.
No sólo reconoce la autoridad de Cristo, sino que intuye el poder de su palabra, un elemento central de la fe judía: Dios crea y salva a través de su Palabra (“dabar”). El centurión viene a decir: “No necesitas venir físicamente; tu palabra basta.” Es una fe que reconoce un rasgo profundamente judío de la revelación, aun viniendo de fuera.

Las palabras del centurión —«Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, pero di solamente una palabra y mi siervo quedará sano»— son tan poderosas que la Iglesia las ha adoptado en la preparación para la Comunión durante la Misa.

Cada vez que las pronunciamos, hacemos nuestras la maravilla y la humildad de aquel hombre:
– reconocemos que la salvación es un don, no un mérito;
– afirmamos que la Palabra de Cristo es eficaz;
– nos abrimos a un encuentro que supera nuestros límites y expectativas.

Es conmovedor pensar que todavía hoy, dos mil años después, la fe de un centurión romano resuena en los labios de millones de creyentes antes de recibir la Eucaristía.

El Adviento se abre con esta página para recordarnos que el Señor a menudo llega desde direcciones inesperadas.

El Mesías no es acogido sólo por quienes “pertenecen”, sino por quienes saben reconocerlo con un corazón sincero. La promesa de Jesús —«Muchos vendrán de oriente y de occidente» (v. 11)— anuncia un Reino que supera fronteras, que reúne a pueblos diversos en la misma mesa, como anunciaron los profetas.

En este tiempo de espera, el centurión nos invita a tres actitudes:

Humildad: reconocer la necesidad profunda que habita nuestras casas, nuestras relaciones y nuestra interioridad.
Confianza en la Palabra: permitir que una sola palabra del Señor —escuchada, meditada, custodiada— comience a sanar lo que está herido.
Apertura a lo inédito: dejar que Dios sorprenda nuestras imágenes rígidas, visite nuestros límites y se deje encontrar donde menos lo esperamos.

El centurión no pide un signo, no exige, no exhibe méritos: simplemente confía.

Ésta es la fe que inaugura el Adviento: una fe que espera, que escucha, que se entrega a una sola Palabra para comenzar a vivir desde ahora el Reino que viene.

Que el camino de este Adviento nos haga capaces de decir con verdad, cada día:
«Señor, no soy digno… pero di solamente una palabra.»

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