San Francisco Ad Coenaculum

El convento de San Francisco Ad Coenaculum se encuentra cerca del Cenáculo, donde la tradición sitúa la Última Cena y Pentecostés. Precisamente en el Cenáculo, la Custodia de Tierra Santa construyó su sede principal en el momento de la fundación en 1333.  El título oficial del Custodio de Tierra Santa, de hecho, hoy sigue siendo “Guardián del Monte Sion y del Santo Sepulcro”, por la gran importancia de ambos lugares.
Los frailes menores vivieron en el convento del Cenáculo en el Monte Sion desde el siglo XIV al XVI, cuando fueron expulsados por los otomanos.  Regresaron al Monte Sion en 1936, en viviendas compradas por los palestinos y adaptadas para la fraternidad.  Son el núcleo original de lo que hoy es el convento de San Francisco Ad Coenaculum, rebautizado cariñosamente como “Pequeño Cenáculo” o “Cenacolino”.  

El reconocimiento del Cenáculo como lugar de la Última Cena está atestiguado desde los primeros siglos del cristianismo. También fue la residencia de la primitiva Iglesia apostólica.
En la segunda mitad del siglo IV, los cristianos transformaron la pequeña iglesia en una gran basílica que llamaron “Santa Sion” y “Madre de todas las iglesias”, debido a su origen apostólico.  La iglesia de Santa Sion sufrió varias destrucciones y restauraciones; posteriormente fue reconstruida desde los cimientos en época cruzada (siglo XII) y rebautizada con el nombre de “Santa María en el Monte Sion”.
Tras la demolición de 1219, ordenada por el sultán, solo se mantuvo en pie la capilla del Cenáculo (medieval) con la Tumba de David conmemorativa subyacente.

En 1333 los franciscanos pudieron adquirir el lugar, como regalo de los soberanos de Nápoles, Roberto de Anjou y Sancha de Mallorca, que se convirtió en la primera sede de la Custodia de Tierra Santa. Entre muchas dificultades, el convento estuvo habitado hasta 1552, cuando los frailes fueron expulsados por los otomanos, que transformaron el Cenáculo en mezquita.  Desde ese momento, en la sala del Cenáculo no es posible celebrar misas, pero a los franciscanos se les permite acceder allí oficialmente en oración el día de Pentecostés.  Además, desde hace menos de diez años, los franciscanos de la Custodia de Tierra Santa hacen una parada en el Cenáculo en su peregrinación del Jueves Santo, donde realizan el rito del lavatorio de pies.

Tras la expulsión del Cenáculo
Tras su expulsión del Cenáculo, los frailes al principio fueron acogidos por los armenios. Mientras tanto, compraron el convento de San Salvador (donde todavía tienen la sede central), que se encuentra en la ciudad vieja, a pocos pasos del Santo Sepulcro.  En 1559 encargaron construir la iglesia de San Salvador en la primera planta, en recuerdo del Cenáculo, la llamada “habitación en el piso superior”.  A partir de 1561, el papa Pio IV otorgó a San Salvador las mismas indulgencias concedidas al Cenáculo, que el papa León XIII confirmó 324 años después.  Será esta pequeña iglesia la que vería renacer la vida católica en la ciudad santa, de manera organizada, convirtiéndose en la sede de la primera parroquia católica de Jerusalén.

Sin embargo, para mantener su presencia en el Monte Sion, en 1936 los franciscanos decidieron vivir en una casa no muy lejos del Cenáculo, adquirida por los palestinos, que se convirtió en el convento de San Francisco Ad Coenaculum, (llamado Cenacolino).  Después se construyó una capilla en memoria de la Eucaristía.  El 12 de octubre de 2014 se inauguró la restauración del convento de San Francisco en el Cenáculo con la creación de una capilla dedicada al Espíritu Santo y el nuevo jardín para el descanso de los peregrinos.

La última cena

Lamentablemente, los evangelistas no han dejado indicaciones exactas sobre la casa en la que habrían tenido lugar los acontecimientos de aquella noche – quizá precisamente porque era un lugar demasiado conocido en tiempos de la Iglesia original.  Por el tono de seguridad de la pregunta de Jesús también se deduce que el Maestro ya era muy conocido por el propietario de la casa.  Para nosotros hoy, el único dato seguro es que se trataba de “una gran sala en el piso de arriba” y allí, probablemente invitado por una familia acomodada, Jesús celebró la Última Cena con sus discípulos.

 

“El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?». Él envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la ciudad, os saldrá al paso un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y en la casa adonde entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con mis discípulos?”. Os enseñará una habitación grande en el piso de arriba, acondicionada y dispuesta. Preparádnosla allí».  Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua.

Al atardecer fue él con los Doce. Mientras estaban a la mesa comiendo dijo Jesús: «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar: uno que está comiendo conmigo». Ellos comenzaron a entristecerse y a preguntarle uno tras otro: «¿Seré yo?». Respondió: «Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito; pero, ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre será entregado!; ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».  Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo».  Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios». Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos” (Mc 14,17-26).

 

El lavatorio de los pies

En el evangelio de Juan no se describe la última cena de Jesús, que se da por sentada. Sin embargo, Juan narra el episodio del lavatorio de los pies para transformarlo en un momento clave de la partida de Cristo, que arroja luz sobre toda su existencia y ofrece a los discípulos reunidos para la cena, ayer y hoy, un ejemplo extraordinario:

 

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».  Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo».  Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».  Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios». Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. Os lo digo ahora, antes de que suceda,para que cuando suceda creáis que yo soy” (Jn 13,1-19).

 

Después de la Resurrección

Después de los acontecimientos de la Pascua, cuando los discípulos estaban reunidos «la tarde del primer día de la semana», Jesús se les presentaría de nuevo, mostrándose en todo su poder de Resucitado (Jn 20,19-23).

Y «a los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos» (Jn 20,26).  ¿Dónde, si no en aquella misma sala en el piso superior en la que se habían reunido antes de la Pasión?  Tanto es así que Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, habla de la «habitación del piso superior» como si fuese obvio de cuál se trataba.  Allí era donde la comunidad primitiva tenía su base estable después de la ascensión de Jesús (Hch 1,12-14).

 

Pentecostés

Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse. Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo. Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua». Palabra de Dios  (Hch 2, 1-11)

El convento de San Francisco en el Cenáculo en el monte Sion fue construido a partir de la adaptación de un complejo de casas árabes alrededor de 1936 por el padre Jaime Lull, con el objetivo de ofrecer a los peregrinos la posibilidad de celebrar los misterios propios del Cenáculo en un lugar cercano al santuario.  Dado el creciente aumento del flujo de peregrinos, se solicitó la ampliación de los espacios de celebración.  Con ese fin, la Custodia de Tierra Santa decidió ampliar la capilla inferior y dar un nuevo diseño al jardín, con la colaboración del artista Michele Canzoneri y de la artista y arquitecta Rossella Leone.

El jardín
La arquitectura conventual casi siempre va acompañada de un jardín cerrado y porticado para la continuación natural de la oración en el espacio abierto destinado a los cultivos medicinales. El jardín anexo al convento de San Francisco, en cambio, se adecua a las nuevas necesidades funcionales para mejorar la acogida de los peregrinos, y no se presenta como el clásico claustro. El nuevo diseño se caracteriza por una fuerte connotación escultórica en piedra blanca de Jerusalén y se convierte en una especie de laberinto abierto. De este modo, los peregrinos pueden avanzar en un recorrido señalizado que va desde la verja de entrada al pequeño atrio sobre el que se abre el portal de la nueva capilla inferior dedicada al Espíritu Santo.
En el jardín, completamente de piedra blanca, como blanca es Jerusalén, se han plantado varios árboles: un algarrobo, un pino monumental, palmeras, cipreses, olivos y lauros, cítricos, acacias, árboles de Judas – porque todo empieza con la traición – y almendros – símbolo de la vigilancia –, y en él resuena el flujo del agua en el estanque con peces.
    
La capilla inferior

Michele Canzoneri ha rediseñado el espacio interior de la capilla inferior, construida entre los dos vanos con bóvedas de crucero, según un plan preciso, luminoso y litúrgico.  La entrada de la luz está modulada por la vidriera/escultura del ábside, orientada hacia el Cenáculo.  Las otras siete vidrieras (realizadas en su estudio de Palermo, en vidrio soplado y sólido, vidrio acrílico y pigmentos) siguen los temas teológicos escogidos por fray Enrique Bermejo, presidente del convento, junto con el artista: Lavatorio de los pies, Apariciones ante los discípulos, Apóstoles con María, Pentecostés, Discurso de Pedro, Bautismo (entrada principal a la capilla desde el jardín), Eucaristía (acceso interno desde el convento).
Para los polos litúrgicos, altar, ambón y sede, se seleccionaron piedras en las canteras del lugar, que después se trabajaron en varios talleres de Belén.
Además, completan sus obras: el crucifico de resina y vidrio soplado con los colores de la tradición franciscana, la puerta de la sacristía en madera de ciprés – mesa del cenáculo – dividida en doce paneles marcados por doce clavos de vidrio. Los nuevos espacios del Cenacolino se inauguraron el 12 de octubre de 2014.

Monasterio de San Francisco Ad Cœnaculum

P.O.B. 14039

91140 Mount Sion – Jerusalem

Tel: +972. 02 / 671.35.97

Fax: +972. 02 / 671.09.81

 

Horario San Francisco Ad Coeanaculum

Verano (Abril-Septiembre)

8:00 - 12:00 / 14:30 - 17:00

Invierno (Octubre-Marzo)

8:00 - 12:00 / 14:30 - 17:00

 

Horario Cenáculo

Verano/invierno

8:00 - 18:00