Visitar, creer, regocijarse: la fiesta de la Visitación en Ein Karem

El sábado 31 de mayo de 2025 los frailes de la Custodia celebraron, siguiendo la tradición, la fiesta de la Visitación en el santuario de Ein Karem, a pocos kilómetros de Jerusalén. Este evocador lugar, que la tradición cristiana identifica como el hogar de Zacarías e Isabel, acogió a los peregrinos y religiosos en un ambiente de alegría y oración, para conmemorar el encuentro entre María e Isabel narrado en el Evangelio de Lucas (1, 39-56).

En su homilía, el Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton, dirigió la celebración con una reflexión centrada en tres verbos fundamentales: visitar, creer, regocijarse. Un recuerdo personal dio inicio a la meditación: hace nueve años, precisamente en la Visitación, él hizo su primera parada espiritual en Tierra Santa, antes de la entrada solemne en Jerusalén. Desde entonces, el camino de custodia de los Santos Lugares se ha entrelazado con el significado profundo de esta fiesta mariana.

La Visitación en Tierra Santa

La memoria litúrgica de la Visitación de María a Isabel es muy antigua y data al menos del siglo XIII, aunque fue introducida oficialmente en el calendario romano en 1389 por el papa Urbano VI y fijada el 2 de julio. Después de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, la fecha fue trasladada al 31 de mayo, situándola simbólicamente entre la Anunciación (25 de marzo) y la Natividad de Juan Bautista (24 de junio). En Tierra Santa, el santuario dedicado a la Visitación, situado en el pueblo montañoso de Ein Karem, es un punto neurálgico de peregrinación, apreciado por su belleza y por su intensa carga espiritual. La iglesia, construida por los franciscanos en el siglo XX sobre ruinas más antiguas, custodia el Magnificat en más de cuarenta idiomas, testimonio de la universalidad del mensaje evangélico.

Visitar: un gesto de amor concreto

En la homilía, el primer verbo comentado fue visitar. María, tras recibir el anuncio del ángel en Nazaret, se pone en camino “deprisa” para llegar hasta su anciana prima Isabel, embarazada, que pensaba que era estéril. Visitar, subrayó el Custodio, no es solo un desplazamiento físico sino un movimiento del corazón: es cuidar, mostrar cercanía, llevar el regalo de la presencia. Y en María, el regalo es el más grande: Jesús, Dios-con-nosotros. No es casualidad que la Escritura hable a menudo de la visita de Dios a su pueblo para indicar su misericordia salvífica.

Esta dinámica de “visitar” se convierte también en una llamada concreta para nosotros: visitar a los enfermos, a los ancianos, a nuestros hermanos y hermanas en sus necesidades espirituales y materiales, como signo de esperanza y fraternidad.

Creer: confiar profundamente en Dios

El segundo verbo es creer, el centro de la relación entre María y Dios. “Bienaventurada la que ha creído”, exclama Isabel en el Evangelio. María se convierte así en un icono de la fe libre, voluntaria, personal y profunda. Creer, recordó el Custodio, significa abrirse a la Palabra de Dios y dejar que actúe en nuestra vida. Esta confianza es la que permite a María vivir cada etapa de su existencia – desde la Anunciación a la Cruz – con la certeza de que Dios es fiel a sus promesas.

Alegría: una alegría nacida del Espíritu

Finalmente, regocijarse. El Evangelio de la Visitación es una escena de júbilo: Isabel se alegra, el pequeño Juan salta en su vientre, María entona el Magnificat, e incluso Jesús, todavía invisible, ya está presente en la plenitud de su divinidad. Es la alegría del Espíritu, que no niega el sufrimiento del mundo sino que lo transforma, haciéndonos ver la historia con los ojos de Dios. “En un tiempo marcado por guerras, pobreza y violencia – dijo el Custodio – el Espíritu nos hace bailar, nos da ojos nuevos y una esperanza viva”.

Una oración para el camino

Para concluir la celebración, el Custodio citó una oración escrita por monseñor Tonino Bello, obispo pullés y profeta de la paz, invocando a María como compañera de viaje y madre solícita. “Convertidos también nosotros en peregrinos en la fe – recitó – llegaremos pronto a la ciudad, llevando los mismos frutos de alegría que tú llevaste a Isabel”.

Un mensaje contundente para todos los creyentes: el de ser, como María, portadores de alegría, visitantes cariñosos, creyentes firmes, bailarines en el Espíritu.

Este 31 de mayo de 2025, desde Ein Karem se eleva una llamada universal: redescubrir la belleza de la visita, la fuerza de la fe y la profecía de la alegría. Porque realmente – como canta María – “el Poderoso ha hecho obras grandes en mí”.

Francesco Guaraldi

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