San Esteban y el tiempo del cambio

Siguiendo una antigua tradición, también este año un pequeño grupo de franciscanos de la Custodia de Tierra Santa, junto con algunos religiosos y religiosas que viven en Jerusalén, realizaron la peregrinación anual al lugar del martirio de San Esteban el día en que la Iglesia celebra su conmemoración.

Los peregrinos medievales narran que en este lugar, situado en el exterior de la “puerta de San Esteban”, como la llamaban los cristianos en el pasado, o “puerta de los Leones”, había una escalinata de piedra que quedaba del camino que descendía del Templo. En este lugar los peregrinos solían recordar la lapidación de San Esteban, aunque no se tiene certeza absoluta sobre el sitio exacto de su lapidación.

Propiedad de los greco-ortodoxos, la pequeña iglesia que se alza en el lugar donde se recuerda el martirio de San Esteban fue construida en 1967. En sus paredes se pueden ver varias representaciones referentes a la historia de San Esteban: la consagración de los siete diáconos con la imposición de manos (Hch 6,1-6), la lapidación y la autodefensa del Santo (Hch 7), y el descubrimiento de sus reliquias gracias a Luciano en el 415. El amplio terreno detrás de la propiedad de los ortodoxos griegos, sin embargo, es propiedad de los franciscanos: precisamente en este lugar se han realizado recientemente importantes descubrimientos arqueológicos.

La celebración fue presidida por fray Stéphane Milovitch, director de la Oficina de Bienes Culturales de la Custodia. La homilía, pronunciada por fray Andrija Majić, se centró en la figura del Santo. “No sabemos mucho de San Esteban, pero toda esa información es menos importante que el hecho de que dio su vida por Cristo”, comentó fray Andrija. “Sin embargo, sabemos que la vida de Esteban, en un determinado momento, cambió.  San Agustín decía que, antes de la creación del mundo, no existía el tiempo, solo cuando se produce un cambio podemos empezar a contar el tiempo.  En nuestro microcosmos pasa lo mismo: el tiempo empieza cuando decidimos dar el primer paso hacia el cambio, y ahí comienza también nuestra partida. Antes de eso no hay juego, solo somos aficionados, observadores anónimos que no ganan nada si no participan activamente en el juego”.

En conclusión, se nos invita a entrar plenamente en el juego, como hizo San Esteban, en la partida de nuestra vida para jugar al “juego de Dios”.

Al final de la celebración, el guardián del convento de Getsemaní, fray Benito José Choque, intervino para dar las gracias a los asistentes e invitarles a orar por las víctimas de la pandemia “para que también ellos, como Esteban, puedan decir en su última hora: «Señor Jesús, acoge mi espíritu»”.

 

 

Giovanni Malaspina