“Ramadan Karim”: signos de esperanza en una Jerusalén todavía herida

Es tarde en Jerusalén, el sol se está poniendo y el cañón que anuncia el iftar acaba de disparar en los alrededores de la Puerta de Damasco. No muy lejos, cerca de la Puerta Nueva, cierta agitación parece interrumpir la alternancia casi mecánica de los rituales que marcan el tiempo en esta ciudad.  Las miradas desconcertadas son las que más llaman la atención. No se trata de los enfrentamientos cada vez más frecuentes que han acompañado todo el mes de abril por estos lares. Por el contrario, asistimos a un escenario muy distinto, repleto de esperanza inesperada. Aquí mismo, un grupo de ciudadanos judíos, ayudados por algunos jóvenes frailes de la Custodia de Tierra Santa, se apostaron para ofrecer a sus conciudadanos musulmanes agua y comida, al final de la jornada de ayuno.  En el mes del Ramadán, de hecho, los fieles musulmanes observan la abstinencia de alimento durante todas las horas de luz diurnas. Se observan ojos llenos de sorpresa entre la gente que se detienepara recibir una botella de agua, dátiles o un pequeño snack. Un inesperado gesto de cortesía cuando más se necesita, por parte de quien probablemente menos te esperarías.

Esto se presenciaba el lunes 25 de abril en Jerusalén, en un ambiente de concordia y cordialidad surrealista. Se trata de una iniciativa promovida a partir de 2019, cuando las tensiones sociales entre los diversos grupos étnicos de Tierra Santa alcanzaron niveles muy altos de violencia.  En esemomento, amigos de la sinagoga Sion y cristianos de la comunidad católica de lengua hebrea se propusieron mostrar signos de cercanía a los ciudadanos árabes por parte de los israelíes. Para ello, se pensó organizar todos los jueves una distribución de dátiles y agua al final del ayuno diario, que los musulmanes observan durante todo el mes del Ramadán.

Sin embargo, tras dos años de parón por la pandemia, la situación parece no haber cambiado, ya que las páginas de las crónicas siguen repletas de noticias trágicas que relatan los enfrentamientos y hostilidades en el ámbito de la cuestión no resuelta entre Palestina e Israel. Tensiones que, naturalmente, repercuten en la heterogénea ciudadanía local, llamada a convivir en un contexto rico en diferencias religiosas, culturales, económicas y lingüísticas, que en principio no favorecen un ambiente de distensión entre los distintos segmentos de la sociedad.

En este marco tan delicado, sin embargo, no faltó el empuje para replicar la iniciativa de hace tres años. Se esperó a la relajación de las medidas contra el Covid para volver a plantear este gesto de solidaridad y de amistad ante la proximidad del fin del Ramadán. Una acción que tiene un valor interreligioso inestimable, al ser una oportunidad de encuentro y diálogo entre grupos humanos entre los que a menudo existe un régimen de incomunicación. Se hallaban presentes los miembros de la Kehilat Zion (comunidad de la sinagoga de Sion) y algunos frailes de San Salvador, coordinados por fray Alberto Joan Pari, responsable del diálogo interreligioso para la Custodia. Además de ellos, participaron con gran entusiasmo algunos miembros de la asociación israelí Tag Meir y especialmente su presidente, el Sr. Gadi Gvaryahu; este último, declaró después en una publicación en Facebook: “nunca hubiera pensado que el agua y unos simples dátiles pudieran adquirir un significado tan profundo”, demostrando que esta experiencia de encuentro y de intercambio no dejó indiferente a ninguna de las partes.

La impresión es que iniciativas como esta hablan realmente al corazón de las personas que viven aquí, mucho más de lo que se puede percibir desde fuera, a través de noticias que trasmiten mensajes que no tienen nada que ver con los anuncios de paz expresados por las tres grandes religiones representadas aquí. El simple regalo de agua y dátiles adquiereun valor simbólico importantísimo en unaépoca en que, por otra parte, coinciden en el calendario las principales fiestas religiosas del cristianismo, el judaísmo y elislam.  Naturalmente, se trata de un pequeño gesto que no pretende resolver el problema secular que oprime a esta tierra, ni superar las divisiones lacerantes que el conflicto produce entre la gente de esta ciudad. Pero, sin embargo, es unsigno de fraternidad y de distensión, un intento de humanizar la convivencia, de relacionarse con losotros con respeto, superando diferencias que de otro modo serían irreconciliables.

 

Filippo De Grazia