Pentecostés en Jerusalén: de San Salvador al Cenáculo

El domingo 9 de junio también en Jerusalén se celebró la solemnidad de Pentecostés. Fueron varias las celebraciones, y para los franciscanos hubo dos momentos centrales: la misa solemne en la iglesia de San Salvador y las Vísperas en el Cenáculo.

La primera fue presidida por el Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton. Durante su comentario al Evangelio, el Custodio recordó el significado de la fiesta de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua, así como la fiesta judía deShavuot.  Esta festividad judía, que este año se celebró el mismo día, recuerda la entrega de la ley a los cincuenta días de la salida de Egipto.  “A su manera, también el Pentecostés cristiano tiene que ver con la entrega de la Ley”, dijo el Custodio haciendo un paralelismo entre las dos celebraciones, “porque el Espíritu escribe la Palabra de Dios, el mandamiento nuevo del amor, dentro de nuestro corazón, nos recuerda las palabras de Jesús”.  Para terminar, fray Patton recordó el capítulo X de la Regla Bulada de San Francisco, que habla de la necesidad de desear el Espíritu por encima de cualquier cosa, para permitir que actúe en nosotros,  apoyándolo.

El segundo momento de la celebración de Pentecostés tuvo lugar dentro del Cenáculo, con la oración de las Vísperas presidida por el vicario de la Custodia de Tierra Santa, fray DobromirJasztal. Desde el convento de San Salvador, una larga procesión, con los frailes de la Custodia a la cabeza, llegó a la concurrida sala del Cenáculo donde se unieron a los franciscanos numerosos fieles con cantos y oraciones.  Siguiendo la invitación del vicario, la oración del Padrenuestro en los múltiples idiomas de los asistentes fue, según dijeron algunos de los presentes, el momento más emocionante.

El vínculo entre los dos lugares, San Salvador y el Cenáculo, no es casual, especialmente en este día. El primer lugar que los franciscanos habitaron fue el Monte Sion y allí custodiaron el Cenáculo hasta 1551.  Ese año, los turcos expulsaron a los frailes obligándoles a regresar dentro de las murallas de la ciudad.  Precisamente debido a esta expulsión del Cenáculo, el papa Pío IV, en 1561, concedió a San Salvador las mismas indulgencias otorgadas al Cenáculo, que el papa León XIII confirma 324 años después.  “Para nosotros es muy bonito poder celebrar en este entorno”, comentó el Custodio fray Patton en la celebración matutina, “hoy pedimos el don del Espíritu Santo para que queme todo lo que es enemistad y hostilidad y traiga también a esta tierra una época de paz”.

Giovanni Malaspina