Mensaje de Navidad 2005

Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc 2,11-12)

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, como ayer, el Señor viene a trastornar nuestras esperanzas:
esperábamos un Señor – y aparece un recién nacido
esperábamos la gloria del Mesías – y tiene, por trono, un pesebre
esperábamos la paz – y vemos un mundo roto, Iglesias divididas, y nuestros corazones confundidos.
Dejemos que resuene en nosotros esta palabra:
hoy, en esta noche de Navidad, nos ha nacido un Salvador. Es el Mesías, el Señor, el príncipe de la paz.
No tenemos la menor duda: esta palabra se realiza para nosotros hoy, porque hoy el Verbo se ha hecho carne.
Y nos toca a nosotros transformarla en vida en nuestros corazones.
¿Quién es mi madre, quiénes son mis hermanos?
Los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica (Lc 8,19-21).
Es nuestra responsabilidad, hoy, ser madre y hermanos de Jesús nuestro Salvador.
Somos nosotros, hoy, los llamados a construir su reino de Paz, aquí, en esta Tierra Santa desgarrada, al igual que en el resto del mundo…
Nosotros podemos hacer que cada día crezca en nosotros la Palabra, el conocimiento del Hijo de Dios, hasta llegar a la plenitud que conviene a la plena madurez de Cristo (Ef 4,13).
¿Es un trabajo demasiado difícil?
La filósofa y mística Simone Weil ha escrito:
“Amemos el mundo así como es. Es nuestra realidad, una realidad que se resiste al amor”.
No nos dejemos amedrentar por nuestras resistencias ni por las que encontramos en los demás:
unas y otras son signo de nuestra humanidad,
esa misma humanidad que, por amor, en la noche de Navidad, el Mesías vino a transfigurar.
Sobre esta Tierra Santa, como sobre cada una de vuestras tierras sagradas,
hemos sido llamados a ser custodios del tesoro que nos han ofrecido vivir y hacer vivir.
Hoy ha nacido un Salvador, prorrumpid en cantos de alegría, porque el Señor ha consolado a su pueblo.
El Señor ha mostrado la fuerza de su brazo ante todas las naciones.
Y todos los confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios (Is 52,10).
Custodios de tanta esperanza, nosotros, franciscanos de Tierra Santa, auguramos, de corazón, a todos vosotros, hermanos y hermanas, una feliz y santa Navidad.