Los estudiantes franciscanos de Jerusalén recorren los lugares bíblicos de Galilea

Los estudiantes franciscanos del Estudio Teológico de Jerusalén disfrutamos de unas merecidas vacaciones-estudio de 4 días en Galilea, tras la laboriosa Semana Santa, en la que participamos activamente en todas las celebraciones litúrgicas en el Santo Sepulcro y demás santuarios de Judea, relacionados con el misterio Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

Siguiendo las palabras que Jesús Resucitado dirigió a sus discípulos “…id y anunciad a mis hermanos que vayan a Galilea y allí me verán” (Mt. 28, 10). También nosotros, después de haber celebrado Su resurrección en Jerusalén, nos trasladamos a Galilea, para poder encontrarle. Salimos el martes 18 de abril, pasado el mediodía, inmediatamente después de haber participado al intercambio de felicitaciones por la Pascua con los Patriarcas griego, copto y armenio en el convento franciscano de San Salvador.

La guía histórico-arqueológica corrió a cargo de fray Eugenio Alliata, profesor del Studium Biblicum Franciscanum de Jerusalén, quien siempre nos sorprende por sus vastos conocimientos y la simplicidad con que los sabe trasmitir. A la cabeza del grupo de los 26 estudiantes se encontraban los dos vicemaestros de la formación, fray Noël Muscat y fray Enrique Bermejo.

La primera parada fue en las ruinas del castillo cruzado de Belvoir, en las inmediaciones de la actual Beit-Shean. Punto estratégico desde el que se disfruta de una esplendida vista del valle del Jordán hasta el lago Tiberíades. La visita sirvió como pausa para la comida, un picnic preparado por las hermanas maltesas que se ocupan de las cocinas de San Salvador, sede principal de la Custodia y de nuestro Estudiantado. Tras recorrer la impresionante fortaleza nos dirigimos a Tiberíades para visitar las antiguas termas, pero se encontraban cerradas, quizás a causa de la festividad hebrea de Pesaj. En esta ciudad, Tiberíades o Tiberias, nos alojamos en la Casa Nova, la nueva casa que desde siglos acoge peregrinos y es gestionada por los franciscanos con este objetivo.

El día siguiente, miércoles 19, lo dedicamos a la visita de las memorias cristianas que se encuentran a orillas del lago Tiberíades, escenario de la mayor parte de la vida pública de Jesús. Tras la visita a la iglesia benedictina del milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que conserva mosaicos que muestran este recuerdo e incluso una piedra que la piedad de los peregrinos medievales señala como lugar en el cual Jesús depositó los panes y peces multiplicados (Mc 6, 30-44), visitamos la propiedad franciscana de Tabga, con las ruinas de la primera iglesia erigida para recordar el Sermón de la montaña (Lc 6, 20-26), ruinas que los peregrinos describen a lo largo de los siglos y la iglesia del Primado de San Pedro, en el lugar que la tradición siempre señaló como memoria de la consagración del Apóstol como Pastor y Cabeza de la Iglesia universal (Jn 21, 15-19) por parte del Cristo Resucitado. Desde aquí pasamos a visitar las ruinas de Betsaida, ciudad que según algunos sería la patria de Pedro Andrés y Felipe, Apóstoles de Jesús. Desde aquí nos dirigimos a Kursi, en la orilla oriental del lago, donde vimos las ruinas de la gran Iglesia y monasterio bizantinos y de una pequeña capilla encaramada en las faldas de la montaña que, podría recordar el milagro de la liberación del endemoniado poseído de una “Legión” de demonios (Mc. 5, 1-20).

Tras la comida en el Kibbutz de En-Guev hicimos un recorrido por el lago en uno de los barcos disponibles para los visitantes, a fin de tener una visión panorámica de todo el perímetro de este santuario vivo, recordando algunos pasajes evangélicos que han tenido sus aguas como protagonistas (Lc. 8, 22-25; Mt. 14, 24-34). Tras este sugestivo pasaje nos dirigimos por carretera a Cafarnaún, ciudad en la que Jesús vivió durante el tiempo de su ministerio en el lago (Mt. 4, 13), y que conserva las ruinas de una imponente sinagoga del IV-V siglo d.C., y de una iglesia bizantina octogonal construida sobre la casa del Apóstol Pedro, en la que Jesús realizo numerosas curaciones (Mt 9, 1-8).

El jueves 20, nos trasladamos hacia el extremo norte de la Galilea, en la región del monte Hermón, en los confines con Líbano y Siria, donde se encuentran las fuentes del Jordán. Por el camino visitamos las ruinas de Hatzor, antigua ciudad cananea y posteriormente israelita, situada en la antigua Via Maris que comunicaba Egipto con Siria y Mesopotamia, por ello importante enclave estratégico, de ahí sus imponentes ruinas y las grandes dimensiones de la ciudad.

Finalmente alcanzamos Tel-Dan, ciudad en la cual Jeroboán construyó un templo, que junto al de Bet-El, se presentaba alternativo al de Jerusalén (1Re. 12, 25-30) y del cual quedan numerosos restos, aunque si modificados en época helenística. Además de esto la ciudad conserva intactas parte de sus antiguas murallas y la puerta monumental del tiempo del Reino de Israel, además de la muy bien conservada puerta de la muralla cananea, construida en ladrillo de arcilla y dotada de tres esplendidos arcos. El conjunto se encuentra inmerso en una maravillosa reserva natural que protege las fuentes del río Jordán. En otra no muy distante, se encuentra Banias, la antigua Panias (ciudad dedicada al dios Pan), trasformada por Filipo, hijo de Herodes, en la capital de su reino y llamada entonces Cesarea de Filipo: cerca de esta ciudad habría tenido lugar, según el Evangelio, la profesión de fe de Pedro: ” Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Vivo” (Mt. 16, 13-16).

La tercera fuente den Jordán situándose en el Líbano, no nos fue posible visitarla, pero el manantial al que da origen lo atravesamos poco antes de llegar a Banias: es el río Senir.

El último día del viaje fue dedicado a la visita de la región de Nazaret. La primera etapa fue Caná de Galilea, cuyas excavaciones fueron realizadas por el mismo fray Eugenio Alliata, nuestro hermano y guía, quien nos explicó que si bien no se sabe a ciencia cierta si es esta la Caná donde Jesús realizó el primer milagro (Jn. 2,1-12), los peregrinos desde hace siglos situaron aquí el recuerdo de la transformación del agua en vino. Tras la visita a este esplendido santuario, visitamos las ruinas de Séforis, que se descubrieron tras la expulsión de la población árabe durante la guerra árabe-israelí del 1948. Las ruinas datan del periodo romano y bizantino y se desarrollan hasta el periodo cruzado: preciosos sobre todo los mosaicos encontrados en la llamada “Casa del Nilo”, los de la “Casa de Dionisos” y los encontrados en la antigua sinagoga.

Finalmente a la hora de comer llegamos a Nazaret, última etapa de nuestro viaje, donde pudimos admirar los restos de los diversos lugares de culto construidos alrededor de la Casa de María, lugar de la Anunciación, y actualmente agrupados en el complejo de la gran Basílica, regida por nuestros hermanos franciscanos. Tras la visita a la fuente de la ciudad, donde María, la madre de Jesús, venía a recoger agua, visitamos la construcción cruzada que los antiguos peregrinos consideraban la sinagoga donde Jesús habría inaugurado su ministerio (Lc.4, 16-21). De este modo, un poco cansados, y al mismo tiempo muy enriquecidos por los muchos conocimientos adquiridos y de las experiencias hechas en fraternidad, se concluyó nuestra excursión por Galilea. Quizás en el continuo ir y venir de un lugar a otro no nos fue siempre posible encontrarnos con el Señor, al menos como nos lo habíamos propuesto. Pero Galilea conserva aún hoy los mismos paisajes y la misma atmósfera de los tiempos de Jesús y no ha sido raro sentir su presencia entre nosotros, como hace dos mil años prometió como Resucitado revelarse aquí a sus Discípulos.