La vigilia de Pascua en el lugar de la Resurrección

La “madre de todas las vigilias”, la vigilia de Pascua, celebrada en el lugar de la Resurrección: es el privilegio que tiene cada año la Iglesia de Tierra Santa. En las primeras horas del Sábado Santo, una asamblea formada por cristianos locales, comunidades religiosas y frailes de la Custodia de Tierra Santa se reunió en la basílica del Santo Sepulcro para la liturgia pascual. El adelanto de la misa a la mañana se remonta al Concilio Vaticano II y se ha mantenido, por motivos relacionados con el Status Quo, que regula la vida de las comunidades cristianas del Santo Sepulcro.

El rito del “lucernario” frente a la puerta de la basílica dio comienzo a la celebración, que se vivió con más intensidad que de costumbre.  Debido a la emergencia por la pandemia del coronavirus, de hecho, el año pasado no se permitió la participación de público en los actos de la Semana Santa. En cambio, este año los fieles de Jerusalén asistieron con alegría a la misa solemne en la “iglesia de la Resurrección”, como es conocida por los oriundos.

“En estos Santos Lugares del Calvario y de la Resurrección, que fueron testigos de la muerte y resurrección del Señor, oramos para que Dios nuestro Padre lleve a cabo esta obra de salvación que comenzó con la Pascua”, dijo monseñor Pizzaballa, Patriarca Latino de Jerusalén, que presidió la celebración.

Durante la liturgia de la Palabra, siete lecturas y siete salmos del Viejo Testamento narraron las maravillas que el Señor ha hecho por su pueblo.  Después, los frailes de la Custodia de Tierra Santa, que custodian el Santo Sepulcro, tocaron las campanas a fiesta en el momento del “Gloria”. Tras la Carta de San Pablo, llegó el Evangelio del anuncio de la Pascua, proclamado ante la entrada al sepulcro vacío, siguiendo una antigua tradición ligada a este lugar.

Durante la celebración también se repitió la renovación de las promesas bautismales, antes de la aspersión con agua bendita y la inmersión del cirio pascual.

En su homilía, el Patriarca Latino explicó que el hilo conductor de las lecturas del día es la fidelidad de Dios a Su promesa y, después, reflexionó sobre los tres verbos del Evangelio: comprar, ver e ir.  Cuando las mujeres van al Sepulcro, de hecho, ya el día antes habían adquirido los aceites para dar digna sepultura a Jesús. “Hoy somos invitados a aprender de estas mujeres a vivir la pérdida – dijo monseñor Pizzaballa –, a gastar realmente nuestra vida por amor a Cristo, a mirar la cruz como la medida de ese amor que nos ha redimido y esta tumba vacía como el anuncio de una vida eterna para todos nosotros”.

Según el Patriarca Latino, además, todos necesitamos un signo que ver y una palabra que escuchar, y aun así no es posible explicar la resurrección, sino que solo se puede “experimentar” gracias a testigos creíbles: “el primer testigo es la Iglesia, lugar donde el Resucitado nos habla, a través de los sacramentos y el anuncio de la Palabra. El Evangelio nos invita hoy a ser una Iglesia valiente, que no teme la soledad ni la incomprensión, que se encuentra cada día con el Resucitado y lo manifiesta serenamente al mundo con una palabra clara y segura, con un testimonio libre, decidido y apasionado”.

Para ver y dar testimonio del resucitado, sin embargo, primero hay que moverse: las mujeres fueron pronto al sepulcro, donde vieron la tumba vacía y el ángel. Así, “no se encuentra al Resucitado si no se va al Sepulcro y uno se queda encerrado en sus propios cenáculos”. “Si hoy día hay un testimonio más necesario que nunca, es precisamente el de la esperanza. Los signos del miedo se muestran por sí mismos, pero no deben detener nuestra caridad”, añadió el Patriarca Latino, “¡Ojalá nuestra Iglesia de Tierra Santa pueda experimentar también hoy al Resucitado– concluyó monseñor Pizzaballa –, vivir en Su luz, alegrarse con Su presencia, nutrirse de Su amor y seguir desgastándose por la vida del mundo!”.

 

Beatrice Guarrera