
Los frailes franciscanos de la Custodia de Tierra Santa celebraron, el 2 de abril, la tercera peregrinación cuaresmal a la iglesia de la Flagelación en Jerusalén.
La iglesia se encuentra dentro del barrio musulmán de Jerusalén, y es el lugar donde la tradición sitúa la flagelación de Jesús, antes de ser cargado con la cruz y emprender el camino por la Vía Dolorosa. El complejo también incluye el convento franciscano de la Flagelación, sede del Studium Biblicum Franciscanum, y la iglesia de la Condena y la Imposición de la Cruz.

“Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo, se encarnó y se hizo hombre, y resucitó al tercer día, subió al cielo y vendrá a juzgar a vivos y muertos”. El Hijo eterno del Padre, por lo tanto, se encarnó no en apariencia, sino verdaderamente. Así expresa fray Ulise Zarza la voluntad del símbolo de Nicea de subrayar la naturaleza humana de Cristo, que se hizo hombre y, como tal, sufrió durante la flagelación y la muerte en cruz.

Fray Ulise continuó: Pilato dice a los jueces «¡He aquí al hombre!» (Jn 19,5). Pilato presenta a Jesús a los líderes religiosos y a la multitud con una frase lacónica que huele a ironía: «¡He aquí al hombre!» Al reducir a Jesús de esta manera, quizá Pilato pretendía convencer a sus acusadores de que lo dejaran en paz, de que ese acusado que le habían llevado no merecía más atención, de que no era necesario pedir su muerte.
En esas condiciones, a Jesús solo le queda este título que le da Pilato: «¡He aquí al hombre!», un título que lo une a todo el género humano, especialmente a todos los hombres marginados, derrotados, desfigurados por el dolor y el sufrimiento; Jesús es el «hombre de dolores que conoce bien el sufrimiento».

Él no permaneció ajeno al sufrimiento y a los dolores de los hombres. La figura de un Dios tan humano y tan humillado provoca: o suscita conversión o provoca escándalo.
El rostro del «hombre de dolores» que el Evangelio nos presenta hoy nos debe llevar a descubrir su rostro en los rostros de los «hombres de dolores de hoy». La devoción por la pasión del Señor debe tener una respuesta directa en el cuidado de la carne sufriente de nuestros hermanos. Nicea nos invita a contemplar al «ecce homo», el Hijo de Dios encarnado reducido al sufrimiento y al dolor «por nosotros los hombres y por nuestra salvación»; en Él, que vino «a buscar lo que estaba perdido», descubrimos el amor eterno e infinito de Dios por cada uno de nosotros.
Francesco Guaraldi
